El mismo trato asociativo     
 
 ABC.    29/06/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

EL MISMO TRATO ASOCIATIVO

Cualquier temor, cualquier recelo que pudieran albergarse sobre el destino del asociacionismo por la

muerte de Fernando Herrero Tejedor los ha barrido su sucesor, José Solís Ruiz, en sus recientes

declaraciones a A B C.

«El esquema asociativo va a estar abierto a la totalidad de los españoles. A todos. A todos los grupos.»

Estas claras, tajantes afirmaciones del nuevo ministro secretario general del Movimiento van a ser —lo

son ya— el estímulo más operante, más eficaz, no sólo para la continuación del asociacionismo sino para

su animación, para su relanzamiento cuando empezaba a ser algo mortecina la andadura de las

asociaciones: cuando, incluso en los círculos políticos y en los medios de información que estimamos

conveniente su existencia y deseable su rápido desarrollo, se comenzaba a temer que las asociaciones

fueran noble intento frustrado, necesitadas, para pervivir de un salvavidas que les ayudase en la

supervivencia de la penúltima hora.

En realidad, el acceso de José Solís a la Secretaría del Movimiento y a la vicepresidencia del Consejo

Nacional —cargo este último decisivo para su nueva evaluación política, porque va a pasar más historia

de España por él que por la nostalgia administrativa de Alcalá. 44— no servía como respaldo de temor

fundado alguno en el tema asociacionista. No, porque fue precisamente Solís quien primero puso las

asociaciones como carta legítima y necesaria sobre el tapete donde, quiérase o no, se juega hace ya

bastante tiempo la dramática partida del presente y el futuro político de España. Y fue también el primero

que intentó, con el proyecto de ley Sindical en las manos, abrir cauces por su articulado a la máxima

espontaneidad asociativa, insuflando en la organización sindicalista aires de realidad representativa y de

renovación funcional.

El asociacionismo, por lo tanto, encontrará ahora posibilidades acrecidas, dentro, desde luego, de los

límites que definen su legalidad. Primero, porque lanzar y relanzar el asociacionismo, en estos términos,

es idea maestra de la política del Gobierno Arias —programa del 12 de febrero— y, en segundo lugar,

porque la incorporación de Solís debe reforzar, lógicamente, esta actitud gubernamental.

Ocurre, sin embargo, que la realidad se interpreta, y la versión circula y se acepta, como si de una parte

—la del sedimento político de la sociedad— existiera gran impulso, y de otra parte —la correspondiente a

las autorizaciones oficiales— se presentasen obstáculos, dificultades y negativas, basados todos en el

temor a las asociaciones. En el deseo inconfesado de que no lleguen a ser ni a actuar.

La verdad es otra. Y muy diferente. El Gobierno quiere, porque el país las necesita, asociaciones. Pero las

asociaciones deben ajustarse en sus propósitos, en su planteamiento, en su programa, a unas normas, a

unas reglas de juego. No vale, pues, colocarse de entrada «extra muros» de la legalidad e impugnar luego

la situación achacando a la misma vicios de cerrazón, incomprensión o insinceridad.

«Avanzaré —ha dicho Solís— todo cuanto las circunstancias y el interés nacional me lo permitan... De

inmovilismo, nada... Todo el que quiera y acepte las reglas normales del juego, tendrá su puesto y su

quehacer.»

No hay ambigüedad en el empeño. Solís habla como miembro de un Gabinete ministerial que

solidariamente está y avanza por una línea política favorable al asociacionismo.

¿Qué resta para ver culminada la empresa de las asociaciones? Pues no mucho más, aparte la necesaria

flexibilidad con la que debe interpretarse el Estatuto asociativo, que hacer realidad indiscutible la

igualdad de tratamiento para todas las asociaciones.

Igual trato a todas las que se ajusten al marco legal y, desde la sociedad, desde el plano generador de las

asociaciones, más decisión, mayor confianza, más demostrado deseo de participación En una palabra más

politización.

 

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