Autor: P. A.. 
   Monseñor Cirarda pide a sus sacerdotes que trabajen en la paz superando todo pesimismo  :   
 La solución de nuestras dificultades no puede estar en encojernos cobardemente y pretender inmovilizarlo todo. 
 ABC.    27/01/1971.  Página: 29. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

ABC. MIÉRCOLES 27 DE ENER0 DE 1971. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 29.

LA IGLESIA EN EL MUNDO DE HOY MONSEÑOR CIRARDA PIDE A SUS SACERDOTES QUE

TRABAJEN EN LA PAZ SUPERANDO TODO PESIMISMO

«La solución de nuestras dificultades no puede estar en encogernos cobardemente

y pretender inmovilizarlo todo»

«AFORTUNADAMENTE, LOS SIGNOS DE ESPERANZA DE NUESTRO MOMENTO PRESENTE SON

MUCHOS»

Bilbao 26. Monseñor José María Cirarda, obispo administrador apostólico de

Bilbao, ha dirigido una carta abierta a los sacerdotes de la diócesis en el

comienzo del año 1971, cuyo título es «Una palabra de esperanza». En ella, les

dice: «Siento el deber de deciros una palabra de cara a 1971. Y quiere ser una

palabra de esperanza. Pretendo simplemente invitaros a trabajar en la paz,

superando todo pesimismo esterilizante, en la seguridad de que Dios está con

nosotros todos los días.

La Iglesia—toda la Santa Madre´ Iglesia—se siente agitada por una grave

tempestad. Nuestra Iglesia local de Bilbao tiene su .propia particular

tempestad. Son muchos los factores económico-sociales, culturales, políticos y

religiosos que determinan entre nosotros un estado de cosas muy complicado

pastoralmente.

En circunstancias así brotan con facilidad grupos extremistas que, aun diciendo

cosas contrarias entre sí, se alimentan de una misma fuente: la falta de viva fe

en Dios y su Iglesia.

La falta de fe viva induce en algunos una especie de temor a que la Iglesia se

hunda en el temporal que la agita. Se resisten, por ello, lo más posible a todo

cambio, tratando de frenar el desarrollo eclesial acuciado por el Vaticano II.

La fasta de fe viva lleva a otros a querer romper con todo el pasado, y

consiguientemente con elementos venerables de una tradición santa; y se lanzan a

la creación de novedades por sí y ante sí en lo doctrinal y en lo litúrgico y

disciplinar, sin cuidar la debida comunión con la Iglesia jerárquica.

Tales extremismos inmovilistas o progresistas no tienen mucha audiencia entre

nosotros, al menos entre los sacerdotes, aunque no les faltan algunos

partidarios. La encuesta sacerdotal, que hicimos hace un año y está a punto de

publicación, nos da datos importantes para saber hasta dónde llegan algunos de

esos males.

Los signos de esperanza de nuestro presente son muchos: la participación del

pueblo en la sagrada liturgia; el número de seglares que quieren vivir su fe de

manera más y más auténtica, que se sienten Iglesia; nuestro Seminario ha

superado en gran parte la gravísima crisis que venía padeciendo desde hace años.

Algunas señales de alerta han funcionado entre nosotros: el interés por los

problemas temporales se convierte fácilmente en tentación de un horizontalismo

absorbente; la necesaria atención a las exigencias de una preevangelización en

el plano del desarrollo cultural, económico, social y político se convierte en

tentación que induce a dejar el anuncio del mensaje evangélico para más

adelante; el respeto a un legítimo y prometedor pluralismo, deseable tanto en lo

socio-político como en lo eclesial, se nos está convirtiendo en lamentables

divisiones, en cerrazones que imposibilitan el diálogo; la tensión intraeclesial

hacia nuevas formas de expresión de la verdad revelada, nuevos modos de

participación litúrgica y renovados estilos de vida y de acción evangélicos se

convierte, más de una vez, en saltos alocados de fixisino doctrinal y

disciplinar, agobiante a un confusionismo ideológico y a una anarquía

disgregadora. ¡Y no faltan casos en que apuntan fisuras que; ponen en, peligro

la misma comunión jerárquica! Un deseo de una Iglesia mas pobre, más libre, más

santa, más parecida, en fin, a Cristo, puede y debe inspirar una crítica de

nuestro vivir eclesial en los más diversos planos. Pero demasiadas veces la

crítica es demoledora. Escandaliza. No construye.

