La Iglesia reconoce las legitimas decisiones de la sociedad civil que se originan en el ejercicio de su propia soberanía  :   
 Nota del obispo de Bilbao sobre la utilización de la bandera nacional en el interior de las Iglesias. 
 ABC.    05/10/1968.  Página: 71-72. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

LA IGLESlA EN EL MUNDO DE HOY

«LA IGLESIA RECONOCE LAS LEGITIMAS DECISIONES DE LA SOCIEDAD CIVIL QUE SE

ORIGINAN EN EL EJERCICIO DE SU PROPIA SOBERANÍA

Nota del obispo de Bilbao sobre la utilización de la bandera nacional en el

interior de las iglesias

«LA ENSEÑA NACIONAL NO ES EMBLEMA DE PARTIDO ALGUNO, SINO DE LA SOCIEDAD EN QUE

VIVIMOS»

Bilbao 4. En el "Boletín Oficial del Obispado de Bilbao, número 218,

correspondiente al mes de octubre, se publica una nota pastoral sobre la

asistencia de las autoridades civiles al templo en la que, entre otras cosas,

dice lo siguiente:

"Hace unos días se difundió la noticia de que un párroco de Vizcaya había

cerrado las puertas de su iglesia suprimiendo así la celebración de la misa

mayor en la fiesta patronal para impedir que la Corporación municipal, que como

tal asistiría a la función litúrgica, entrara en el templo con la bandera

nacional. Ya anteriormente, con ocasión de las mismas fiestas y por la misma

rasan, el mismo párroco había suspendido también la misa, aunque sin llegar a

cerrar las puertas del templo. Y en septiembre de 1965 en las mismas

solemnidades patronales, adoptó por res primera una actitud semejante. Con fecha

14 de septiembre de 1965 publicamos una nota pastoral en el "Boletín Oficial del

Obispado", señalando a nuestros sacerdotes las normas de obligado cumplimiento a

las que deben atenerse en tales circunstancias, publicadas precisamente con

ocasión del mencionado caso. En la referida nota pastoral no mencionábamos

explícitamente el caso de la enseña nacional.

Creímos entonces que no era preciso señalarlo expresamente, ya que lo dábamos

suficientemente a entender para que no fuese ocasión de escándalo ni confusión o

de división entre los fieles. Pero planteada ahora públicamente la cuestión en

el caso citado, teniendo en cuenta otros similares, aunque no tan extensos, no

podemos ni debemos soslavar el afrontar directamente la cuestión para dar luz y

normas concretas a nuestros sacerdotes, a nuestras asociaciones y a nuestros

fieles.

La enseña nacional no es bandera o emblema de partido alguno, sino de la

sociedad en que vivimos que ha logrado plena personalidad sociojurídica y que,

por tanto, se rige por un ordenamiento supremo propio.

Es el signo de la unidad de la sociedad organizada con personalidad jurídica

peculiar en el derecho internacional y en el consorcio de las naciones. La

Iglesia, sin intervenir en la autonomía propia de los problemas temporales,

antes al contrario, por respeto a ella, reconoce las legítimas decisiones de la

sociedad civil que se originan en el ejercicio de su propia soberanía. Por ello,

la Iglesia reconoce no sólo las legítimas realidades sociohistóricas temporales,

sino también a las legítimas instituciones que surgen de estas realidades

relacionadas con ellas para el mejor servicio de la sociedad en la que viven los

fieles, que al mismo tiempo pertenecen a la comunidad religiosa y a la comunidad

temporal. La Iglesia reconoce por ello a la nación española configurada de

hecho, histórica y jurídicamente, según su propia idiosincrasia y su marcha

historien que cuenta con personalidad jurídica acreditada en el Derecho

internacional. Reconoce también el organismo supremo de la nación, o sea al

Estado español que la representa y gobierna.

Por ello, a través de la Santa Sede, de la Nunciatura Apostólica y de la

Jerarquía Episcopal española, mantiene relaciones oficiales con el Estado

español, suscritas y configuradas de manera solemne en el Concordato concertado

entre la Sede Apostólica y el Estado español, animados ambos del deseo de

asegurar una fecunda colaboración para el mayor bien de la vida, religiosa de la

nación española. Es natural, pues, que tal sociedad y tal Estado puedan y deban,

a través de sus autoridades personalmente, y no sólo a través del mecanismo

jurídico, cumplir sus deberes para con la Iglesia.

Lógico es, por tanto, que si dichas autoridades civiles—nacionales,

provinciales o locales— asisten oficialmente como tales, y en corporación a la

Iglesia en determinadas solemnidades, puedan entrar en el templo con los signos

y distintivos propios de su condición: es decir, en concreto, con sus banderas y

estandartes. Pretender que asi no fuera, sería, además de desfigurar la natural

espontaneidad de la vida social, ir contra el comportamiento tradicional de

nuestro país, contra una costumbre universal. Porque no sólo es en España donde

la bandera nacional entra en el templo. Como decíamos en la nota pastoral

mencionada en 1065, "las autoridades cristianas civiles, por ser cristianas en

cuanto tales, son también hijas .de la Iglesia.

Merecen también todo amor y consideraciónrespeto porque representan a la otrá

sociedad perfecta—cada grado y autoridad selún su plano—; la sociedad civil es,

en su jenero y orden, sociedad independiente y autónoma.

Por ello, si la autoridad civil en actos oficiales, como cuando asiste

corporativamente al culto, reconoce la supremacía y autoridad de la Iglesia

como sociedad religiosa, y en este género y orden reconoce su misión, acatamiento

y obediencia a Dios, a su ley y a su Iglesia. También la autoridad de la

Iglesia—en su plano—en sus relaciones con la sociedad civil, debe reconocer en

esto no sólo a un bien que merece todas las atenciones pastorales, sino su propia

e independiente competencia en el plano de la vida civil y temporal.

Cuando la Iglesia proclama que su libertad es el principio fundamental en las

relaciones de la Iglesia y los poderes públicos, y todo orden civil se compromete

por su parte a procurar que no se violen las justas exigencias del orden público,

todo lo cual no es sino una actitud noble por parte de la Iglesia y el reconocimiento

de que si bien no es de este mundo, está, sin embargo, en este mundo viviendo y

desarrollándose en determinadas condiciones históricas. Bilbao, 14 de septiembre

de 1968. Firmado: Pablo, obispo de Bilbao.—Logos.

 

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