Catolicismo español: Crisis de renovación     
 
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CATOLICISMO ESPAÑOL

>CRISIS> DE RENOVACION

LAS reuniones del Comité Ejecutivo JH y de la Comisión Permanente de la

Conferencia Episcopal Española —los verdaderos órganos de influencia y poder de

la organización institucional de la Iglesia española—, que comenzaron ayer,

tienen por objeto estudiar los temas que vayan a plantearse en la próxima

Asamblea Plenaria de la citada Conferencia, que se celebrará posiblemente en el

mes de noviembre.

Se puede apreciar que los temas de cuyo conocimiento se tiene noticia cierta

están en línea con la renovación y modificación del semblante de la Iglesia

española en la línea de lo acordado por la Asamblea Conjunta de presbíteros y

obispos; así, por ejemplo, temas como «La actitud de la Iglesia, ante los

problemas políticos y sociales», «La opción política de los sacerdotes» o «El

testimonio de pobreza evangélica de la Iglesia». Hasta el momento han

reaccionado contra aquella Asamblea —publicando las famosas objeciones de la

Sagrada Congregación del Clero— unas 16 ó 18 diócesis de las 64 en que se divide

el país.

Además de estos asuntos, es posible que la Permanente proporcione algún tipo de

dictamen a Roma sobre la creación de nuevos cardenales, ya que se rumorea

insistentemente la celebración inminente de un consistorio —el anterior es del

mes de junio de 19SS—, según criterio de Pablo VI de aumentar la periodicidad de

los mismos.

Últimamente se ha vuelto a hablar de la urgencia de resolver definitivamente la

lenta negociación para renovar el Concordato de 1953, o incluso para sustituir

esta fórmula por otras más acordes. Sin embargo, entre los temas de debate de la

Comisión Permanente hechos públicos, nada hace referencia al Concordato. Por

otra parte, los criterios del episcopado español fueron expuestos en su día

cuando Roma los solicitó formalmente, pero no sería inverosímil que la

Conferencia o algunos de sus órganos delegados expusiera al Vaticano,

reservadamente y sin publicidad, el aparente >

concordatoria. Naturalmente, si esto se produce, por ahora no será revelado.

Hace una década que el Concilio Vaticano U abrió una etapa de renovación en la

Iglesia católica. La Iglesia de España no podía permanecer al margen de una

tarea de ámbito universal y aceptó el trance de su renovación posconciliar. A

partir de entonces se viene hablando y escribiendo acerca de una «crisis» en el

seno del catolicismo español, «crisis» de indudables alcances para la vida

general del país. Desde este ángulo, y sin ánimo de definir nosotros una

posición entre las tendencias ditersas del catolicismo español, es desde donde

nos proponemos ahora hacer algunas contideraciones.

Nos preocupa en primer lugar la reacción conflictiva de algunos sectores ante el

proceso posconciliar. Que existe una crisis del catolicismo español es

indudable. Hay crisis en todo Cuerpo social que se renueva y crece. El problema

es cómo se reaciona ante aquélla. Hay quienes entienden que crisis es poco menos

que ruptura. Otros, en cambio, quisieran que Roma resucitase un duro mundo de

prohibiciones y tolerancias —sólo tolerancias—. Desde un ángulo estrictamente

conservador, se llega incluso a tomar posición contra el mismo significado del

Concilio, en cuanto que éste ha de tomarse como punto de partida de renovación.

Con esta óptica se oponen a todo cambio porque, piensan que éste hace peligrar

la unidad.

Sin embargo, nos parece, sin ánimo de poseer una verdad que en modo alguno nos

toca definir, y simplemente preocupados por la trascendencia del tema, que el

peligro para la unidad viene tanto de quienes enfocan la renovación con ánimo de

ruptura como de quienes se opone a esa misma renovación. Entre estos últimos hay

quienes humanamente se muestran incapaces de distinguir entre la vigencia de la

norma y los límites de la propia interpretación: prefieren el refugio de un

catolicismo «si» problemas», temperamentalmente seguro en la visión dogmática

que tiende a ver desviaciones doctrinales allí donde sólo se trata de distinguir

entre la espiga, el grano y el tallo. Los hay que ven en el proceso de

renovación el camino cierto que ha de conducir a la dislocación de los valores

evangélicos. Finalmente, hay quienes trasladan al terreno religioso un

inmovilísmo cuyo origen y objetivos hay que buscar en otros terrenos.

Nos parece que en alguna medida la «crisis» ha sido consustancial con la misma

marcha de la Iglesia a largo de los siglos. Es aquélla lo que permite la

adaptación al tiempo de unos principios evangélicos. Y por ello, una posición de

principio contraria al cambio, por muy buena fe de que estuviera provista,

podría ser nociva para la misma Iglesta. La expresión «crisis» no tiene por qué

adquirir un tono dramático, y sí positivo y vivificador, a condición de que los

católicos españoles sepan coincidir en el común respeto al magisterio de los

obispos y se siga avanzando por los caminos del diálogo y la renovación ya

establecidos por el Concilio y la Asamblea conjunta de obispos y presbíteros

celebrada en 1971.

Lo anterior nos lleva a afirmar la necesidad de evitar interpretaciones

fragmentarias e interesadas de las opiniones de tal o cual prelado, come es

frecuente observar últimamente en algunos órganos de Prensa. Todas las opiniones

son respetables, pero deben ser interpretadas y valoradas justamente.

Curiosamente, católicos que han invocado en el pasado la opinión de la

jerarquía, no dudan en afirmar ahora que ésta vive en el «desconcierto» y actúa

con >>ligereza», cuando aquella opinión no corresponde o lo que aquéllos

católicos desean. ¿De qué lado estaría aquí la desviación?

 

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