La solución de nuestras dificultades no puede estar en dejarnos ganar por las

tentaciones que nos asaltan. Pero tampoco está en encogernos cobardemente y en

pretender inmovilizarlo todo.

Cuatro cosas son necesarias, sobre todo, a mi entender, para que podamos sacar

el mayor rendimiento a las posibilidades de esta hora: la reafirmáción de

nuestra fe en Cristo; una acción pastoral decidida; una comunión eclesial muy

cuidada -y una generosa apertura universalista misionera. Una corriente radical

secularizadora trata de minar nuestro espíritu de oración.

En nuestro ministerio profético debemos: Atender con creciente interés las

catequesis de los niños.

Contamos con unos catecismos en sus dos versiones, castellana y vasca.

Responsabilidad grande la nuestra si no acertamos a sacarlas .todas sus

posibilidades; avanzar en la catequesis de adultos; cuidar mucho de nuestras

homilías; ser constantes y aun machacones en la predicación de la caridad.

En nuestro ministerio litúrgico nos apremian tres objetivos inmediatos: Tenemos

que revisar determinadas prácticas rutinarias. No se deba suprimir una costumbre

arraigada por el simple capricho de cambiar; hemos de hacer un esfuerzo para que

la renovación litúrgica no se quede en sustitución de unos .ritos por otros, .de

unas rutinas por otras: la renovación da la Liturgia en los sacramentos del

Bautismo y del Matrimonio nos brinda ocasiones extraordinariamente interesantes

para una labor pastoral familiar.

Como rectores del Pueblo de Dios, tres llamadas del Concilio nos apremian

especialmente: Atención a los jóvenes; atención a los trabajadores y

participación de los seglares en la vida eclesial.

Todo puede hacerse en comunión eclesial. Nada auténticamente fecundo fuera de

ella. En línea general, es necesario que cuidemos atentamente la sintonía con

nuestros superiores. Es triste la facilidad con que algunos se dejan seducir por

el parecer de un autor «novedoso», de mayor o de menor categoría, mientras

resisten a cualquier enseñanza del Magisterio. En línea horizontal son

necesarios los contactos entre los sacerdotes de una misma parroquia, de un

mismo sector o zona, y de la diócesis entera.

Pero debemos evitar todo exclusivismo. Pero nos engañaríamos lamentablemente si

creyéramos tener espíritu comunitario, porque nos reunamos muchas veces. No lo

tenemos si sólo nos reunimos con los que piensan al unísono con nosotros.

Dividiríamos, más bien, la diócesis en facciones, distintas entre sí y aun

encontradas, como en un reino de taifas religioso. Todos tenemos parte de

verdad.

La esencia de nuestra fe y hasta el Interés propio nos obligan a vivir abiertos

a horizontes universales. Cerrarnos es ahogarnos en nuestra propia problemática.

Son más cada día los seglares que individual o colectivamente sienten la

preocupación universalista de ayuda al Tercer Mundo. Pero hay otros datos menos

optimistas, especialmente a nivel sacerdotal. El pasada año sólo un nuevo

sacerdote, vizcaíno fue a Misiones. Y se han quedado definitivamente en la

diócesis nueve de -los 21, que vinieron a descansar durante 1970. El balance es

negativo. Tenemos hoy menos sacerdotes misioneros que hace un año. Por otro lado

flota en algunos ambientes un cierto recelo frente al quehacer misionero, como

si marchar a América o a África, donde están nuestras Misiones diocesanas,

tuviera algo de huida o de alienación ante nuestros problemas internos. Mil

veces no, siento el deber de deciros. Nos obliga un compromiso con la Santa

Sede. Pero, sobre todo, nos apremian el esencial universalismo de nuestra fe y

la certeza de que todo crecimiento en nuestro afán misionero es factor decisivo

para la solución de nuestros propios problemas.»—P. A.

 

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