Los creyentes y la política. 
 Límites a la libertad asociativa del cristiano  :   
 Los señala el cardenal Tarancón en una carta pública. 
 Pueblo.    03/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LOS CREYENTES Y LA POLÍTICA

LIMITES A LA LIBERTAD ASOCIATIVA DEL CRISTIANO

Los señala el cardenal Tarancón, en una carta pública

MADRID. (Cifra.) — «Pero si no es conveniente que existan partidos

confesionales, con el apellido cristiano, por las razones expuestas, sí es

lícito, conveniente y hasta puede ser necesario la constitución de partidos de

inspiración cristiana», dice el cardenal Vicente Enrique y Tarancón en la octava

carta cristiana de la serie «Los cristianos y la política», hecha pública ayer.

El arzobispo de Madrid-Alcalá dice en su carta:

«Los cristianos han de ser fieles al Evangelio en su actuación política. Pueden

serlo en cualquier grupo o asociación que no contradiga su fe, que no esté en

oposición al Evangelio. Ideologías ateas o materialistas, que pretendan imponer

por medio de su acción política esa orientación, aunque manifiesten su respeto

para las creencias de los demás no son compatibles con el cristianismo. Partidos

políticos que acepten la violencia, que practiquen el terrorismo o la

intransigencia a ultranza no son aptos para la acción política de un cristiano.

La libertad política del cristiano tiene, pues, unos límites que no debe

traspasar, ni aun con excusas de un mayor bien: el fin no justifica los medios

en buena moral católica.

Fuera de esas limitaciones que imponen no sólo la fe, sino la misma naturaleza

humana y el sentido común, el cristiano es libre para dar su nombre a cualquier

partido político y puede alinearse en cualquier postura que respete la dignidad

de la persona humana y trabaje en pro del bien común.

Pero si no es conveniente que existan partidos confesionales, con el apellido

cristiano, por las razones expuestas, sí es lícito, conveniente y hasta puede

ser necesario la constitución de partidos de inspiración cristiana. No para

servirse de la Iglesia o del cristianismo en el terreno específicamente

político, sino para conjugar las fuerzas de los que tienen una concepción

cristiana de la vida a fin de que se puedan defender con más eficacia los

derechos de las personas y puedan implantarse la auténtica justicia y el respeto

a la libertad.

En el momento actual, cuando la Iglesia se ha comprometido públicamente con la

justicia, queriendo ser «la voz de los que no tienen voz», y cuando ha señalado

a los hombres una realidad que ya es irreversible —la «socialización», de la que

habló claramente Juan XXIII— como medio para que puedan conseguir las

aspiraciones de los hombres, y cuando esa nueva orientación de la humanidad

habrá de chocar necesariamente con los egoísmos —individua les y colectivos— de

muchos, una campaña, incluso en el campo político que estimule a los hombres a

aceptar y seguir ese camino puede ser una aportación muy interesante para el

futuro social de nuestro pueblo. Y esto no lo podrían conseguir algunos hombres

aislados, por muy competentes que fuesen. Ha de ser obra de una agrupación

fuerte que pueda utilizar mayores recursos y pueda influir en la ordenación

política. Es ésta una tarea muy propia de los cristianos en los momentos

actuales.

Los partidos de inspiración cristiana, además, pueden levantar esa bandera

social con todo derecho —y aun como una obligación sacratísima—, deshaciendo el

equívoco que ha existido durante tanto tiempo: que el cristianismo era factor de

la desigualdad escandalosa entre los hombres y de que eran las asociaciones,

alejadas o enfrentadas con la Iglesia, las que defendían la auténtica justicia

social.»

 

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