Autor: Gil Delgado, Francisco. 
   Los cristianos ante los programas políticos de los partidos     
 
 Informaciones.    21/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

LOS CRISTIANOS ANTE LOS PROGRAMAS POLÍTICOS DE LOS PARTIDOS

ANTE el inminente fenómeno político de las elecciones generales, la Iglesia

española se apresta a marcar su postura en cuanto entidad jurídica independiente

y a orientar a sus fieles sobre la que ellos pueden o no pueden adoptar con

respecto a los partidos solicitadores de sus filiaciones y votos.

El primer aspecto hoy ofrece una pauta clara, si bien por el lado de los restos

del nacional-catolicismo no se acaba de aceptar: la Iglesia independiente, no

adscrita a ningún partido concreto, y colaboradora con todos para el bien común.

Esto, sobre todo, tiene especial aplicación al sector jerárquico de la Iglesia.

ZONAS DE DUDAS

Pero en el segundo aspecto, la cosa no es tan clara. Entre los principios —

también claros— de la libertad de los cristianos para tomar cualquier opción

política legítima y el deber de evitar aquellos que son claramente

antievangélicos (el cardenal Tarancón ha citado en su novena carta, «Los

cristianos y la política», a los partidos que propugnan el totalitarismo y la

violencia), hay un espacio intermedio que puede presentar serios escollos a la

Iglesia, a su labor orientadora y a los propios cristianos convencidos.

Todavía no se ha llegado direclamante a una posible y temible confrontación,

pero va a llegar muy pronto, cuando los partidos publiquen sus programas

concretos de acción política.

El estado de la cuestión ya ha sido anunciado en unos temas de reflexión,

publicados por el arzobispo de Pamplona: «La libertad política no puede

confundirse con la indiferencia de la fe respecto de los comportamientos

políticos. La fe no puede ser políticamente neutral; tampoco puede serlo el

cristiano.»

Aplicado este principio de manara absoluta a la confrontación del cristiano con

los programas políticos concretos, puede dar lugar a una serie de conflictos

entre los partidos y la Iglesia, entre la Iglesia y sus fieles y entre los

propios cristianos consigo mismos. Está claro que para un cristiano nú existe la

opción por un partido sustancialmente antievangélico (como los citados por el

cardenal Tarancón y todos aquellos que tengan como esencia de su acción política

un claro contra-cristianismo). Pero, ¿qué sucederá cuando un partido

sustancialmente aceptable por la Iglesia introduzca en su programa un punto

concreto conflictivo, como puede ser, por ejemplo, la legalización del divorcio?

¿Estará obligado el cristiano a separarse de ese partido por tal accidente,

cuando el resto del programa le interesa y le convence?

Se {comprenderá ahora cómo ¡puede sorprendernos a .corto plazo Una zona de

serlos escolios que puede deteriorarla misma imagen de la Iglesia española.

Porque es de prever que en ese amplio espectro político que va desde el centro

hasta la izquierda civilizada (partidos socialdemócratas, liberales, demócratas

cristianos, socialistas, etc.) pueden aparecer accidentes de ese tipo en sus

respectivos programas.

Hay que buscar una solución. Interesa la solución a la misma Iglesia, en primer

lugar, porque de otro modo —aunque ella diga lo contrario— puede verse

arrastrada a forzadas identificaciones con el otro lado del espectro, en virtud

de su juego de persuasiones y disuasiones concretas. E interesa a los

cristianos, porque resulta muy duro obligarles en conciencia a renunciar a un

programa político que en bloque es optable y que en bloque interesa su atención

y su voto, a pesar de tales accidentes, no por éstos.

LA IGLESIA: ILUMINAR Y NO IMPONER

Como primera pauta de solución, habría que pedirle a la Iglesia —a la Jerarquía

sobre todo— que sólo haga cuestión de gabinete aquello que está definitivamente

esclarecido en su doctrina, y no aquellas cuestiones que se discuten dentro de

sus mismas paredes domésticas o que andan a la búsqueda de profundizaciones y

nuevas formulaciones.

Por Francisco GIL DELGADO

Pero hay que llevar el conflicto al caso extremo, por ejemplo, la defensa del

aborto. ¿Pondremos a los cristianos en el disparadero de apartarse de un partido

político, aceptable por demás? ¿Le exigiremos que no voten por él y que voten

por otro con el que no se identifican, o que se abstengan?

Los principios tradicionales sobre la causa de doble efecto y de la cooperación

material al mal pueden abrir una salida tan honrosa como legítima. Pues es

lícito poner una causa con un efecto bueno y otro malo cuando se busca el

primero y hay razón proporcionada para permitir el segundo. Igualmente, es

lícita la cooperación material al mal cuando la acción del cómplice no es en sí

mala y hay causa proporcionada para actuar. Si a esto añadimos toda la doctrina

conciliar sobre la autonomía de lo temporal, creo que hay suficientes motivos

para que la jerarquía no ponga dogales excesivos al cuello de sus fieles y al de

ella misma.

A la postre, hay cuestiones —como el divorcio— que tienen ópticas distintas

desde lo eclesial y desde lo secular. Y mucho que discutir. Sería excesivo

eterificar la solución de aquellas cuestiones que afectan a los que no están en

el redil. Que la Iglesia ilumine y no se imponga: creo que es la solución más

adecuada.

 

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