Las causas del desencanto     
 
 Cinco Días.    22/05/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Las causas del desencanto

RESULTA un juicio, cuando menos simplista, atribuir a la crisis económica la

responsabilidad del desencanto, cuando resulta obvio que es en el propio

desencanto donde está una parte importante del agravamiento de la crisis

económica.

En cualquier país industrializado la crisis económica, en mayor o menor medida,

se ha traducido, como en España, en altos niveles de inflación y paro, en

difíciles alternativas a la reestructuración de los sectores más afectados por

el encarecimiento de la energía y en un malestar generalizado por la pérdida o

el deterioro del nivel de vida de una amplia gama de ciudadanos afectados

directa o indirectamente por la crisis. Pero en todos esos países el «encanto»

era el progreso material, industrial o social, y el «desencanto», que también se

ha producido, se ha centrado no en el sistema político ni en la capacidad del

Gobierno para resolver problemas, sino simplemente en la desconfianza en las

posibilidades de supervivencia del modelo económico vigente y en la preocupación

por la continuidad de una situación que depende de factores difícilmente

dominables desde las áreas de responsabilidad económica de los empresarios y los

trabajadores.

En cambio, en España el «encanto» no era tanto el progreso como el cambio, y no

era tanto la consolidación del bienestar como la esperanza de la integración en

un sistema de libertades democráticas; era más, en fin, un «encantamiento»

político que una ilusión de mejoras económicas. El «desencanto» tiene raíces más

profundas, orígenes más complejos y causas diferentes a las que el presidente

Suárez se ha referido al decir que «en las crisis económica, auténtica y

profunda, es donde se encuentra probablemente la causa principal de esta

situación de desencanto colectivo que parece afectar al pueblo español».

El «desencanto» proviene de la confusión gubernamental, un tema tan complejo

como el de las autonomías; del oscurantismo y el silencio de los máximos

responsables-políticos-del partido mayoritario; del verbalismo parlamentario; de

la escasa sensatez de algunos líderes sindicales; del gasto público incontrolado

e incontrolable; de la indefinición e incumplimiento del programa económico; de

las luchas intestinas de los partidos; de la inseguridad ciudadana; de la

proliferación de la delincuencia y el terrorismo; de la inaplicación de las

leyes vigentes, la falta de derogación de las que se oponen a la Constitución y

la lentitud con la que se discuten en el Congreso y el Senado las leyes nuevas;

de la sensación, en definitiva, de caos político. Jurídico, legal, económico,

psicológico y social, que constituye el tema de conversación de cada día en cada

hogar, en cada restaurante o en cada tertulia. Pero no precisamente en la crisis

económica.

El análisis que hizo el presidente sobre los problemas económicos es en líneas

generales correcto. Es en cambio en la conclusión dónde resulta difícil estar de

acuerdo porque, insistimos, no es la crisis económica la causa principal del

desencanto, sino por el contrario, es el «desencanto» —que tiene orígenes

diferentes— la causa de que la crisis económica sea más profunda, más larga y de

más difícil ´solución que en el resto de los países afectados. Pero esos países

y sus gobernantes han tenido el valor, la fuerza, la imaginación y la solidez

necesarios para afrontar el reto de la crisis económica con medidas que han

hecho pensar a sus ciudadanos que estaban bien o mal gobernados, que ése es otro

problema, pero en modo alguno desgobernados y desencantados, como ha ocurrido

aquí.

 

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