Autor: Moreno Nieto, Luis . 
   Preocupado diagnostico del arzobispo primado sobre la situación religiosa de España     
 
 ABC.    03/09/1972.  Página: 25-26. Páginas: 2. Párrafos: 20. 

ABC. DOMINGO 3 DE SEPTIEMBRE DE 1972. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

PAG. 28.

LA IGLESIA EN EL MUNDO DE HOY

PREOCUPADO DIAGNOSTICO DEL ARZOBISPO PRIMADO SOBRE LA SITUACIÓN RELIGIOSA DE

ESPAÑA

Señaló entre los problemas más graves la falta de estima del magisterio de la

Iglesia, la prisa en la aplicación del Concilio y el mal planteamiento de las

relaciones Iglesia-Estado.

"PERO -DIJO- YO TENGO ESPERANZA EN LA IGLESIA DE DIOS Y CONCRETAMENTE EN LA DE

ESPAÑA"

Toledo 2. (Crónica, de nuestro corresponsal, por télex. Con un largo discurso

del arzobispo de Toledo y primado de España—treinta y siete folios leídos

pausadamente— se ha clausurado esta mañana, en la catedral, la V Semana de

Estudios y Coloquios sobre Problemas Teológicos.

Ante varios cientos de feligreses congregados en el crucero del templo, que

aguardaban con no poca expectación la intervención del monseñor González Martín,

tuvo lugar una misa concelebrada y presidida por el obispo de Sigüenza-

Guadalajara, monseñor Gastan Lacoma. Asistieron las autoridades.

El arzobispo de Toledo se ha mostrado francamente preocupado, diríamos más bien

entristecido, al contemplar el panorama religioso de España, que ha, descrito

nimuciosamente, analizando sus causas y sus efectos. «Una honradez elemental—

dio-—me obliga a manifestar que la situación de España hoy, en cuanto a la fe y

a la moral, empieza a ser grave». Y añadió: «Hace dos años fue presentado en la

Conferencia Episcopal Española un informe alarmante sobre la situación moral de

nuestra sociedad, Hoy tendríamos que decir que se ha agravado notablemente>

Monseñor González Martin habló claro, no eludió el problema de las relaciones

Iglesia-Estado, reconoció que existe desconcierto aún entre los mismos obispos,

y señaló, entre otras causas del desorden, las siguientes:

«Primera. Desestimación del Magisterio, concretamente del pontificio, sustituido

por la adhesión a grupos de teólogos o que a si mismos se llaman tales, los

cuales se han permitido todas las licencias. Se reciben y comentan los

documentos del Papa de índole social y se silencian sus encíclicas y discursos

sobre la fe y los dogmas de la Iglesia.

Segunda. Desconcierto dentro de la misma jerarquía, nacido en gran parte de la

falta de leyes posconciliares, que nos han impedido ponernos de acuerdo en

cuanto a la praxis de las tolerancias y las prohibiciones.

Tercera. Complejo de inferioridad frente a los logros, reales o supuestos, de

otras Iglesias de Europa. Se nos acusó a los obispos españoles de esto en el

Concilio, y ahora se está dando este fenómeno a escala mucho más generalizada

con un mimetismo lamentable en el campo doctrinal y pastoral.

Cuarta. Desplazamiento excesivo de la fe en la Encarnación hacia las realidades

de orden político-social, o por el contrario, un espiritualismo tan desencarnado

que se hace ineficaz para la predicación del Evangelio.

Quinta. Prisa alocada y vertiginosa enquerer tratar a todo y resolverlo todo

sin sosiego y sin paz. El Concilio Vaticano II requiere muchos años de esfuerzo

para asimilar lo que en él hay de avance dentro de la obligada coherencia con la

tradición. Y aquí nos hemos lanzado en tromba hacia todos los campos a la vez,

dando un ejemplo de ligereza y de desequilibrio lamentables. Para todo hemos

creído tener fórmulas de solución nueva y las hemos predicado con altanería,

queriendo imponerlas a los demás.

Sexta. Mal planteamiento de las relaciones Iglesia-Estado. Necesita de

modificaciones la situación actual, conforme a lo que el Concilio pide y señala

en todos los documentos en que trata de ello y de acuerdo con las reales

condiciones de la Iglesia y la sociedad española, no hemos sabido aislar y

contener este hecho dentro de su contexto jurídico y sociológico, y al hablar

del mismo se han invadido otros terrenos, hiriendo los sentimientos religiosos,

haciendo proceso a las intenciones de muchos, engendrando una vez más el

confusionismo, y la desconfianza.

