La iglesia y la política     
 
 Ya.    25/01/1959.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LA IGLESIA Y LA POLÍTICA

EL Episcopado portugués, en una luminosa pastoral colectiva, ha recordado a los

fieles de la nación hermana la doctrina auténtica acerca de las relaciones de

colaboración entre Iglesia y Estado. Aparto la singular oportunidad que pueda

tener en el país hermano en función de la coyuntura política nacional, este

recordatorio es siempre de actualidad para todos los católicos de cualesquiera

otros estados. Por eso tomamos pie de él para recordar por nuestra parte la

doctrina pontificia sobre tan importante materia y para, hacer algunas

reflexiones sobre la Iglesia y la política.

En una frase feliz expresan los prelados portugueses la posición de la Iglesia

en relación con el Estado:

colaboración sin confusión de competencias. Y en esa fórmula, en efecto, Incluye

toda la doctrina.

SOCIEDADES distintas, Iglesia y Estado son, sin embargo, "Inseparables por

naturaleza". Por eso es necesario que entre ambas potestades exista una ordenada

"relación unitiva" no sólo externa, sino "interna y vital"; relación de

concordia y armonía que se traduce en una mutua colaboración en servicio del

bien común de la sociedad y del bien personal de los humanos, subditos a la vez

de ambas potestades.

Bota históricamente aquella venturosa unión del sacerdocio y el imperio que dio

siglos de gloria a la Europa medieval, esa armonía entre la sociedad religiosa y

la civil se ha ido rehaciendo mas o menos en el interior de cada Estado, y hoy

es general el hecho de la colaboración religiosa cuando menos en aquellos campos

de actividad en que la confluencia de ambas autoridades favorece directamente al

pueblo y singularmente en la enseñanza y en la beneficencia.

JUSTAMENTE celosa de su propia libertad y de su independencia, la Iglesia

respeta, por su parte, las del Estado y pará nada trata de injerirse en los

asuntos estrictamente políticos, que sólo a él le incumben. Con frecuencia, sin

embargo, la Iglesia se ve solicitada para mezclarse en una actividad política.

Pero la Iglesia no puede ponerse al servicio de Intereses meramente políticos y

tiene el deber y el derecho de rechazar de plano tales requerimientos. Y asi lo

hace. Pese a ello, de tiempo en tiempo se ve acusada de entrometerse en la

política de una u otra nación, y es entonces cuando la Jerarquía respectiva sale

en defensa de los fueros de la verdad.

Enseña la práctica, por otra parte, que tales acusaciones son fruto de la pasión

política partidista. Y así, muchas Veces se le arguye de parcialidad tan sólo

porque se niega a intervenir en el sentido en que quisieran los acusadores. En

realidad, les duele a éstos que la Iglesia no se preste a pronunciarse en su

favor. Buena prueba de este apasionamiento de juicio la da el hecho de que bajo

una misma, situación política se le hagan a la Iglesia acusaciones

contradictorias. Unos, como esa pastoral que comentamos, la atacan el el sentido

de estar ligada a la situación política vigente; otros por el contrario, de

poner su autoridad a favor de los enemigos de esta situación.

NO siempre estas imputaciones sobre el politicismo de la Iglesia son pura

hipocresía de quienes ambicionan, sea cubrirse con !a Iglesia si están en el

Poder o servirse de la Iglesia cuando atacan al orden constituido, A veces los

propios católicos adoptan de buena fe estas actitudes inconvenientes impulsados

por un falso celo. Es este un vicio muy tentador: el de enfeudar a la Iglesia

politicamente. Los Papas nos previenen contra esa tentación: "Muchos, en efecto—

escribe León XIII movidos de un engañoso celo, se apropian un papel que no les

pertenece: quieren que en la Iglesia todo se haga según su Juicio y parecer."

Pero querer complicar a la Iglesia en querellas de tipo partidista o pretender

tenerla por auxiliar para, vencer a los adversarios políticos "constituye un

abuso muy grave de la religión". V es que siempre, pero más en el campo

político, a la Iglesia hay que servirla como ella quiere ser servida, y es mucho

menos excusable tratar de servirse de ella.

Digamos ahora una palabra sobré España. Porque acaso está dando nuestra Patria

un ejemplo vivo de ese espíritu de colaboración sin confusión, que constituye el

ideal. Ese espíritu anima el concordato español de 1.953, que rige en derecho

las relaciones entre la Iglesia y nuestro Estado nacional.

Cierto que no podían faltar tampoco entre nosotros quienes de buena o de mala

fe, por engañoso celo o por malicia, llevan BU pasión política a tratar de

cubrirse con ja Iglesia o bien á servirse de ella. Y si bien puede asimismo

haber católicos que traten de llevar a la Iglesia al terreno de Mus posiciones

políticas, la jerarquía española sabe cual es su deber en cada caso y con

escrúpulo lo cumple.

De aquí nace esa excelente colaboración no solo de derecho, sino de hecho, entre

unas y otras autoridades, de la que tanto se beneficia nuestra Patria. ¡Bendita

colaboración mutua, que, sin confundir la esfera propia de cada una de ambas

potestades, confluye en la ancha zona que admite y aun demunda una acción común,

singularmente en provecho y beneficio de Ja porción mas necesitada de nuestro

pueblo!.

 

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