Autor: Santos Escudero, Ceferino (Profesor en la Universidad de Comillas, 1976). 
   El democatolicismo hispánico     
 
 El País.    14/12/1976.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL PAÍS, martes 14 de diciembre de 1976

OPINIÓN TRIBUNA LIBRE

El democatolicismo hispánico

CEFERINO SANTOS ESCUDERO

Profesor en la Universidad Comillas

La democracia se presenta corno un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el

pueblo, dentro de un juego pluralista de los partidos políticos que representan

y sirven al pueblo. La democracia no debe nunca convertirse en una soberanía del

partido y de la maquinaria del partido sobre el pueblo. El partido, como

representante de una porción viva del país, —en mayoría o en minoría— ha de

cambiar y de caminar al ritmo evolutivo del mismo país, sin nostalgias del

pasado y sin inmovilismos del presente, sin los peligrosos envejecimientos

anquilosantes de unos cuadros directivos que no quieren leer los signos de los

tiempos y no saben captar los cambios del pueblo y de su talante político. La

democracia es también una forma de gobierno que actúa mediante la deliberación y

el compromiso, .mediante el diálogo y la persuasión para la búsqueda del interés

general. Los compromisos oportunistas y meramente tácticos por presiones

partidistas y logrados a espaldas del bien común rebajan el valor democrático de

un partido. Y la incapacidad de los compromisos unificadores, la falta de

previsión política, la indecisión operativa y un inmonilismo a ultranza,

determinado por razones extrapolíticas, pueden indicar un desfase con el momento

histórico, el envejecimiento de un partido y una pérdida de eficacia frente a la

gestión pública.

Las democracias cristianas y la ineficacia política

Si hubiésemos de creer a recientes informaciones periodísticas, los partidos

europeos de la democracia cristiana estarían abocados al dique paralizante de la

ineficacia política, al desguace por envejecimiento y por internas divisiones

disgregadoras, y a la incapacidad para los pactos políticos dinámicos y

constructivos y no. meramente tácticos y de conveniencias coyunturales. José

Luis Gotor en crónica desde Roma para EL PAÍS (28 noviembre), nos refería la

enésima escaramuza divisiónista de la Democracia Cristiana de Italia. «La

Democracia Cristiana —nos dice—, a estas alturas, no puede presentarse como un

bloque de orden, ni introducir guerras de religión, tensiones ideológicas p

maniqueísmospasadosde modani debe seguir expidiendo carnets para afiliados

inexistentes. El confesionalismo del partido ha comenzado a convertirse en una

remora política. Como posible salida válida a la ineficacia operativa y a la

evolución en retroceso de la Democracia Cristiana, se trata ahora de "formar un

cartel de partidos de la burguesía y de las clases medias" y, "ante una

Democracia Cristiana insegura y sin iniciativa, se dan cita conservadores

liberal-demócratas, intelectuales antimarxistas, católicos de derechas, pequeños

y medianos industriales afectados por el plan de austeridad, republicanos,

liberales y socialdemocráticos, moderados sin ideas y negociantes fascistas en

crisis".

La salida podría en teoría ser eficaz y mayoritaria; pero en la práctica, ¿será

capaz la Democracia Cristiana italiana de aglutinar componentes tan diversos´ en

una estructura política unitaria frente al bien común, cuando. no ha logrado

trazar una línea de colaboración eficaz y unitaria entre los miembros de su

propio partido, escindidos por divismos personalistas, por ideologías

trasnochadas y por estrategias políticas diversas? Sin verdadera unidad a nivel

de cuadros directivos, ¿podrá la Democracia Cristiana de Italia lograr la

unificación de votos de unos seguidores desilusionados, dinamizándolos hacia

nuevos horizontes más abiertos, hacia la actuación política entusiasta y hacia

la cohesión orgánica del partido y una eficacia gestora en el Gobierno? La

respuesta afirmativa ó negativa los mismos hechos se encargarán de dárnosla bien

pronto.

Gustavo G. Ziemsen nos narraba también en EL PAÍS, en crónica desde Bonn, la

división surgida dentro de la Democracia Cristiana alemana y las amenazas del

disidente bávaro Strauss contra la CDU: «Si dijera todo lo que sé, la Unión

Demócrata Cristiana podría hacer las maletas». Y en seguida Strauss hace un

juicio de valor extensivo a otros democristianos: «Las fuerzas cristiano-

demócratas han fracasado en Europa en todos los sentidos. Han fracasado en

Italia, en Francia, en Holanda, en Bélgica, y también en Alemania, aunque menos.

En Italia la crisis llegará pronto». ,E1 severo juicio de Strauss sobre la

democracia cristiana europea es alarmante en sus acusaciones de ineficacia en la

gestión pública y de falta de decisión unitaria.

Democatolicismos españoles

El democatolicismo en España podría también presentar en breve parecidos

síntomas de disgregación, de falta de flexibilidad operativa y de actualidad

política, de divismos erosionadores de una unidad más amplia y de incapacidad

para la respuesta rápida e imaginativa en la gestión pública, al modo de sus

congéneres europeos. Esto podría ser grave. Si los democristianos se presentan

divididos ante las urnas democráticas, pueden correr un riesgo innecesario.

