Autor: Monroy, Juan Antonio (presidente de las Iglesias de Cristo en España) . 
   Gracias don Alfredo     
 
 ABC.    06/07/1973.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

GRACIAS, DON ALFREDO

Señor don Alfredo López, presidente de la Comisión Civil de Libertad Religiosa.

Mi estimado amigo:

Acabo de enterarme que cesa usted en el cargo al frente de la Subsecretaría de

Justicia y presumo que será Igualmente sustituido en la Presidencia de la

Comisión Civil de Libertad Religiosa. Bien sé, don Alfredo, que estos cargos no

son perpetuos; pero qué quiere usted. Me había hecho la idea que usted estaría

siempre ahí, en su despacho de la calle San Bernardo, velando por la aplicación

de la libertad religiosa con equidad y con corazón. Veo que no es así y, sin

filosofías, pero con tristeza, he de aceptar la realidad.

No quiero que usted se marche sin darle públicamente las gracias por estos seis

años de honrada actuación en la administración de la ley de Libertad Religiosa.

Y mis gracias no son sólo mías: son también de los 60.000 lectores no católicos

que leen mensualmente la revista que dirijo; son de los miembros de las 21

Iglesias de Cristo que tenemos en España; son las gracias en nombre del 85 por

100 de los evangélicos españoles que viven incorporados a la ley de Libertad

Religiosa.

Dios ha querido que usted viva una experiencia única dentro de la legislación

española: la administración, durante seis años, de la primera ley civil en

materia de libertad religiosa que ha tenido España. En estos momentos mi mente,

mi corazón y toda mi gratitud van hacía los hombres que más trabajaron para

hacer posible esta ley: don Fernando María Castiella, don Antonio María de Oriol

y Urquijo, don Manuel Fraga Iribarne, y sus valiosos equipos.

Pero le tocó a usted, a usted sólo, ser el forjador de una delicada experiencia

de pluralismo religioso y de convivencia confesional. Cuando los esfuerzos de

las personas citadas cristalizaron en la ley de Libertad Religiosa hizo falta el

hombre, el hombre adecuado para administrar prudentemente una ley que, usted lo

sabe bien, se presentaba algo conflictiva.

Habituados a vivir marginados durante muchos años, salidos de una situación que

nos era socialmente incómoda, los complejos y hasta los prejuicios con que

algunos dirigentes evangélicos españoles recibieron inicialmente la ley eran

comprensibles, naturales. Pero el horizonte de la duda empezó a despejarse en

los corazones cuando el doctor José Cardona, en una memorable reunión celebrada

en la calle Trafalgar, dijo a todos que podía confiarse plenamente, totalmente

en el hombre elegido para administrar la aplicación de la ley.

Y el doctor Cardona llevaba razón. Usted jamás nos defraudó. Usted supo conjugar

en su persona una fina sensibilidad religiosa con la maestría del jurista. Puso

usted en su trabajo cerebro de legislador y corazón de cristiano. Fue usted fiel

a su cargo, seguro en el desempeño de su actividad legal, pero sin defraudar

jamás a quienes confiábamos en usted como presidente de una Comisión en la que

estábamos representados. Y puedo decirte que, por nuestra parte, las oraciones

jamás le faltaron.

Ahora, hoy, desde aquí, pido a Dios que ilumine de igual manera a su sucesor a

fin de que los problemas aún pendientes puedan ser resueltos de forma feliz y

satisfactoria para todos nosotros y para mayor prestigio del país en que

vivimos.

Al pedirle a Dios que le guarde muchos años, no estoy cumpliendo un rito

epistolar, sino expresándole el deseo sincero y vivo de mi corazón agradecido.

Le abraza, Juan Antonio MONROY, presidente de las Iglesias de Cristo en España.

 

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