Las lecciones del referéndum de Quebec     
 
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Las lecciones del referéndum de Quebec

En un momento en que tanto pequeño nacionalismo vindica la revancha en Europa,

donde los Estados modernos han cometido indudables atropellos históricos, un

número suficiente de franco-canadienses ha puesto la sensatez política por

encima del sentimentalismo. Los resultados del referéndum de Quebec, de haber

sido inversos, habría podido desintegrar ese gran país, de inmensas

posibilidades y realidades, que es el Canadá, pues al Quebec soberano podría

haber seguido el intento de «arrimarse» a Estados Unidos de las provincias

anglófonas del oeste.

El estudio de los porcentajes es digno de atención. Quebec cuenta con un 80 por

100 de francófonos. El voto separatista ha alcanzado el 40,5 por 100, lo que

significa que casi la mitad de los francófonos han preferido seguir siendo

franco-canadienses. Esto adquiere mayor dimensión si se tiene en cuenta que lo

que se debate en Canadá es algo más que cuestiones de descentralización

administrativa. En Canadá existen dos pueblos, dos naciones distintas, con

lengua, religión, costumbres y papeles históricos diferentes o antagónicos. Y

además, uno de ellos, el de origen francés, ha sido dominado y vejado por el

anglosajón.

Pese a ello, la mitad de los francófonos deciden seguir formando parte del

Canadá, aunque ello no supone que no exijan un cambio del statu quo.

La otra lección que puede sacarse del referéndum quebequés es la reacción de los

«unionistas». Todos los políticos partidarios de la unidad del Canadá, pasado el

susto —y tomando nota de él, como se debe— se han apresurado a mostrar su

voluntad de negociar con el irredentismo francófono.

 

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