El precio de la Iglesia     
 
 Diario 16.    29/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

El precio de la Iglesia

Suprimir "a lo Azaña" la subvención estatal a la Iglesia sería ahora mismo un

disparate político. Basta pulsar las opiniones más volterianas del Parlamento

para comprobar que las Cortes no regatearán este año a la Iglesia ni una sola

peseta. Y, sin embargo, la opinión pública española, aun hallándose a millas del

viejo anticlericalismo, puede empezar a inquietarse si la Iglesia no muestra

voluntad de poner rumbo a una absoluta independencia: económica.

En su discurso de apertura de la Plenaria del Episcopado, monseñor Tarancón

insinuó que los fondos que el Estado concede a la Iglesia no constituyen un

privilegio, sino sencillamente un derecho. Argumento de razón: la mayoría del

país es católica, es esa mayoría la que .paga impuestos, ergo pagúese a la

Iglesia. El silogismo enunciado por el cardenal es, además de mundano,

rebatible/Valga en su contra una frase evangélica: Al César lo que es de Césarr

"ya Dios lo que es de Dios." El razonamiento del cardenal es teocrático.

La Iglesia se ha puesto ahora a echar cuentas y se propone racionalizar sus

fondos económicos. En declaraciones siempre poco precisas, fuentes eclesiáles

reiteran que la aportación estatal supone solamente una parte pequeña de los

presupuestos globales de la Iglesia. Pero, ¿por qué no declara la Iglesia la

cuantía real de sus presupuestos?

Pagar al clero que sirve a una comunidad de creyentes un salario digno, dotar de

seguridad social a los sacerdotes y contribuir a la conservación de los tesoros

artísticos propiedad de la Iglesia parecen obligaciones del Estado que nadie va

a discutir. Pero en materia de enseñanza, ¿cuánto dinero aportan los

contribuyentes, creyentes o no, en el cepillo de una Iglesia que, sin declararse

pobre, se insinúa cómo tal?

Acaso a la vuelta de un par de años no tenga la enseñanza privada católica otro

recurso de financiación, que sus propios medios, y entonces, con un voto

mayoritariamente laicista, ¿va a seguir reclamando la Iglesia subvenciones que

ahora el Concordato vigente fuerza al Estado a otorgar? Tal vez las nóminas del

clero no sean la parte del león en la economía de la Iglesia española, pero si a

su cuantía se agregan las subvenciones de la enseñanza, ¿quién se atreve a negar

que es el Estado quien sostiene económicamente a una Iglesia cuya clientela es

cada vez menor en número y mayor en edad?

La Plenaria del Episcopado ha tratado de desligar los temas de la economía y de

la Constitución como si fueran dos temas distintos y aislados. Ese distingo

podría ser falaz, porque de cómo resuelva la Constitución la cuestión de la

enseñanza depende-fundamentalmente la economía de la Iglesia ¿Hay un sector del

Episcopado que oculta deliberadamente ese dato? No debe confundirse el respeto a

una doctrina religiosa con el precio de esa doctrina.

Lo verdaderamente preocupante, al margen del precio, es ver cómo las cabezas de

la Iglesia-española parecen haber echado en saco roto aquella vieja preocupación

suya de independencia. Una mayoría del país, incluidos los católicos no ultras,

celebró en su día que el almirante Carrero tuviera que enfadarse con una Iglesia

moderna que denunciaba los abusos regalistas del franquismo.

Por aquellas mismas fechas, hace poco más de cinco años, un sector progresista

de la Iglesia era claro partidario de renunciar a la subvención económica del

Estado, aun a .sabiendas de que la renuncia implicaba la pobreza. Todas las

conclusiones independentistas de la Asamblea conjunta de obispos y sacerdotes

parecen haber sido enterradas para Siempre. El presidente del Episcopado español

no sólo no renuncia a la. subvención estatal, sino que la reclama con un

argumento poco convincente.

Pero todavía queda un sector en la Iglesia que comprende que. su financiación,

indudablemente costosa, debería venir de parte de los fieles, según él modelo

anglosajón. No va a ser fácil terminar con la idea de lo gratuito de ser

católico y ahí aguarda a la Iglesia una difícil labor que, de concluir con

éxito, celebraremos con la debida admiración, Es una tarea que exige fe y

denuedo, pero ¿quién va a negarle precisamente fe a la Iglesia? La Iglesia, por

su parte, no puede ocultar que ahora mismo ha subido el precio de ser católico.

 

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