Autor: Muñoz Alonso, Adolfo. 
   Católicos intelectuales y católicos políticos     
 
 Patria.    06/03/1967.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Colaboradores de patria

Católicos intelectuales y católicos políticos

Por Adolfo MUÑOZ-ALONSO

LOS católicos —Intelectuales y políticos — están ensayando en el pentagrama

planetario unas vías de acceso a la cultura y a la política que susciten la

aprobación del pueblo fiel. Para lograr su propósito exhiben todos el pasaporte

conciliar en sus pretensiones. Algunos estampan en sus páginas el visado de la

"Populorum progressío". No sólo potencian la novedad del pasaporte y del visado

sino que se esfuerzan por dotar de valor colectivo a su documento personal de

turismo.

Cuando nosotros nos hemos atrevido a decir en más de una ocasión que algo está

cambiando en el mundo de la política y de la, cultura entre los católicos, no

acentuábamos la noción del cambio con referencia a la doctrina católica

concebida como tesoro dogmático, sino que apuntábamos, a la actitud adoptada por

los católicos —Intelectuales y políticos— ante el fenómeno conciliar y ante el

nuevo estilo de las encíclicas.

No deja de ser curioso —curioso y lamentable— que sean muchos los católicos

políticos y los intelectuales católicos que cifran su ostentación adhesiva en

las particulares movedizas, con olvido elocuente de las verdades permanentes.

Descenderé a un ejemplo significativo y sugeridor. El Concilio Vaticano II ha

constituido — también en las intenciones pontificias— un fenómeno universal. No

ya católico —que esto es obvio— sino universal.

La Iglesia ha querida mostrarse ante el mundo en lo que es, en lo que piensa, en

lo que quiere y en lo que padece. Lo ha realizado con pureza, con serenidad y

sin rebozo.

Lo que sucede es que una presentación de este género requería un lenguaje

inteligible en el mundo entero y una recomposición de las ideas más elementales,

arrancando de las nociones comunes y de las exigencias primarlas. La Iglesia ha

creído que el mundo ha llegado a una situación en que tiene que tomar conciencia

de la dignidad de la persona humana y armarse de fortaleza ante la mentalización

colectivista que nos invade con signo positivo y negativo, que habrá que

descifrar y resolver.

Pues bien, algunos católicos intelectuales y políticos han interpretado el

fenómeno con criterio distinto —a veces contrario— al que ha adoptado la

Iglesia, dando lugar a esa desdichada diferenciación de progresistas y

conservadores. Sin arrogarme título alguno de definidor o de interprete, sino

acudiendo a mi leal saber y entender, creo que se puede asegurar que cualquier

interpretación que debilite las verdades dogmáticas reveladas es una

interpretación torcida, y que todas las interpretaciones que ahonden la fe

católica y animen a la práctica de los sacramentos y al reconocimiento vital,

personal, social y familiar de la Religión es la interpretación correcta y sin

falsía.

No consigo entender, por muchos esfuerzos que hago, cómo pueda interpretarse el

Concilio como una disolución de la fe y de la práctica sacramental en una

homogeneización naturalista, en un retorno al instintivismo racionalista o en

una recaída en el empirismo positivista. Cabalmente lo que nos enseña la Iglesia

en nuestros días—para el que sepa leer— que la naturaleza humana se degradara en

sus principios de orden primario si desconoce la posibilidad de un orden

sobrenatural, inaccesible a quienes se empeñan en entregar a su razón individual

las llaves del secreto de la vida y de la muerte, de la cultura o de la

política.

El hecho nuevo, la explosión actual, que se cifra en la conciencia personal y en

la socialización, son atendidos por la Iglesia Católica como realidades que hay

que tener muy en cuenta para la evangelización.

En una hipótesis superficial y deteriorada cabría pensar que la Iglesia hubiera

podido prescindir de estas dos peculiaridades, contentándose con decir su verdad

en expresiones utópicas y crónicas. No sólo no ha empleado este lenguaje

anacrónico y mustio sino que ha comenzado por el reconocimiento expresivo de la

situación real. Pero no ha introducida la situación" como un ingrediente valió,

so de la verdad divina revelada, sino como la simple constatación de un hecho

con el que hay que contar.

.No todo !o que sucede es deseable ni todo lo tolerable es permisible, ni todo

lo aguantable es bendecible. Pero lo que ciertamente no parececorrecto en forma

alguna es utilizar la doctrina conciliar o las encíclicas para tranquilizar

opiniones subjetivas nacidas al hervor de motivaciones dudosas, o dogmatizar con

textos pontificios la inmensa muchedumbre de posibilidades culturales y

políticas, en las que el Concilio no entra ni las Encíclicas tienen porqué

entrar.

Diré más; si de la lectura de los textos eclesiásticos no obtenemos un deseo más

puro de vida personal cristiana, practicando la socialización como una más

intensa comunión con Dios, en el terreno intimo de nuestra conciencia personal y

familiar, es que estarnos leyendo al sesgo lo que ha sido escrito y pensado para

ser leído de frente. Los progresistas y los conservadores constituyen el ejemplo

negativo de esta pésima lectura de los Documentos eclesiásticos, ya sean

intelectuales orasean políticos los lectores— (PYRESA)

 

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