Autor: Solana, Ramiro. 
 Opinión. 
 ¿Señal de alarma en el turismo?     
 
 Criba.    12/05/1973.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 12. 

¿SEÑAL DE ALARMA EN EL TURISMO?

Recientemente, los medios informativos nos dieron la poco grata noticia de que

durante el pasado mes de i marzo había llegado a nuestro país, aproximadamente,

el 4 por 100 menos de turistas que en igual mes del año 1972. Para consuelo se

nos dijo que ello era debido, sin duda, a que las fiestas de Semana Santa, este

año, han coincidido ya muy avanzada la primavera y que la alta cifra del pasado

año se debió —también sin duda—, a que en ella se "contabilizaron" las entradas

de los turistas atraídos por esas fiestas. (La Semana Santa de 1972 hizo que

coincidiesen sus días clave con las fechas del 30 y del 31 de marzo).

No damos importancia trascendental a esa significativa baja (si bien indica un

retroceso, no una estabilización, ni siquiera un menor ritmo de aumento de las

cifras); admitamos la posible verdad de la explicación dada, pero tampoco

eludamos analizar el estado real del fenómeno turístico hacia España por si la

reducción observada no fuese una simple casualidad o un hecho coyuntura! y, por

el contrario, significase un alarmante síntoma de que hay fallos en la promoción

del turismo hacia España.

Podrá ser más o menos grato el que a España llegue un aluvión turistico cada

año; podrá gustar o no el que se piense que nuestro país pueda llegar a ser la

colonia veraniega de Europa, pero esto no es culpa ni de los turistas

extranjeros ni de los industriales españoles que los promocionan. Será, acaso,

de la planificación económica española, y de su desarrollo, que hace que España,

hoy por hoy, exporte más sol y playas que tractores, bienes de equipo,

calculadoras electrónicas o productos agrícolas. Nosotros estaremos siempre a

favor de que esto último sea la partida más fuerte de nuestra» economía y no el

sol, pero —hoy por hoy también,— el turismo extranjero hacia España es, con

mucho, el más fuerte soporte del desarrollo económico, y en particular del

desarrollo industrial, de nuestro país. Importa mucho, por tanto, que no se

cometan errores de planteamiento o enfoque en cuanto a lo de esa promoción

turística, bien sea por pereza mental, subjetivismos o estudios poco meditados.

Es un fenómeno social de nuestro tiempo el que el turismo sea de masas y no de

minorías cultivadas o adineradas. Esto es así y no caben más que dos posturas

ante ello: Admitirlo como un hecho insoslayable o no quererlo soportar y

entonces tomar medidas tajantes para que el turismo sea "cribado" en nuestras

fronteras. Lo absurdo del segundo supuesto nos ahorra argumentar a favor del

primero. Hay, por tanto, que prepararse para tratar a ese turismo de masas y no

"echar arena en los cojinetes" del engranaje turístico-hotelero pensando con

ello seleccionar a los turistas. Con eso sólo se conseguiría paralizar el

engranaje, hacer que no vinieran las masas y que siguieran sin venir en cantidad

suficiente las minorías cualificadas. Sin embargo, como todo en la vida, aquí

tampoco en lo turístico hay que intentar aplicar dogmas absolutos, pues puede

promociónarse, simultáneamente, un turismo de masas y otro de selección. Todo

dependerá de los sitios a donde se les ofrezca ir; de los hoteles o alojamientos

que se les sugieran; de los servicios de todo tipo que vayan a recibir, y de la

lejanía o proximidad con que se les fuese a situar el uno del otro. Ambos son,

si se saben programar, perfectamente conpatibles. De lo único que hay que

convencerse es que el turismo cualificado jamás podrá suplir —en cuanto al

volumen de sus ingresos—, al turismo de masas.

Contra el anterior criterio, algunos afirman que unos pocos más turistas

selectos de los que ahora llegan, —a base de más ingresos "per capita",—

cubrirían perfectamente el montante de los ingresos globales actuales y nos

evitaríamos la abrumadora presencia de las masas. Aparte de la falta de rigor de

tales "cálculos", no deja de ser una pretenciosidad irreal el querer cambiar e)

signo del turismo hacia nuestro país. El tiempo del turista a lo ."belle epoque"

ya no existe. Tampoco cabe desconocer algunos hechos consagrados como

representan, —en cuanto a tradiciones más o menos lógicas—, algún punto de la

Costa Azul, Suiza o Miami. Por poner algunos ejemplos.

