Autor: Torrente Ballester, Gonzalo. 
   Torre del Aire     
 
 Informaciones.    02/06/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

TORRE DEL AIRE

Por Gonzalo TORRENTE BALLESTER

Por razones técnicas trasladamos hoy a esta página la habitual sección de nuestro colaborador Gonzalo

Torrente Ballester.

REGISTRO DE NOVEDADES (LINGÜISTICAS)

HAy que reconocer que él estado de la cosa no convida a andarse fijando en cómo se habla o cómo se

escribe; pero la deformación profesional opera, a´ veces, milagros, y cuando la atención se ha centrado en

el contenido político del discurso, que es lo que importa, un duende que actúa en las márgenes de la

conciencia caza el ripio o recoge el disparate. En los últimos días he podido comprobar que no son sólo

los cronistas deportivos los que usan las formas impersonales del verbo haber en plural, y no en singular,

como es su obligación. «En el mitin habían más de treinta mil personas», dijo el parlante, y lo repitió.

Otro del género, introduce subrepticiamente... Una significación incorrecta del verbo introducir, la que lo

hace equivalente a presentar. Cuando una muchacha inglesa presenta a dos amigos desconocidos entre sí,

dice, efectivamente, «I introduce»; y es muy posible que el título de «introductor de embajadores», usado

para funcionarios de las cancillerías con misión específica, .quiera decir no sólo que es el encargado de

«meterlos)! en la Corte, sino también el de «presentarlos». En cualquier caso, y en castellano,

«introducir» significa «meter», salva esa excepción posible. Un «introductor» de programas de TV. no

será nunca, correctamente hablando, el que los ((presenta», sino, por ejemplo, el que los mete en sus cajas

de hojalata. (Obviamente quiero decir «el que mete o guarda así los filmes».) No es imposible que el neo-

logismo guste, que se convierta en tecnicismo, y que, como tal, reivindiquen su legalidad unos honrados

profesionales: que es lo que aconteció en el caso ya viejo de ((en directo», galicismo flagrante e inne-

cesario imposible de desterrar. ¿Llegaremos, por el mismo proceso, al «introductor de programas en

directo», verbigracia?

UN TIRO EN LA MADRUGADA

HAY que cambiar de tema, por razones que saltan a la vista. Lo que quiero contar ahora apenas merece

cuatro lineas, aunque yo le dedique algunas más. Hace muy pocas noches, allá por el comienzo de la

madrugada, se oyó en mi calle un disparo, seguido de barullo inmediato y de un mediato rugido de

motores. Nos asomamos al balcón y en la esquina más próxima vimos gente, oimos lamentos y voces.

Los motores que vinieron eran de los coches policiales. No pudimos saber lo que había pasado hasta la

mañana siguiente, en que el diario local contó el suceso completo: unos muchachos pegaban carteles po-

líticos en una calle cercana. Se entreabrió, entonces, un balcón; asomó el cañón de una escopeta, sonó un

disparo, y una bala atravesó la mano de uno de los muchachos, como pudo haberle atravesado el co-rasón.

La distancia no era muy grande, pero quizá temblase el pulso del agresor, quien es posible que no se tenga

a si mismo por tal, sino por instrumento directo y probablemente dilecto de la Providencia, pues de otro

modo la agresión no se entiende. El acontecimiento entero es de los que se evocan con sólo cerrar los

ojos, y entonces resulta una secuencia cinematográfica perfecta, con ese climax emocionante en que las

puertas cerradas del balcón se mueven y surge la rendija oscura. No hace falta que aparezca el cañón de la

escopeta: basta con el fogonazo y el ruido seco. La cámara, entonces, enfoca directamente la mano

apoyada en la pared, la mano que sangra. ¡Qué respiro! Lo que uno se pregunta, y no sé si el agresor se lo

habrá preguntado también, es el por qué de una Providencia con tan mala puntería. ¿O será que el agresor

no actuaba de emisario, sino que obró por cuenta propia? La cosa, entonces, cambia, y lo que uno piensa

y siente, también.

¿A QUIEN VAS A VOTAR?

