Iglesia. Cardenal Tarancón. 
 "Es indispensable que el futuro esté concebido para todos los españoles"  :   
 (Para que sea pacífico, próspero y responda a los deseos de todos). 
 Arriba.    05/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

IGLESIA

CARDENAL TARANCON

para que sea pacífico, próspero y responda a los deseos de todos

MADRID. (De nuestra Redacción.)—«La palabra democracia es considerada casi como

una palabra mágica, suficiente por sí misma para resolver todos los problemas

que nuestro pueblo tiene planteados en esta encrucijada de nuestra Historia»,

afirma el cardenal Tarancón en la primera de una nueva serie de «Cartas

cristianas» que con el título «Un futuro de todos y para todos» publica «Iglesia

en Madrid».

Solución con palabras sonoras

Los mismos que antes recelaban de la palabra y de la realidad que entraña,

parecen convencidos ahora —aunque algunos de ellos prefieren calificarla con

apellidos— de que en ella está el porvenir económico, cultural y social de

nuestra Patria.

Interesante, al parecer, es que sea como sea se implante pronto la democracia,

como si todo lo demás se nos tuviese que dar por añadidura, por la fuerza

interna de esa palabra o de la realidad social que significa.

Me da la impresión de que una vez más buscamos la solución de los problemas

reales con palabras o frases más o menos sonoras, o con estructuras sociales

distintas, como si fuese suficiente la sonoridad de unas palabras o el cambio da

unas estructuras económicas o sociales para que se solucionen los problemas que

plantean definitivamente las personas: su mentalidad, su psicología, sus

posturas.

Yo diría que para asegurar un futuro pacifico, próspero, que responda a los

deseos y las esperanzas del gran pueblo español, es indispensable que esa futuro

esté preparado por todos los españoles y esté concebido y realizado en servicio

de todos los españoles.

Actuaciones políticas

Porque me da la impresión de que con esa palabra —democracia— son bastantes los

que intentan hacer prevalecer su postura, sus criterios, su- autoridad, sin que

tengan en cuenta que sin el reconocimiento

verdadero de los derechos de las "minorías" y aun de los Individuos —mientras no

choquen o entorpezcan los derechos de los demás y los intereses comunes— no es

posible una convivencia pacífica y liberadora que satisfaga los deseos de las

personas y, al fin y al cabo, es en beneficio de las personas como deben

concebirse Ja ordenación social y el mismo orden público. O se concibe así la

democracia o caeríamos otra vez en los mismos escollos que han hecho difícil —y

no pocas veces imposible— la convivencia pacífica de todos los españoles.

Esto parece claro en teoría, y estoy convencido de que la inmensa mayoría de

nuestros "políticos" lo aceptarán de buen grado. Todos dirán, además, que esto

es lo que pretenden con sus actuaciones políticas o con las organizaciones de

las que forman parte.

Pero he de confesar —quizá mi larga experiencia me haga ser desconfiado en

demasía— que ante lo que estoy viendo todos los días, ante las posturas que van

tomando los distintos partidos políticos —la misma existencia de tantos partidos

en estos momentos de transición es ya sospechosa— ante la superabundancia de

información política en los medios ;de comunicación social, no siempre

constructiva; ante los temas más- bien "revanchistas" que se levantan como

banderas y que pueden herir la conciencia de muchos, no es ese afán de

integración el que se manifiesta.

Y tengo miedo, como españa y como obispo que he de fomentar la unidad de este

pueblo maravilloso, aunque tenga defectos notables, de que no se consiga esa

integración en la gran unidad nacional que al parecer todos deseamos.

Mientras, creo al propio tiempo que es ahora, por una serie de circunstancias,

cuando quizá por primera vez en la historia podamos conseguir esa España de

todos y para todos.

No puedo entrar —ni debo— en concreciones políticas que no son de mi

incumbencia. Me creo en el deber, sin embargo, de llamar la atención de todos

los cristianos y de todos los españoles sobre la responsabilidad singularísima

que todos tenemos en estos momentos trascendentales.»

 

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