Ni aislamiento beatífico, ni protagonismo político     
 
 Vida Nueva.    08/11/1975.  Páginas: 2. Párrafos: 6. 

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1- Ni aislamiento beatífico, ni protagonismo político

Reelegido para un nuevo cuatrienio el Rector de la Universidad Pontificia de

Salamanca, P. Fernando Sebastián, trazó en sus palabras de aceptación: tres

objetivos, cuya consecución justifican la tarea universitaria. La clara

exposición de metas a conseguir es el primer servicio de los constituidos en

autoridad.

Pienso que el primer objetivo debe seguir siendo nada más y nada menos que la

justificación de nuestra existencia mediante la exigente cualificación de

nuestras notas fundamentales. Hay toda una espiritualidad y una ética

universitaria que deben ganarnos profundamente. Una Universidad no merece

existir si en ella no se busca la verdad con una apasionada serenidad. Que no

nos domine la rutina ni la picaresca. Para ello es preciso que todos nosotros

sintamos hasta la angustia las incertidumbres y las responsabilidades de esta

hora, tanto en e) seno de la Iglesia como en el de !a sociedad. Y es preciso que

cada profesor en el ámbito de su disciplina, y cada alumno en el marco de sus

estudios, busque con rigor y con exigencia la mayor claridad posible en el

análisis de la realidad correspondiente y la orientación más justa en la

conducta. Por supuesto, todo debe de estar dispuesto y regido en favor del

provecho de nuestros alumnos, pero habrá que buscar la adecuada combinación de

la comprensión y de la exigencia para estimular el esfuerzo y eliminar la

negligencia. Debemos acabar de una vez con el sambenito de la blandenguería que

con razón o sin ella tienen que soportar frecuentemente los Centros

eclesiásticos de estudios.

En esta misma línea es indispensable atender más a algo que es fundamental como

base de una enseñanza verdaderamente universitaria: la investigación. Hemos de

atender a todo lo que sitúa al profesor y al graduando en condiciones de

investigar y ofrecer una enseñanza de primera mano, locales, bibliotecas,

tiempo, remuneración económica, servicios dé publicaciones, seminarios y

congresos. Toda clase de investigación nos interesa si está hecha con rigor,

pero nos interesa, sobre todo, lo que atienda a los problemas más vivos y reales

que afectan hoy a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia. Que la investigación no

sea un medio de evadirse sino que sea precisamente la manera auténticamente

universitaria de estar presente en las responsabilidades de este momento. Entre

todos debemos hacer que aumente la actualidad de nuestra enseñanza, que aumente

también el número, la calidad y la actualidad de nuestras publicaciones. En lo

que de mí depende os prometo apoyar cuanto hagáis en esta línea y muy

especialmente los proyectos de investigación y de publicaciones hechos en

colaboración dentro de una perspectiva interdisciplinar.

Con ser esto importante y decisivo, no seriamos leales con nosotros mismos ni

con aquellos que tienen puesta en nosotros su confianza si no reconociéramos que

estamos todavía inciertos y retrasados en la clarificación y la puesta en

práctica de nuestras obligaciones como Universidad de la Iglesia y más

concretamente del Episcopado español. Yo sé bien que el término de

confesionalidad, en el campo de los sabores, arrastra connotaciones penosas y

despierta entre los universitarios, también entre nosotros, reflejos de

desconfianza ante una posible amenaza de intromisión y heteronomia.» Aún así es

preciso reconocer que somos una Universidad confesional, con una significación y

unas obligaciones muy concretas de la Iglesia de España y que es indispensable

que cada uno de nosotros y cada institución o departamento universitario trate

de clarificar el modo auténtico de responder a esta confesionalidad dentro de su

propio campo y en toda la complejidad de sus actividades. Si no lo hiciéramos no

tendríamos razones específicas para subsistir como tal Universidad y a muchos de

nosotros nos faltarían motivos nobles y serios para justificar nuestra presencia

en esta Universidad, como profesores, como administrativos o como estudiantes.

Debemos buscar, sin pérdida de tiempo, un consenso todo lo amplio que se quiera,

pero suficientemente concreto y operativo sobre cuáles son las verdaderas

exigencias de nuestra confesionalidad en todos los aspectos de nuestra vida

institucional, evitando por supuesto todo aquello que falsee los métodos o los

contenidos del trabajo científico. El documento de la Federación Internacional

de Universidades Católicas, sobre "La Universidad católica en el mundo moderno"

que se repartió el ano pasado a todos los miembros de esta Universidad, indica

que "la Universidad católica es una comunidad de intelectuales dentro de la cual

está presente y activa la fe cristiana". La presencia y la actividad de nuestra

fe puede manifestarse de muchas maneras y es preciso concretarlas y

exigírnoslas: en las motivaciones personales y colectivas, en los modelos de

convivencia, en el estimulo y la selección de nuestras pesquisas profesionales,

en las responsabilidades concretas a las que pretendemos responder con nuestro

trabajo, en la iluminación y en la critica de los métodos y contenidos de

nuestras ciencias, etc. Demostrar que una explícita y coherente profesión de la

fe cristiana no es obstáculo para promover una rigurosa y exigente actividad

universitaria sería ya un gran servicio, más oportuno quizás en nuestro país

que en algunos otros.

Y queda todavía un tercer objetivo que merece ser expuesto ante vosotros: pienso

que debemos perseguir constantemente un mayor acercamiento de las actividades

universitarias a los problemas reales de la Iglesia y de la sociedad. Con

frecuencia nos rondan dos tentaciones, la del aislamiento beatífico y la de un

protagonismo político con objetivos y procedimientos que no corresponden a la

naturaleza de la Universidad. Entre ambos desviamientos se abre el camino de un

esfuerzo continuo por despertar desde nuestro propio campo la conciencia de los

verdaderos problemas, el esfuerzo por analizarlos y clarificarlos con una

apasionada objetividad, sin cobardías, sin oportunismos, sin aprioris

sentimentales o partidistas que oscurecen los verdaderos perfiles de las cosas y

bloquean más que potencian la auténtica labor universitaria. Dejadme decirlo más

claro: lo mismo en el terreno intraeclesial que en el social y en el político,

la Universidad como tal no puede adoptar posturas partidistas, ni militar en

estrategias del momento, por muy justificadas que personalmente nos parezcan. Sí

que debemos, en cambio, favorecer cuanto concurra a sentar las bases

intelectuales, éticas y científicas para una renovación permanente de la Iglesia

y un perfeccionamiento incesante de la sociedad en que vivimos. ¿No son acaso el

empobrecimiento intelectual y el predominio de las posturas interesadas y

pasionales algunas de las causas más profundas de nuestros males? No se nos

podrá acusar de burgueses evasionístas si atendemos seriamente a remediarlas.

¿Quién se ocupará de ello si nosotros, fascinados por el atractivo de otras

acciones más inmediatas ruidosas, descuidásemos este oscuro y decisivo trabajo

de la inteligencia? Por supuesto, que esto no es todo lo que se puede ni se debe

hacer tanto en la Iglesia como en la sociedad, pero sí es lo que podemos y

debemos hacer como universitarios, lo que se puede y se debe exigir de la

Universidad.

 

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