Autor: Cuadra Fernández, Bonifacio de la. 
 La moción de censura socialista fue derrotada por 166 votos (UCD) contra 152 y 21 abstenciones. 
 El Gobierno Suárez no contó con el apoyo de ninguna minoría parlamentaria     
 
 El País.    31/05/1980.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL PAÍS, sábado 31 de mayo de 1980

NACIONAL

Debate de la moción de censura al Gobierno

La moción de censura socialista fue derrotada por 166 votos (UCD) contra 152 y

21 abstenciones

El Gobierno Suárez no contó con el apoyo de ninguna minoría parlamentaría

BONIFACIO DE LA CUADRA

La primera moción de censura contra el Gobierno Suárez obtuvo ayer 152 votos

favorables, 166 en contra, veintiuna abstenciones y once ausencias. Formalmente,

la moción de censura resultó, pues, derrotada, pero de los propios números de la

votación, las casi veinte horas de debates y de las impresiones recogidas entre

diputados de todos los grupos parlamentarios, se deduce la soledad

política del Gobierno y la iniciación de un proceso para alcanzar una mayoría

más sólida. En comparación con el respaldo parlamentario obtenido por Adolfo

Suárez en su investidura, hace exactamente catorce meses, ha perdido el respaldo

andalucista, de Coalición Democrática (CD) y de dos diputados del Grupo Mixto, y

no ha logrado la adhesión contra la censura de la Minoría Catalana ni del

Partido Nacionalista Vasco (PNV), grupo este último que, con Herri Batasuna,

permaneció ausente.

Desde el punto de vista de la propia contabilidad interna del grupo centrista,

el Gobierno ha perdido dos votos más, los de sus antiguos diputados —hoy en el

Grupo Mixto— Manuel Clavero y Joaquín Molins. Mientras tanto, los socialistas

han capitalizado todos los votos que Adolfo Suárez tuvo en contra de su

investidura —149—, excepto los del PNV, ausente, y el de Blas Piñar, que se

abstuvo. En contrapartida, han incorporado en favor de su moción de censura al

grupo andalucista.

El máximo interés de la votación de ayer reside quizá en las abstenciones, que

crecieron hasta veintiuna, desde las sólo ocho registradas en la votación de

investidura. Una primera valoración de este dato permite deducir que las

minorías parlamentarias han castigado a los dos grupos mayores, en línea con lo

ocurrido en los últimos comicios autonómicos vasco y catalán. Pero en este

castigo, la mayor parte corresponde, sin duda, al Gobierno, quizá porque a

aquellas derrotas unió su actitud en Andalucía, cuestión clave —aunque tal vez

no tanto como cree Alejandro Rojas Marcos— en la situación que desencadenó la

moción de censura.

Las abstenciones tienen sobre el valor político de no querer respaldar ni a

centristas ni a socialistas, el valor añadido de que se produjeron previas

declaraciones de Manuel Fraga (CD), Hipólito Gómez de las Roces (PAR), Andrés

Fernández (antiguo miembro del PSOE), Joaquín Molins y Manuel Clavero (ex

diputados centristas), Jesús Aizpún (UPN) y Blas Piñar (UN), y con menor

énfasis, Miguel Roca (Minoría Catalana), de oposición a la política del

Gobierno. Y sobre el valor contable de los veintiún votos que deben unirse a los

152 favorables a la moción de censura, hay que anotar el valor político de los

votos populares que respaldan estos votos parlamentaros: más de ocho millones la

moción, y casi dos la abstención, mientras sólo algo más de seis millones el

rechazo de la censura.

La conclusión que estos datos facilitan lleva hacia la necesidad ya expresada

por Fraga, y por otros líderes, de que Adolfo Suárez plantee la cuestión de

confianza si desea gobernar sin sobresaltos. Ese es el resultado político, a

pesar del aplauso centrista con el que se coronó la sesión de ayer. Minutos

antes, cuando Adolfo Suárez terminó de leer su discurso, la entrada del liberal

Joaquín Garrigues, y el abrazo que dio al presidente del Gobierno, también

suscitaron un aplauso centrista que no capitalizó el Gobierno porque enseguida

se extendió a todo el hemiciclo, en homenaje al ex ministro, convaleciente de su

reciente enfermedad.

La sesión parlamentaria de ayer, con la que concluyeron tres días de

clarificadores debates —dirigidos con autoridad, especialmente ayer, por

Landelino Lavilla, uno de los hombres que se configura como alternativa

centrista a Suárez—, tampoco fue testigo de la discusión entre el candidato a la

presidencia del Gobierno y el objeto de la censura socialista. Adolfo Suárez se

amparó en el carácter colegiado del Gobierno y se negó a entrar en el debate

directo y vivo con Felipe González, contra quien lanzó de nuevo a Fernando Abril

y otros ministros y al portavoz centrista, Antonio Jiménez Blanco, que ironizó a

sus anchas sobre las contradicciones internas de los socialistas.

Adolfo Suárez tuvo la nobleza de reconocer sus limitaciones dialécticas —«no soy

Maura, ni Dato, ni Canalejas...»—, compensadas con sus apelaciones a su origen

modesto. Funcionó el síndrome televisivo de hacer un discurso para la nueva

audiencia que el Parlamento ha adquirido en estas dos semanas. Igual síndrome

experimentaron los demás líderes y de forma particular ayer Manuel Fraga y

Santiago Carrillo, cuyos partidos tienen mucho que ganar en la crisis

desencadenada.

 

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