Protagonistas del futuro     
 
 Vida Nueva.    08/11/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

PROTAGONISTAS DEL FUTURO

Nuevamente nos vemos obligados a cerrar nuestro número mientras nos llegan, a

través de la radio, las más dramáticas noticias sobre la enfermedad de Franco,

que logró ayer —lunes— superar una delicadísima operación quirúrgica. La vida

debe seguir y el Jefe del Estado parece dispuesto a no rendir fácilmente la

suya.

En torno a ese lecho nos parece que el país va tomando conciencia de algunas

cosas importantes. Dos resultan especialmente significativas: que ha llegado

para el país una hora de cambio y que en ningún caso se tratará de un simple

cambio de personas pues el protagonismo del futuro deberá ser forzosamente de

todo el pueblo español.

Cuando hablamos de la necesidad de un cambio prescindimos de todo tipo de

valoraciones del pasado.

Nos limitamos a constatar un hecho que creemos que nadie se atreve a discutir en

este momento: España no será, no podrá ser lo mismo con Franco que sin él. Los

españoles tendrán que asumir con sus dos manos su destino histórico y olvidarse

de todo tipo de suplencias, de carismas y de misiones providenciales e iniciar

pasos a los que no están demasiado acostumbrados. No se hará sin dificultades

esa transición. Y muchos músculos se llenaran de «agujetas» como cuando, después

de mucho tiempo de inactividad, jugamos por primera vez al balón. Será precisa

no poca inteligencia para no confundir los lógicos desajustes con una

enfermedad. Regresar a la inactividad a causa de esas primeras «agujetas» no

sería lógico y conduciría a la definitiva parálisis.

La segunda certeza, la más importante, es que para el país va a llegar, tiene

que llegar la hora de la participación, aquella que se anunció un doce de

febrero y quedó alicorta o no nacida con los avalares de estos dos últimos años.

Hace ahora tres cuartos de siglo, cuando Alfonso XIII subió al trono hizo una

revista española una encuesta entre todos los diarios españoles preguntándoles

cómo deseaban que fuera el futuro de la monarquía. La mayor parte de las

respuestas insistían en que la paz debía ser el objetivo número uno del nuevo

monarca. Y uno de los diarios —«La Correspondencia de España»— añadía: «Pero

entiendo que ni monarquía, ni república, ni democracia, ni constitucionalismo

liberal, ni régimen, ni forma de Gobierno, será bueno en el mundo mientras la

voluntad general no influya libre y directamente en la dirección de los asuntos

públicos».

Esta frase resume hoy casi todos nuestros deseos en esta hora. Deseamos,

lógicamente, que la España de mañana sea una España de paz. Compartimos ese

temor que hoy angustia a muchos españoles que temen disturbios, tensiones,

problemas en el futuro próximo. Pero también estamos seguros de que la paz no

será paz verdadera si no hay ese influjo libre y directo de la voluntad general

en los asuntos públicos.

El problema de España no va a ser en este momento el de las formas de gobierno.

El problema será la organización del país de manera que todos sean dueños de su

destino, que todos puedan, con plena y total libertad, intervenir en los asuntos

públicos. Y que esto lo hagan directamente, sin supuestos intermediarios que

acaparen o usurpen el pensamiento de sus supuestos representados.

Organizar, abrir paso a esa libre participación de todos será la gran tarea de

los gobernantes del mañana. Atreverse a conocer ese pensamiento de todos los

españoles será la gran aventura de todos. Porque ¿sabemos de verdad qué piensa

España? En todas las revistas, en todas las tribunas surgen voces que dicen

representar los intereses del país. Pero ¿quién les dio tal representación?

La propia Iglesia ¿conoce qué piensan verdaderamente de ella ios españoles?

¿Sabe qué opinan sobre tantos puntos que hoy damos por supuestos: regulación del

matrimonio, patrimonio eclesiástico, enseñanza religiosa y muchos otros más?

Llega para todos la hora de la audacia. Llega para el pueblo español y para la

Iglesia española la hora de mostrar su madurez, tras décadas, en las que nos

llevaron de la mano.

Decimos esto como ciudadanos. Lo decimos sobre todo —desde el punto de vista de

nuestra publicación— como cristianos. Pedimos a nuestros lectores, pedimos

también a nuestros obispos, que se atrevan a asumir ese futuro con coraje y

lucidez. Va a llegar la hora de dejar las tontas tensiones de estos años y

sustituirlas por los verdaderos problemas. Quiera Dios que nuestra Iglesia que,

tímidamente, dio un paso al frente durante estos años, no recule ahora,

aterrada, ante las primeras dificultades. Quiera Dios que nuestros obispos no se

limiten a dejarse arrastrar por los hechos y a poner preciosos parches en las

futuras heridas, quiera Dios que se atrevan a dirigir con claridad nuestra

Iglesia yendo por delante de la vida con su magisterio, con sus oídos abiertos a

la realidad verdadera, con sus ojos puestos en este futuro que ya ha comenzado.

 

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