Psicológicamente, al hombre de la calle y al futuro votante le gusta apoyar a un

grupo unificado de una posible mayoría ganadora; en cambio, le retrae el partido

minoritario o el grupúsculo dividido que dispersa los votos de parecidas

tendencias públicas. A nadie le gusta apostar por los perdedores y minoritarios.

Y silos grupos políticos democristianos no logran unirse ante las urnas, las

posibles alianzas posteriores a los resultados de las urnas.no pasarán

previsiblemente de compromisos tácticos, retardatarios y superficiales. Es

verdad que surgen voces aisladas y repetidas pidiendo alianzas y compromisos

democristianos unificadores, pero, tal vez, no pasen de ser voces que claman en

el desierto de los egoísmos partidistas y cerrados sobre sí mismos.

Últimamente se ha escrito bastante en España condenando un nacionalcatolicismo

que intentaba servirse de la Iglesia para ganar su apoyo, su" aprobación y su

alabanza a cambio de contraprestaciones medidas y regulables por parte de los

poderes públicos confesionales. El voto superficial y casi instintivo del

católico desorientado ante un amplio abanico electoral puede ser captado

fácilmente por el extrínseco título de «Cristiano» en la cabecera de un partido

político. Utilizar una denominación confesional como cebo para electores

cristianos puede llevar a servirse de la Iglesia y de su nombre a beneficio de

un partido. Una conducta así llevaría a un democatolicismo. reprobable en la

misma medida y por las mismas razones que un nacionalcatolicismo. Una mayor

independencia entre la Iglesia y los partidos políticos concretos sería muy

deseable en esta hora de España. No basta para definir un partido político

afirmar lo que no se es ("ni marxista ni franquista"); ni bastan denominaciones

extrínsecas a su quehacer público ("partido cristiano"), que buen cristiano es

el anacoreta que vive en las nubes de la contemplación sin ser para nada

político bueno ni malo; y cristiano se llama también el hábil político que

esquiva las reformas sociales preconizadas por los últimos pontífices y vive

anclado en Trento, olvidado del Vaticano II; cristianos son, en fin, muchos que

en política militan en una derecha moderada, en un liberalismo civilizado y en

un socialismo no ateo de corte europeísta, y no necesitan para nada de un

democatolicismo.

La Iglesia española y los partidos políticos

Algunos años de nacionalcatolicismo y algunas horas de autoexamen y de

heterocrítica han ido enseñando a la Iglesia española un camino de neutralidad

entre las diversas opciones políticas que buscan el bien común del país por

medios democráticos, justos y respetuosos de los derechos del individuo, de las

asociaciones y los grupos de toda índole. El cardenal Vicente Enrique Tarancón

declaraba recientemente en el discurso de apertura de la XXV Asamblea plenaria

de la Conferencia Episcopal española: «Nosotros hemos dicho en más de una

ocasión que la Iglesia, que tiene una misión propia que cumplir con todos, no

puede vincularse a ningún partido político. Y que el cristianismo, dentro del

cual.caben opciones políticas distintas, siempre que no se opongan al Evangelio;

y a la doctrina del magisterio auténtico, ha "de estar por encima de toda lucha

política que, definitivamente, es una lucha por el poder».

Si el Estado confesional va pasando a la historia por su tendencia a hipotecar

la libertad de la Iglesia a las preferencias y dogmatismos de los gobernantes,

también en su tanto el partido confesional tendrá que ir abandonando sus

"sacrístaneos" políticos para dedicarse a una política de bien común y de todos

por encima de sus creencias particulares. En su conferencia en el Club Siglo

XXI. el padre Martín Patino, afirmaba recientemente: «Modestamente opino que los

partidos confesionales son reductos del poder político de una Iglesia

preconciliar. La experiencia europea creo que apoya mi tesis. Ahora se acude al

señuelo de partidos de inspiración cristiana, comi si con esto consiguieran ya

desconfiscar el Evangelio».

«Del Evangelio no se puede deducir directamente un sistema político». Frases

como estas fueron recogidas con serenidad objetiva en EL PAÍS. Sin embargo,

algunos órganos de difusión más cercanos al democatolicismo y a la Iglesia

silenciaron tales frases. Cuando justamente se exige de Televisión Española

imparcialidad en la información política, apertura y acceso de los diversos

partidos a la propaganda preelectoral desde los medios de comunicación social y

una objetividad sin manipulaciones con una neutralidad al comunicar sin

falsificación el ajeno pensamiento ¿no cabría también en su tanto el pedir esa

neutral y ética objetividad al trasmitir la información a otros grupos difusores

de la noticia ajena, aunque después puedan libremente discrepar de esa ajena

opinión sin necesidad de silenciarla dictatorialmente? Opino que la capacidad de

admitir las informaciones más dispares desde un sano pluralismo ha sido una de

las razones del éxito fulminante de EL PAÍS entre el público lector; mientras

que el descrédito y la decadencia iniciada por otras empresas periodísticas bien

pudiera arrancar de una política exluyente y cerrada en lo informativo, que

tiende a silenciar las discrepancias, a cerrar la puerta a la opinión razonada

pero diferente, a matizar la noticia ,hasta desfigurarla, a barrer

interesadamente hacia su casa y a presumir, mientras tanto, de ética

informativa, de imparcialidad profesional y hasta de democracia aperturista. La

verdad y la integridad de la información, sin silenciamientos parciales y

estudiados, son necesarias para elaboración de una opinión publica responsable y

democráticas hoy más que nunca, en España

 

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