Autor: Urbano, Pilar. 
   El síndrome de la soledad     
 
 ABC.    30/05/1980.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

NACIONAL

Hilo directo

El síndrome de la soledad

Estábamos en la cresta de la ola. Estábamos en que Felipe, apoyado en la pared

de mármol del pasillo, sudaba y jadeaba cansada (ser presidente, sin ganarla en

las urnas, es filigrana ardua), mientras Suárez enviaba urgentes recados a sus

ministros, para una reunión de «estrategia contraataque y reparto de papeles».

Estábamos en que el programa-González y el programa-Suárez se parecen en tres

cuartos del follaje. El otro cuarto es lo que Suárez transmite de lastre de

plomo y de política gastada, y lo que en Felipe asoma de empuje, de ilusionada

acometida... y de «una nueva forma de gobernar».

Estábamos en que «también» el candidato González utilizó para su discurso casi

ciento cuarenta colaboraciones, y en que su alternativa nació socialdemócrata...

o de socialismo «tapa». («Con ese programa perdemos votos por la izquierda y no

ganamos ni uno por la derecha», me dice, el radical Pablo Castellanos. Cinco

minutos después, Luis Sotana me da la versión antípoda: «Con ese programa

podemos ganar las elecciones del 83. Es toda una táctica política muy pensada.»)

Estábamos en que, en la noche del 28-M, en la vitrina de las promesas quedó,

negro sobre blanco, una retahila de haremos, agilizaremos, repartiremos,

igualaremos, federalizaremos, no nos alinearemos, desburocratizaremos...,

produciréis, ahorraréis, trabajaréis, cotizaréis, invertiréis...». Estábamos en

que la alternativa tenía mas de identidad»

que de «alternativa». Todo el cambio se cifraba en cambiar al titular de! Poder:

no «mi-oferta, en vez de la tuya», sino «yo, en vez de tú».

» Estábamos en que Peces Barba telefoneaba desde el Congreso a los «siete niños»

peneuvistas, que habían bajado a Madrid, sí; pero al fútbol y a gestionar la

audiencia del Rey a Garaicoeohea. Se negaban a entrar en el Parlamento. «Vuestra

ausencia no es ya una censura permanente, al contrario: es una permanente

confianza, porque al darnos la espalda os fiáis de lo que aquí se haga», les

decía su paisano Bandrés. Estábamos en que Tierno rebullia regocijado (¿por qué

tanto?, ¿por qué él?), pues el careo Suárez-Carrillo ha deshecho en cinco

minutos el fantasma del frentepopulismo... ¿O es que el PCE es inaceptable para

apoyar al PSOE y no lo es para apoyar y pactar con UCD?»

Estábamos en que el «comisario».Guerra había amenazado con airear cierto

«dossier» azul «fraude fiscal de un miembro del Gobierno». Y que algún diputado

socialista nos confiaba al oído, secreto al aire, el nombre del personaje

defraudador, «¡pero no digas que te lo he dicho yo!»... Todo «a nivel sublime»

de alta política, para «hacer Patria». ¿Qué servicios de información paralelos»,

me pregunto, suministran tan valioso material, «furtivamente distraído» de

archivos oficiales, al acusador Guerra?

Y estábamos, en fin, a la espera del «match» en que el Gobierno entrase a

mandoblazos contra la alternativa-González y desautorizase, si podía y sabía, su

qué, su cómo, su cuándo, su con qué y su con quién. Y en esas estábamos, cuando

a las tres de la tarde se reanudó la sesión.

• No me extrañó que Rojas Marcos acunase su ochavo andalucista, ajeno a todo lo

que no quedara por debajo de Despeñaperros. Ni que el catalán Roca Junyent se

remontase, en cambio, sobre tirios y troya nos, con su eminente visión de hombre

estadista. «Se ha conseguido —dijo- que el pueblo se interese por los políticos.

Pero, ¿se ha conseguido que los políticos se interesen por e! pueblo?» Ni me

extraña que Blas Piñar, tremolante, dijera que «Suárez, por patriotismo, deberla

presentar la dimisión al Rey al ver que no goza de confianza». Ni que Fraga

pronunciase un discurso magistral de antología parlamentaria en el que se

concitaban sabiamente el rigor y el humor; la emoción (subió a su escaño con los

ojos empañados, tras invocar las palabras de su doble fe: «Dios y España») y la

ironía («todos los consensos han de pasar antes o después por la chamusquina del

purgatorio»); la crítica al candidato González («una cosa es sacarse una muela y

otra cambiar el modelo de sociedad») y la censura al presidente Suárez («en

fecha próxima deberá plantear la cuestión de confianza»..., «tenemos un mal

Gobierno, al que sería bueno quitar el timón»}. Sí me extrañó que Suárez

encomendase la «faena» una y otra vez al más secante y contagiatelos de sus

hombres: Abril Martorell. Subir él al podio y ponerse el «buffet» en «hora

punía»

eran una misma cosa. «IA mí, las penitencias, en cuaresma!», se quejaba ¡algún

ministro! Y sí me extrañó que Felipe González abandonase, desde su primera

intervención de ayer tarde, el «rol» de candidato y volviese al que sin duda le

es más familiar; el de oposición..., porque, aun cuando defendía su oferta,

criticaba al Gobierno, como si no estuviésemos, todavía, en el ritual de otra

liturgia distinta: la de su «confirmación».

Fraga ha dicho a Felipe que «tiene todas las condiciones para ser. un jefe de

Gobierno, pero... le falta una cosa: hacerse conservador». Felipe responde al

floreo con otra rosa: «Si Fraga fuera de izquierdas, con esa cabeza en la que le

cabe el Estado, España tendría un gran líder socialista.» Fraga, desde su alto

escaño, sonríe, tal .vez pensando, con el hemisferio, ácrata de su cerebro:

«¡Quién sabe! ¡La política hace extraños compañeros de cama!» Salgo al pasillo.

Jiménez Blanco me suelta una frase lapidaria: «El bipartidísimo personal ha

terminado.» Por cierto, que en las nuevas dependencias del Parlamento hay un

despacho para «el líder de la oposición». Recuerdo que Suárez me contó un día

cómo él mismo ofreció a Felipe enviar un proyecto de ley al Congreso «para que

se defina el "status" del líder de la oposición, con, tratamiento oficial,

coche, despacho y sueldo..., no me importaría que cobrase un duro más que yo».

Felipe dijo que «¡nanai». Pablo Castellanos, que el lunes, en las «lentejas de

Mona J.» me había dicho:

«Con este gesto de censura moral, los críticos del PSOE hemos visto que tenemos

un verdadero partido socialista: y estamos unidos como nunca», me dice ahora:

«Ayer, escuchando a Felipe González, sentí vergüenza ajena. Si nos unimos por la

censura, nos separamos por la investidura. No suscribo ese programa. Me liaría a

tiros con quienes ´ lo han hecho. No identifico esa oferta con la del partido de

Pablo Iglesias.» Felipe no gana apoyos. Suárez no gana confianza. Es el síndrome

de la soledad política. Uno no puede gobernar. El otro ve enfrente las fauces

hostiles de todos. No es cuestión de programas. Hay dos.

La pregunta es de «dramatis personae», ¿qué hombre, hoy, en este Parlamento,

suscitaría la aquiescencia fiducial de todos..., o de casi todos, para sacarnos

del bache y del «impasse»? Esa es la cuestión.—Pilar URBANO.

 

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