También se dice que el turismo de masas es el causante del envilecimiento de los

precios turísticos y de la ruina de los hoteles, constatada en algunos casos y

profetizada para casi todos los demás. En esta materia no se puede generalizar.

Por el contrario, hay que matizar y muy afinadamente. No vale la demagogia.

Creemos que el envilecimiento de los precios viene determinado más por la

destacada ausencia de "tours operators" españoles importantes y por la falta de

financiación barata nacional a nuestros industriales hoteleros y a nuestras

agencias de viajes que al hecho de que vengan masas. La ruina económica de esos

hoteles viene más, también, de que la dimensión industrial de algunos de ellos

no es la apropiada (y por tanto no es posible la productividad y la disminución

de costos), más que por el hecho de que contraten y operen con masas.

Precisamente quiebran porque no pueden alojarías; alojan minorías a las que

tienen, no obstante, que ofrecer servicios a los precios muy competitivos de las

pocas grandes redes de hoteles modernos (y grandes), que en el país existen.

España, ha sido, hasta ahora, la elegida por ese turismo de masas. Es muy cierto

que, proporcionalmente, renta muy poco a nuestro país su visita, dejando aparte

eso del envilecimiento y los demás slogans. Pero la única forma de que rente más

no es querer cambiar esas masas por minorías acaudaladas sino, muy al contrario,

el lograr la "nacionalización" del proceso económico-financiero que el turismo

engendra. Así, como apuntábamos antes, hay que liberar a las agencias de viaje,

a hoteleros y a urbanizadores de financiaciones extranjeras leoninas. Asimismo —

y sobre todo-, hacer que los "tours operators", (los mayoristas de viajes), sean

españoles y no entidades en manos totalmente extrañas. Ellos son los que se

quedan con la "tajada del león" de los pagos que hace cada turista. Una política

de fomento, financiación y respaldo de mayoristas españoles asentados en los

lugares donde nacen las corrientes turísticas sería una política clave

garantizadora del porvenir de ese turismo porque, ¿qué pasaría si los actuales

"tours operators" (por razones políticas o político-económicas, propias o de sus

gobiernos), canalizasen el turismo y sus inversiones anejas hacia Grecia,

Yugoslavia, Marruecos, etc.? Sobre esa política de fomento de mayoristas

españoles cabe hacer una precisión: No se pueden transformar (dotándolas

improvisadamente del espíritu comercial adecuado), las actuales delegaciones

oficiales españolas de Turismo en el extranjero en agencias mayoristas

operativas. El funcionario tiene sus grandes virtudes pero no es consustancial

con el funcionariado el espíritu típico de los vendedores de Viajes y de plazas

de una agencia privada. Es otra mentalidad comercial, la suya, a la hora de

operar.

El turismo de nuestro tiempo no es una invitación a la aventura. El turismo de

hoy requiere amplias y eficaces comunicaciones e instalaciones adecuadas tanto

en volumen como en modernidad y en funcionalidad. Es decir, requiere (en lo que

a esto último respecta), grandes conjuntos hoteleros con los que se logre un

servicio económico y muy competitivo, pues los actuales precios españoles no

seguirán muchos años siendo de los más atrayentes de Europa si se sigue operando

con unidades hoteleras desfasadas. El hotel de hoy, para ser rentable, tiene que

tener una determinada dimensión racional. Ante tal perspectiva, la política del

fomento de villas de vacaciones, casitas enmarcadas en la dulzura del paisaje,

etc. no es más que un encomiable deseo estético pero en ningún caso un

planteamiento económico racional.

¿SEÑAL DE ALARMA EN EL TURISMO?

La defensa del paisaje y el cultivar lo estético son razones importantísimas.

Por ello, construir un gigante hotelero rompiendo un bello paisaje es un crimen

contra el equilibrio plástico de la naturaleza. Construirlo en el lugar adecuado

puede ser, incluso, un complemento estético y, por supuesto, urbanístico. La

belleza, ya se sabe, es más el resultado de las proporciones con el encuadre que

un valor absoluto.