Séptima. El lenguaje, en sustitución de la creencia. La fe, según la doctrina de

la Iglesia reiterada en el Concilio Vaticano, exige la adhesión de unas verdades

y la obediencia a unos - mandatos del Señor. En lugar de proclamarlas con

decisiones y con firmeza nos dedicamos hoy a un ensayismo religioso hecho de

imprecisiones y futurologias, apelando continuamente a la libertad y a la

persona, con simpatía hacia todo lo que está lejos y con reticencias para lo que

tenemos como herencia y depósito, que debemos guardar.

Es un lenguaje más apto para el humanismo poético o social de tinte cristiano

que para la custodia amorosa y consciente del «credo». La más dolorosa

consecuencia de todo ello es que el pueblo queda indefenso y sometido a tortura

de las perplejidades y las dudas que le ofrecemos, sin posibilidad de distinguir

lo verdadero de lo falso. La mayor parte de nuestros dogmas y creencias

católicas están siendo, más que revisadas para expresarlas mejor, mutiladas por

una manipulación inconcebible.

Al cronista le parecen especialmente significativos los últimos párrafos del

extenso discurso del Primado.

Son éstos, reproducidos literalmente: «los resultados del posconcilio son

todavía un fruto en agraz. Su maduración depende des que en el árbol del que

cuelga ese fruto no se hagan cortes que impidan el acceso de la savia que da

vida a la Iglesia. El Vaticano II no ha venido a plantar un árbol nuevo. Es más

bien una nueva técnica agrícola, con nuevos riegos, nuevo sol, nueva y

enriquecida tierra para el mismo árbol de siempre.

Son muchas ya las personas desorientadas, desasistidas o incluso privadas del

alimento que deben recibir para que su vida cristiana se mantenga. El sacramento

de la penitencia es combatido y despreciado. El de la eucaristía es

frecuentemente recibido, pero ¿con que provecho? El del matrimonio, sobre el que

ha florecido una tan rica literatura religiosa, ya antes del Concilio, sufre un

asalto sistemática con todo lo que se dice sobre relaciones prematrimoniales,

separación y divorcio, exigencias del amor, paternidad responsable mal

entendida, con olvido de los términos exactos de la «Humanae Vitae». El

Magisterio de la Iglesia, en su función de garantía querida por Dios para la

transmisión de la verdad revelada, es rechazado por. muchos con insolencia, sin

advertir que tanto más se avance en este camino, liminando la obediencia a las

enseñanzas el Papa, no quedará en pie la autoridad e los obispos y menos

resistirá la de los sacerdotes, a los que el Concilio llama irectores del pueblo

de Dios».

Grave y reprobable es la obstinada falta de docilidad para entrar por los

caminos de la renovación, pero todavía es más censurable la jactanciosa

altanería con que se juzga y se desprecia a los que proclaman Su fidelidad, su

sentido de responsabilidad frente al mundo y a la vez frente a lo que el Señor

ha ordenado para su Iglesia. A muchos sacerdotes se les está haciendo sufrir

indeciblemente, porque, deseosos como el que más de las verdaderas renovaciones,

no pueden admitir en su conciencia que se quiera hacer pasar como renovación lo

que no es más que desenfreno y porque no consienten ni pueden consentir en

experiencias demoledoras. Se les trata de retrógrados, de inmovilistas,

desfasados, inadaptados a su tiempo. Esto es gravemente injusto. Ser

tradicionales no es ser tradicionalistas en el sentido peyorativo de la

palabra.

Se ha avanzado positivamente en la educación litúrgica, en sensibilidad social,

en comprensión más honda de que no puede haber amor a Dios si no hay amor al

hermano, en interiorización personal, en responsabüización más viva de que

pertenecer a la Iglesia de Cristo exige una actitud de conversión continua, de

búsqueda de nuevos caminos para la evangelizarían, de atención más, delicada y

analítica para todo cuanto hay de bueno en el mundo, en sus realidades

económicas y políticas, en sus aspiraciones a la justicia y a la paz en las

diversas religiones, que tienen adoradores y creyentes. Todo esto es bueno para

nuestra España y nuestra comunidad católica.