LA menor de mis hijas —primero de B.U.P— me preguntó hoy, a la mesa, por quién voy a votar. La

expliqué que, en buena democracia, a nadie debe preguntársele tal cosa, por cuanto el voto es secreto y

pertenece a la conciencia. No quedó muy convencida, y tuve que añadirle que el mío sería tal que ella no

tendría por qué sentirse avergonzada, ni de él ni de mí. La respuesta, como se ve, fue de lo más ambigua,

y no sé si le habrá contentado. Pero eso es lo de menos. A lo que concedo importancia real es al hecho

mismo de preguntarme, movida, no por curiosidad infantil, sino por una preocupación moral. En ese

mundo del primer año de B.Ü.P. existen ya categorías y valores, y uno, sin quererlos, se ve involucrado

en ellos. También es natural. Lo que, en último término, explica mi preocupación, procede de algo que se

dijo después: la misma hija me preguntó si los tales (miembros de un partido político) eran buenos o

malos. Con independencia de mi respuesta, objetiva, explicativa y de acuerdo con mi conciencia, quedé

bastante entristecido al comprobar, una vez más, que seguimos metidos en el maniqueísmo tradicional, y

que, en el fondo, las calificaciones reales que mueven la conducta de los españoles no son las de iz-

quierdas y derechas, sino las de buenos y malos. Aquí la oposición no es política, es metafísica. Y

seguimos creyéndonos soldados de Dios o del Diablo.

IRRACIONALÍSIMO

NO soy un experto en la historia de las ideas políticas, y menos aún en la de sus estilos, pero me doy

cuenta con bastante claridad del predominio, en un momento político determinado, de los ingredientes

lógicos o de los patéticos en los modos de actuación concretos de estos o de aquellos líderes; en el estilo

que usan, por ejemplo, en la presentación de sus doctrinas o de sus programas, o al mostrar su actitud

frente a los contrincantes, un chiste, por ejemplo, es superior a un insulto y, a la larga (que es lo que

importa) más eficaz. No creo que pueda analizarse ninguna campaña política, antigua o moderna, sin

hallar una mezcla de ambos ingredientes, pero el que predomina es el que da el tono y pie para el juicio.

En general, y salvo en determinados momentos revolucionarios, se ha preferido lo lógico, y lo otro, lo

patético, se dejaba para los efectos secundarios, o para aquellos momentos en que conviene que el pueblo

no se dé clara cuenta de hacia dónde lo llevan: entonces sí que cualquier patetismo adquiere la plenitud

funcional.

Nuestra situación, hoy, no es la de convencer al pueblo de que vaya a la guerra (pienso en determinados

momentos de la Revolución francesa; pienso en «La Marsellesa»), sino de que escoja libremente entre

varios futuros posibles cuyas imágenes se le diseñan, para lo cual lo que se necesita, ante todo, es saber en

qué van a consistir: algo sustancialmente relacionado con la información, no con la pasión. Pero a lo que

estamos asistiendo no es a un ejercicio de entendimiento colectivo suscitado por la oratoria lógica de unos

profesionales de la política, sino de atontamiento. Y el modo de acontecer me recuerda mucho de lo ya

visto y experimentado en mi ya larga vida. ¡Ese buscar a toda costa el frenesí y el aplauso! ¡Ese

predominio del grito! Es un estilo que conozco, del que todo el mundo, o casi todo, parece haberse

contagiado. Y me da miedo. Alguien lo ha definido como el irracionalismo en la política.

UN BUEN CHISTE

LLEGO a mi como sucedido, pero sin la menor garantía. Lo traigo aquí en cuanto ejemplo de cómo

puede el ingenio actuar en la propaganda electoral.

Habían, al parecer, pasado por el pueblo unos señores fie derechas previniendo a los paisanos contra

cualquier forma de socialismo. «Os quitarán las tieras y las vacas», les dijeron; y los paisanos quedaron

llenos de temor, y con el voto decidido. Vinieron después los otros, y hallaron la hostilidad y el

regañadientes. Uno de ellos, perspicaz o informado, respondió a la propaganda contraria coa este cuento:

«Un labrador de mediana fortuna —cuatro vacas— le preguntaba al líder: ´¿Es cierto que si vienen los

socialistas me quitarán dos vacas de las cuatro que tengo?" "Si no es cierto, es al menos probable." "¿Y si

vienen los comunistas?" "Esos, seguramente, te quitarán las cuatro." "Entonces votaré a las derechas, que

no quitan las vacas." "En efecto: te las dejarán todas; pero vendrán cada día a ordeñarlas y se llevarán la

leche."»

