Exhortación del obispo de Bilbao sobre la violencia     
 
 ABC.    10/10/1972.  Página: 39-40. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

EXHORTACIÓN DEL OBISPO DS BILBAO SOBRE LA VIOLENCIA

Bilbao 9. «Vivimos en una situación de violencia que puede definirse de escala

mundial. En nuestra diócesis el clima de violencia está dañando nuestra

convivencia de miembros del -pueblo de Dios. No olvidemos que la espiral de

violencia puede producir trastornos irreparables.»

Con estas palabras comienza la alocución del obispo de Bilbao, monseñor Antonio

Añoveros, Que ayer fue leída en todas las iglesias de Vizcaya.

Monseñor Añoveros señala en esta alocución que ila recta conciencia cristiana

reprueba toda violencia, venga de donde viniere, porque rompe la unidad de un

pueblo, el amor entre los hombres, atenta contra los derechos inalienables de la

persona humana. Como características comunes a los diversos sectores ideológicos

y de acción en situación de violencia se pueden señalar: el dogmatismo, la

intolerancia, el enfrentamiento. Se elevan a categorías de verdades

indiscutibles lo que sólo son simples opiniones sobré problemas humanos

discutibles. Se descalifica por principio a los que discrepan de lo que cada

estamento considera su verdad definitiva. Se desprecia la dignidad humana del

adversario y se cultivan actitudes incompatibles con la justicia serena, con la

caridad cristiana, y se pierde el respeto a la vida del hombre, no

considerándolo como otro yo, sino como un obstáculo a eliminar, de manera

cruenta o incruenta. Estos sectores apelan al pueblo y pretenden imponer

soluciones en su nombre, sin que el pueblo manifieste de manera responsable su

parecer. Algunas notificaciones tergiversadas, verdades a medias, carentes de

objetividad, perturban la pacifica convivencia social».

A continuación el obispo de Bilbao cita palabras del Papa sobre el tema de la

violencia, y continúa:

De nada serviría una invocación retórica a construir la paz si no eliminamos las

causas profundas de los conflictos que la luicen imposible. Os llamo, queríaos

diocesanos, a la cristiana reconciliación, pero sabemos que una llamada a la

reconciliación que no vaya acompañada de una invitación a descubrir y extirpar

las raices que segregan la violencia resultaría totalmente estéril. Son

importantes las palabras del Vicario de Cristo:

La paz estable sólo puede ser edificada sobre la base firme de la justicia. Si

se quiere que haya paz, debe haber, en primer lugar, justicia. Toaos deben tomar

parte en ello. Los obstáculos que se interponen en el camino de la justicia

deben ser eliminados: obstáculos tales como la desigualdad civil, la

discriminación social -y política y las disensiones entre individuos y grupos.

Debe existir un respeto mutuo y constante por los demás, por sus personas, sus

derechos y sus aspiraciones legitimas.»

«En concreto —continúa el prelado bilbaíno—, entre nosotros, no se puede olvidar

«el derecho de los pueblos a conservar la propia identidad» (Sínodo de Obispos,

1971.) Esto se puede alcanzar prácticamente de muchas maneras. Nadie puede

pretender imponer por la violencia su propio punto de vista a los demás. Hay que

tratar de realizar la parte de verdad que pueda tener cualquier aspiración

social.»

Tras señalar que «la justicia es una condición necesaria para alcanzar la paz,

pero ha de ser completada por una transformación interior del corazón humano»,

monseñor Añoveros termina diciendo:

¿Deseo recoger en mi corazón el dolor profundo y expresar mi más sentida

condolencia a todos los que sufren más directamente las consecuencias de la

violencia. Deseo presentar a todo el pueblo de Dios la actitud generosa —me

consta— de algunas familias, del perdón proclamado con cristiana entereza y

edificante sentido´ religioso de la vida.

Elevo a Dios mi pobre oración y la de tantos y tantos hijos de la Iglesia, que

se unen a las mías, a los que agradezco extraordinariamente su trascendental

aportación ante el Señor, para que nuestro pueblo alcance las metas de

felicidad, paz, concordia y verdadera fraternidad cristiana; que nos

comprometamos todos a una sincera conversión, en la que cesen los rencores, las

tensiones, los prejuicios irrefrenables, las acciones cruentas; que seamos

ordenados por una justicia imparcial, equilibrada, cristiana en su intención y

en su ejercicio; que de verdad nos amemos como hermanos.»—Cifra.

 

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