Pero hay demasiados defensores de la secularización y Ja desacralización tan

repetidamente condenadas por el Papa; hay demasiada proclividad hacia los

intentos de reforma social por el camino de las violencias; hay una actitud

torpe y apasionada que induce a estimar en seguida como endeudamiento lo que no

es más que colaboración respetuosa con la autoridad civil, respecto a la cual

tan necesario como la independencia es el respeto y la justicia en la crítica;

hay dolor y preocupación pastoral legítima, sí, legitima y explicable por

nuestra falta de presencia eficaz en el mundo obrero y el universitario. Pero,

por amor de Dios, que no se olvide a los muchos sacerdotes que todavía trabajan

entre los jóvenes estudiantes con alegría y con fe y encuentran espléndida

acogida. Y a los muchos párrocos del mundo rural, más pobre que el de las zonas

industriales. O de suburbios y clases modestas de las grandes ciudades que

realizan silenciosamente tareas de evangelización y sacramentalización humildes

y llenas de eficacia, más densas y penetrantes muchas veces que las estudiadas

técnicas de operatividad apostólica en que tanto se insiste. Que no se diga a la

ligera que siempre llegamos tarde, cuando todo lo juzgamos con criterios

humanos, porque a ese paso vamos a tener que afirmar que también Cristo habría

llegado tarde en el tiempo de su encarnación, dado que las civilizaciones que le

habían precedido no pudieron recibir buena nueva.

Muchos de nuestros seminarios están vacíos, lo cual es muy grave para el futuro

de la Iglesia en España. Pensar en que todo se arreglará cuando del seno de la

comunidad surjan adultos que reciban la imposición de las manos, puede ser un

recurso de la imaginación, pero la historia es más exigente en sus

comprobaciones. A medida que la religión cristiana se extiende, sus ministros

tienen que multiplicarse y cada vez con más esmerada preparación. ¿O es que nos

contentamos «a príori con un cristianismo de pequeños grupos? ¿Dónde quedará

entonces el celo por la expansión del reino de Dios? Efectivamente, para plantar

una semilla bastan las manos de un hombre y aun las de un niño. Pero esa

semilla, en la intención de Jesús, está destinada a ser árbol frondoso en cuyas

ramas aniden muchas aves.

Si por circunstancias ajenas a nosotros el pueblo de Dios ha de disminuir en

número, aceptémoslo con humildad; pero que ni «una sola centella de luz

cristiana se apague por nuestra indiferencia o nuestras blanduras en cuanto a la

exigencia para ser ministro del Señor. Formas diversas de reclutamiento de las

vocaciones, adultos o niños, si. Complacencias acomodaticias no valen nunca. Las

cristiandades de África, y Asia, que saben algo más que nosotros de carencias y

de anhelos, dan lecciones muy distintas sobre tos seminarios y la formación

sacerdotal. Y consta por informaciones serias que en alguna diócesis muy

importante del norte de Italia, el mayor número de secularizaciones procede de

las llamadas vocaciones tardías. No generalicemos demasiado.

Pero yo tengo esperanza en la Iglesia de Dios y concretamente en la Iglesia de

España. Hay mucho dolor y mucha oración y mucho esfuerzo que no pueden quedar

infecundos.>>

Finalmente, el arzobispo de Toledo hizo un llamamiento a la unidad con estas

palabras:

«La mayor parte de nuestras divisiones y conflictos nacían hasta ahora más de

motivos pastorales que doctrinales. Ya no puede decirse lo mismo. Pero si

reflexionamos a tiempo y hondamente sobre las exigencias de la fe y la moral y

se produce una reacción vigorosa que nos haga estar contentos de ser lo que

somos para llevar con humildad al mundo lo que el Evangelio nos pide, los

pluralismos pastorales no harían más que enriquecernos y enriquecer a la

Iglesia. La inmensa mayoría de los sacerdotes de España coinciden en lo

fundamental de nuestras aspiraciones apostólicas ¿Por qué hemos de ser incapaces

de darnos el abraso de la fraternidad en la misma fe, la misma moral y el -mismo

concepto de Iglesia? Hay algo y alguien que puede ayudarnos: el magisterio de la

Iglesia y del Papa. Atengámonos a esto. Dejemos falsos magisterios. Lo demás lo

hará nuestra oración, nuestra vida espiritual, nuestra cruz amada y bendecida.»—

-Luis MORENO NIETO.

 

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