El Urbanismo es quien debe decidir esas proporciones, pero el urbanismo no debe

olvidar que el negocio turístico demanda esos volúmenes adecuados para la

necesaria rentabilidad de las explotaciones hoteleras, y que sin esas racionales

instalaciones no hay turismo de masas.

Desgraciadamente, no se pueden albergar las masas en chalets. Por tanto, urge

una política conexionada entre la administración del Urbanismo y la que

específicamente lleva la tarea del Turismo. Pero una política de Coordinación no

significa el trasvasar funciones a organismos impropios. A Urbanismo le

corresponde, en exclusividad, el promover, controlar y autorizar las

ordenaciones y las urbanizaciones; estudiar volúmenes edificables, etc. Con el

Departamento de Obras Públicas, conjuntamente, desarrollar la infraestructura de

todo tipo. A Turismo, evidentemente, nada de esto le compete. Tiene su función

específica aparte, tan importante o más como la señalada, pero no ésta. Y por

encima de unos y otros Departamentos está el Gobierno, que es quien debe

programar el turismo como lo que es hoy por hoy: Como la primera industria

nacional. Política en la que, es obvio, debe privar lo positivo sobre lo

negativo. Es decir, hay que evitar declarar algunas zonas como insuficientemente

dotadas de infraestructura a .base de, adelantándose, desarrollar esa

infraestructura. Tiene que evitar esas verdaderas "cuarentenas" que acaso puedan

llegar, indirectamente, a beneficiar a otras zonas a las que de forma natural no

podría llegar racionalmente el turismo. Y en las que se sostendrá tan sólo el

tiempo preciso que dure la "cuarentena" de las zonas transitoriamente en

precario; con el consiguiente despilfarro de inversiones no rentables ni a medio

ni a largo plazo.

Hay el loable intento del Ministerio de Información y Turismo de fomentar

corrientes turísticas hacia nuestras montañas y hacia los lagos artificiales de

nuestros pantanos. Noble intento en el que, con respecto al montañismo, compite

con la Delegación Nacional de Educación Física y Deportes; emulación de la que

caben esperar magníficos resultados. ¡Pero cabe temer que para el turismo

interior fundamentalmente! Si se pretendiese canalizar hacia esos centros

turísticos —que tan generosamente se priman y subvencionan—, una densa corriente

turística extranjera, acaso sería una tremenda equivocación. España,

ciertamente, tiene la altitud media más alta de Europa pero sólo gracias a

nuestras duras y amplias mesetas. Pero los Alpes, por ejemplo, son más

atractivos que nuestras montañas, en general, para el turismo europeo amante de

la montaña. Emular a los Alpes sería quimérico y económicamente peligrosísimo.

Las masas de turistas europeos prefieren, de España, las costas y el sol. No se

les puede ni forzar ni sugestionar con ir a nuestras montañas si prefieren el

Mediterráneo o el Atlántico.

Sería pretencioso, y los intentos de desviar ese turismo de sus rutas

tradicionales y básicas acaso fuese, económicamente, catastrófico. Enderezar,

después, la programación, sería problemático. Cuanto menos, se habrían perdido

años estérilmente para el turismo aunque, eso sí, no dejarían de cosecharse

triunfos en el fomento de los deportes de montaña entre los españoles.

Hay que ser muy pruedentes en los ensayos sobre el turismo como con cualquier

otra actividad económica. La Administración —en este concreto campo económico

aunque no en tantísimos otros—, debe actuar subsidiariamente y aún así sólo

fomentando las programaciones y el desarrollo de una forma totalmente racional.

Aquí no caben las preferencias personales; hay que servir las preferencias de 25

millones de visitantes y hacer que lleguen a ser 40 a base de programar, y

estimular, aquello que pueda dar cobijo y servicio a esos 40 millones. Aquí, por

tanto, no son admisibles particularísimos criterios urbanísticos y hoteleros.

Aquí se impone la racionalidad económica. La administración debe hacer cumplir,

a rajatabla, los planes y proyectos aprobados, no consentir extralimitaciones,

pero tampoco, en lo que a ella misma respecta, ignorar esos proyectos en regla

tratando de sustituirlos por subjetivismos no meditados posiblemente.

La fuente principal de ingresos del país puede peligrar por los personalismos.

¿Acaso el 4 por 100 de menos turistas en marzo se debe a los primeros efectos de

posibles irracionalidades económicas?

Ramiro SOLANA

 

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