Autor: Gil-Robles Gil-Delgado, José María. 
   Europa: ¿Cultura de Cristiandad?     
 
 Cuadernos para el Diálogo.     Página: 36. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EUROPA: ¿CULTURA DE CRISTIANDAD? JOSÉ MARÍA GIL-ROBLES

Europa está decididamente a la orden del día, hasta el punto de que ya en

nuestra piel de toro se ha planteado (1), con talante plenamente hispánico, la

pregunta: ¿qué es Europa?

La primera contestación que conozco es, también muy ibéricamente, excluyente:

Europa sólo comprende los pueblos que profesan el catolicismo o el

protestantismo. Es una comunidad espiritual que nace de la alianza del

pontificado y los reyes francos, el resultado de la fusión de lo románico y lo

germánico, que tiene como base de su cultura a la religión (sin perjuicio de que

la tensión entre la Iglesia y el Estado sea una de sus características, y no

menos fecunda que la existente entre el cristianismo y la tradición clásica),

que es resultado del influjo romano.

La acción de la sinagoga, la ciencia helénica, la idea del Estado, el derecho y

la maiestas romanos y el monacato.

Se trata, como el lector habrá advertido, de una respuesta exclusivamente

ideológica, superestructural. Ni una referencia a los para mí verdaderos

cimientos de Europa: ese largo proceso de transformación desde la economía de

subsistencia al capitalismo avanzado, esa penosa lucha entre poseedores y

desposeídos, que constituye el real y verdadero trasfondo de las tensiones y

movimientos culturales antes citados.

Aparte esta fundamental discrepancia, pondría al enfoque aludido tres reparos:

a) Su carácter claramente apologético, de una apologética muy preconciliar en

sus argumentos: por ejemplo, en el uso de los criterios de supervivencia

histórica y expansión para demostrar el origen divino de la Iglesia. En la

perspectiva de la historia de la humanidad, dos milenios son un período

demasiado corto para ser verdaderamente significativo, aparte el

regusto triunfalista de la tesis, tan poco acorde con la idea que uno

se hace de lo que debe ser la Iglesia.

b) Tener como idea directriz el mantenimiento de una «cultura

fundamentalmente unitaria, que debería constituir el alma de una Europa social

y políticamente unificada», según un texto de Pablo VI, con el que, desde

luego, no puedo estar de acuerdo. Si la unificación de Europa ha de hacerse bajo

el signo del unitarismo cultural, prefiero que no se haga. Sería un lamentable

empobrecimiento y una terrible regresión cuando empieza a abrirse paso el

convencimiento de los bienes que entraña el pluralismo cultural dentro de una

misma unidad política.

c) Se halla impregnada de nostalgia por una cultura común europea, cristiana en

su dimensión religiosa, estoica en lo moral, escolástica en lo filosófico y

«alcoholizada de romanismo» en lo jurídico. Me parece que esa idealización del

pasado ha quedado irremediablemente atrás. La cultura europea —si es que ha de

haber una cultura europea, lo que en nuestra época de mundialización cultural me

parece más que discutible— tendrá un tono claramente laico, que cada día se

acentúa; no parece que lleve camino de conservar la moral estoica (que, desde

luego, me parece muy poco cristiana, pese a cuantos esfuerzos se han hecho por

bautizarla); requiere un instrumento filosófico más dinámico que la escolástica,

y se aparta cada vez más de un derecho romano cuyo enorme valor pasado no es

cosa de discutir, pero que se funda igualmente en algo que refleja una visión

estática del universo, como es la lex naturalis, cuyo arrinconamiento en el

rincón de los trastos viejos se va haciendo más necesario cada día.

Quizá el ulterior desarrollo de su pensamiento que anuncia el autor de la

respuesta, abocado a contemplar factores ideológicos de más reciente inserción

en la formación cultural europea, venga a desvirtuar estas críticas. De otro

modo sería inexplicable prescindir del marxismo y la Ilustración, de Hegel o de

Freud en un examen objetivo de lo que hoy constituye nuestro común acervo

cultural. En todo caso, este primer acercamiento tiene el enorme valor de haber

planteado el tema y de suscitar inmediatamente la reflexión y la crítica. Señal

de que no deja indiferente, que apasiona, que formula una pregunta radical y que

no rehuye contestarla con elegancia y claridad.

Sin interrogantes como éste, sin poner constantemente en cuestión sus más

radicales fundamentos, Europa no sería hoy lo que es, ni se hallaría en

definitivo trance de unificación. Aunque en ese proceso haya llegado el momento

de desprenderse de una vez para siempre de la nostalgia, que comprendo, pero no

comparto, de la idea de cristiandad.

J. M. G.-R.

(1) Enrique Moreno Báez: Los cimientos de Europa. Madrid, Taurus Ediciones, S.

A., 1971.

Pag. 36 Cuadernos para el Diálogo

 

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