No es tan sutil el chiste que no pueda ser entendido por cualquiera. Lo considero un ejemplo de «estilo

intelectual» de la propaganda política.

DE LOS LIBROS

EL otro día entré en la librería de un amigo, a quien a veces visito. No me ofreció ninguna novedad, pero

me dijo: «No se vende ni una novela.» Hoy he leído un reportaje sobre la Feria del Libro, recientemente

inaugurada. Se anuncian algunas novedades literarias, no muchas. Predominan, como el año pasado, los

temas políticos y socia-les, contra lo cual no tengo nada que objetar, o, mejor dicho, no tendría si lo

publicado (original o traducido) fuese de buena calidad. Pero no parece que abunde lo bueno, sino más

cien lo mediocre. En ese campo, hoy tan interesante, de la actividad intelectual, se cumple también, como

en la literatura, la ley de Greshan. ¡Qué más quisiera uno que tener a mano muchos libros de política

clarividentes y sen-, satos! Pero no parece que abunden, o al menos que los pongan a nuestro alcance,

porque de vez en cuando alguna .recensión o alguno de esos fragmentos que publican las revistas como

muestra advierten de que fuera de nuestras fronteras tienen más suerte. Y siendo esto así, y siendo

numéricamente superiores (según tengo entendido) las traducciones, ¿por qué no las eligen con mejor

tino? ¿Qué sucede con nosotros, que sólo nos traen la morralla? A una amiga americana, recién llegada a

Madrid, tras cinco años de ausencia, pregunté cómo encontraba la ciudad, y en su respuesta se refirió a la

pornografía inva-sora y a la mala literatura norteamericana traducida, con inclusión de libros políticos. Y

como ésos no son de derechas, me pregunto si el imperialismo cultural que nos abruma aspira también a

orientar el pensamiento de nuestras izquierdas. ¡Con los excelentes clásicos que tenemos en Europa!

De todas suertes, la escasez de producción literaria y la penuria üe lectores me parece exceder lo que

ahora llamaríamos lo meramente coyuntural: quiero decir que no es fenómeno explicado por la inmi-

nencia de las elecciones, y que resueltas éstas, las cosas volverán a su cauce, entre otras razones porque

ese cauce era estrecho y llevamos años lamentando su penuria. Se suele aducir en contra la carestía del

libro. Los editores aseguran que el libro caro se vende mejor que el barato; no sé si tienen razón, pero

estos días, y con ocasión de la Feria, varios escritores interrogados coincidieron en quejarse de que los

españoles quieren el libro barato, protestan de que no lo sea, pero se callan ante el precio del automóvil,

del whisky y de ciertas diversiones. Llevamos siglos creyendo que la literatura debe de ser barata, si no

gratuita, y eso lo sabemos los que, al menos en parte, vivimos de ella, pues todos hemos pasado por ese

trance en que el señor que le ha invitado a uno a dar una conferencia dice que es llegada la hora

desagradable de tratar del dinero. Desagradable, ¿por qué? Cuando al final de mes, o de la quincena, se

reciben los emolumentos, nadie considera la ocasión humillante, salvo si son injustos, ni lo es para ningún

trabajador que cobre sus servicios, operario, ingeniero o político. Persisten todavía, atenuados o

disfrazados, pero lamentablemente vivos, determinados prejuicios tradicionales relativos a la nobleza del

trabajo gratuito, o, si se prefiere, a ,1a plebeyez del pagado. Hoy no son válidos ya los conceptos de

nobleza o plebeyez, pero andan por el fondo del asunto, o al menos en el de los que piensan todavía, que

no son pocos, que el ejercicio literario es un trábalo noble y que por tanto debe ser gratuito, lo que trae

emparejado el menosprecio hacia el escritor que cobra. Hace cien años, don Juan Várela ya se quejaba de

esto. Parece mentira que semejantes ideas subsistan, pero ahí están. no cabe duda.

2 de junio de 1977

INFORMACIONES de las ARTES y las LETRAS

 

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