Cartas cristianas de Monseñor Tarancón. 
 "No se puede mantener la trabazón Iglesia-Estado"     
 
 Ya.    15/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

CARTAS CRISTIANAS DE MONSEÑOR TARANCON

"No se puede mantener la trabazón Iglesia • Estado

Bajo el título "La autonomía Uel poder político" publica el cardenal Tarancón en

"Iglesia en Madrid" su décima carta cristiana dentro de la serie "los cristianos

y la política". Xa carta dice asi:

Muchos españoles tienen la sensación de que la autoridad política ha estado

mediatizada por la Iglesia.

Otros creen que la autoridad eclesiástica ha estado coaccionada, no pocas veces,

por la realidad política.

Los "privilegios" de la Iglesia, de los que tanto, y tan ligeramente, se ha

hablado durante los últimos años, eran considerados por todos como un

condicionamiento mutuo de las dos sociedades.

El clima conflictivo que ha reinado durante algún tiempo entre la Iglesia y el

Estado, entre la Conferencia Episcopal y el Gobierno, ha sensibilizado a todos

los españoles sobre este problema: el de la autonomía e independencia de las dos

sociedades, Y tanto la Iglesia como el Gobierno han querido precisar sus

respectivas competencias, mirándose con recelo, porque una y otro se creían que

existía una injerencia indebida: Ha habido, no lo podemos negar, una guerra de

competencias.

El régimen que algunos han llamado de "cristiandad" y la realidad española,- que

fundó su unidad principalmente en el catolicismo —era lo que antes nos unía a

todos los hombres y pueblos de España tan distintos entre si—, ha hecho que esa

confusión entre los dos poderes o, al menos, la ingerencia mutua, fuese una

realidad evidente durante muchos siglos en nuestra Patria.

REALIDADES INDEPENDIENTES

Sin renunciarla nada de lo pasado, ni renegar de lo que ha sido causa de muchos

bienes para nuestra Patria, actualmente no se puede mantener—por Imperativo del

Concilio, por la nueva psicología de los hombres y por el pluralismo político y

religioso que existe en nuestra sociedad moderna—esa trabazón que ha existido

durante tanto tiempo. El principio que establece con claridad el Concilio: "La

comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su

propio terreno", no sólo ha de aceptarse, sino que ha de llevarse a la práctica

con tal claridad que se eviten hasta las apariencias de una mutua injerencia o

de una falta de verdadera autonomía en cualquiera de las dos sociedades. Y ese

principio tiene consecuencias importantes en el orden práctico; sobre todo para

regular la actuación de los católicos en el campo político.

Porque hasta ahora era lógico —podía parecerlo, al menos—que los católicos—la

misma Iglesia Jerárquica—quisiesen servirse del poder político para que la

legislación del Estado no sólo se conformase con los principios de la recta

razón o con los postulado,^ Ley Natural, sino que refle „ exactamente la

misma legislado, eclesiástica.

Como era natural que algunos concibiesen el poder político como medio para

potenciar la mision evangelizadora de la Iglesia o para defender sus intereses

específicos.

En un Estado confesional, como ha sido normalmente el español, esa postura no

sólo parecía legítima, sino hasta obligatoria. Algunos la consideraban de buena

fe, como una exigencia de sus mismas convicciones cristianas.

CONSECUENCIAS DE LA DEPENDENCIA

La autonomía de la comunidad política no aparecía entonces claramente. Y la

injerencia del poder político en la Iglesia era una consecuencia inevitable. Y

todos actuábamos entonces convencidos de que esa conducta estaba inspirada por -

la fe y por un auténtico patriotismo. Aunque la verdad es que ese modo de

proceder ayudó no poco a la consolidación de la división entre los españoles,

creando el mito de las dos Españas, y consiguió que las reacciones, que hoy

llamaríamos "contestatarias", contra un orden político determinado o contra una

realidad social se convirtiesen casi espontáneamente en conflictos graves contra

la Iglesia y se crease ese "anticlericalismo feroz", que ha sido hasta hace unos

pocos años el distintivo—y hasta el aglutinante—de cuantos se levantaban contra

el orden político o el orden social establecidos.

La política tiene sus propias leyes, sus peculiares exigencias. Ha de conseguir

el bien temporal de los ciudadanos. No puede servir de medio para defender la fe

o para imponer la autoridad de la Iglesia. La Iglesia, ha dicho el Concilio, "no

pone su esperanza en privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará

al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste

que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de

vida exijan otra disposición". Los cristianos han de defender en política la

auténtica libertad de la Iglesia para ejercer su misión: no deben servirse de la

política para defender su fe o conseguir privilegios para la Iglesia.

 

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