Autor: Dávila, Carlos. 
   La credibilidad en tela de juicio     
 
 ABC.    17/09/1980.  Página: 1,4. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

La credibilidad, en tela de juicio

MADRID (Carlos Dávila). No ha habido ninguna sorpresa. Una hora escasa de

discurso del presidente ha servido, exactamente, para suscitar los entusiasmos

fervorosos de los incondicionales, cosa que, naturalmente, se esperaba; templar,

aún más si cabe, los ánimos críticos de los tibios y. en definitiva, para

confirmar a los opositores en la idea preconcebida que ya llevaban al hemiciclo,

y que puede resumirse, de forma gráfica, en la frase de un diputado socialista:

«Todo está medianamente bien, pero no me creo que Suárez lo cumpla.»

Porque la batalla que tiene que ganar el presidente es la de la credibilidad, y

ésta apenas puede dilucidarse en el jugueteo dialéctico de una pieza oratoria

por simple y eficaz, que no brillante, que ésta parezca. La credibilidad era,

precisamente, la palabra que con más frecuencia se oía ayer en los pasillos de

un Congreso atiborrado de diputados, senadores, clase política en general,

periodistas en aluvión y un sinfín de curiosos que nunca" faltan en estas lidias

parlamentarias.

ANÁLISIS ECONÓMICO

A las cinco menos cinco, el presidente, flanqueado por el ministro de Justicia,

Fernández Ordóñez, llegaba al Congreso. Una hora después subía al estrado. Hizo

una mínima exposición de intenciones y comenzó por extenderse en el análisis de

la crisis económica para la que aplicó una triple terapéutica: austeridad,

laboriosidad y eficacia. Luego, al final de su discurso, le pregunté cómo podría

«vender» a un país, apretado en sus presupuestos, la necesidad imperiosa de

apretarse aún más los cinturones. Me respondió: «No cabe más remedio. Mi

discurso puede gustar más o menos, suscitar críticas de una u otra índole, pero,

afirmó —todos los expertos que he consultado coinciden en este diagnóstico—, que

no existe otra receta que la que he tratado de adatar: ahorro, moderación,

inversión pública y privada, política de protección al empleo y moderación

salaria!. Si somos capaces de convencernos de esto, la crisis podrá ser

superada.»

Las mismas palabras utilizó Suárez en su exposición, que pareció a los

socialistas, según opinión rápida y sospechosamente extendida, una «mera

nominación de aspiraciones, sin concreción alguna». El tono del presidente fue

en todo momento, monocor-de y retóricamente insulso. En su haber, puede

apuntarse la utilización de un lenguaje ajeno al floreo en el vocabulario y

controlado en el gesto, lenguaje que, al parecer de muchos observadores, se ha

aproximado en su formulación económica, por primera vez, al propio del hombre de

la calle. No era fácil, desde luego, hacer repaso pormenorizado, y en apenas

treinta minutos, de todas las claves que configuran la crisis económica, y

resumir después, en once puntos, el programa gubernamental para solventar los

principales problemas. Quizá la economía de datos, criticada por la oposición,

fue escogida conscientemente porque, como luego me diría el presidente: «Este

discurso no sólo está destinado a la clase política, sino al país, al que, por

otra parte, me dirigiré la semana que viene por medio de una rueda de Prensa.»

Suárez pide el voto de confianza

Los catalanes, a favor, no aplaudieron

Silenciosa y cauta reaparición de los vascos

LOS VASCOS, MUDOS

Durante los largos minutos que duró la exposición presidencial, apenas se

produjeron reacciones evidentes en la Cámara. Sólo cuando Suárez hizo mención

expresa y laudatoria da Fernando Abril, los ojos de algunos centristas se

dirigieron hacia los escalones altos del hemiciclo; arriba, ¡unto a una columna,

el otrora todopoderoso vicepresidente escuchaba discretamente, recostado en la

barandilla. En otra ocasión, y cuando Suárez se refirió a la reducción de los

gastos de Defensa, un latigazo sacudió súbitamente el rostro del ministro

Rodríguez, Sahagún, que se inclinó hacia su casi vecino ,Calvo-Sotelo. El nuevo

responsable económico acusó la mirada y apenas le contestó con un sugerente

arqueo de cejas. A su lado, el teniente general Gutiérrez Mellado, permaneció

impávido.

De la misma forma que el mensaje presidencial en sus aspectos económicos tenía

como destinatario el país en general, la oferta autonómica parecía dirigida

explícitamente a sus auditores vascos, catalanes, andaluces y gallegos. Los

vascos llegaron juntos al Congreso. El primero, Marcos Vizcaya: «No vengo de

reunirme con nadie; vengo de un hotel, donde se come bien, pero caro.» A su

lado, los demás parlamentarios del PNV, algunos nuevos en Madrid, guardaban

silencio sepulcral. Marcos Vizcaya negó cualquier negociación con UCD al margen

de la Comisión de transferencias, «que no se reúne desde el viernes». No parece,

sin embargo, que el diputado vasco haya ofrecido información real y suficiente.

Lo cierto es, mis informaciones a este respecto son coincidentes, es que en los

últimos días han menudeado los encuentros y que, si no negociaciones en toda

regla, sí ha habido conversaciones Importantes, con un tira y afloja en las

posiciones de principio. El PNV quiere, sobre todo, llenar de contenido a su

Gobierno y no creo que ni el presidente, ni la Administración Central, ni

siquiera el propio partido gubernamental, recurran al subterfugio para tacañear

servicios. En la «cumbre» de la negociación, Martín Villa intenta el acuerdo y

es posible que, en días sucesivos, exista ya un primer punto de consenso. O un

segundo, mejor dicho, porque el primero se basará quizá en la contundente y

taxativa declaración del presidente: «El Gobierno impulsará sin reservas la

aplicación de los Estatutos de autonomía.» Tal manifestación está dirigida, sin

duda, a los recelosos, políticos racionalistas, y más directamente aún, a Xabier

Arzallus, especialmente escéptico en cuanto a la voluntad gubernamental en este

punto.

No ha sido posible, sin embargo, compulsar la opinión de los vascos, que

llegaron juntos y se marcharon a grandes zancadas, casi corriendo, sin que nadie

´pudiera intercambiar con ellos una sola palabra. En un hotel cercano, el

senador Ollora, reunido con al menos cuatro «ministros» vascos, me aseguraba:

«No hay nada decidida.Tenemos que pensar nuestra posición. Todo lo que ha dicho

Suárez, por otra parte, hay que cumplirlo. Ahora, nosotros llamaremos al

"mítico" EBB (Euzkadi Buru Batzar) y ya veremos lo que pasa.» ¿Qué es,

realmente, lo que puede pasar con los votos de PNV? Cualquier pronóstico sería

aventurado. Cabe no obstante formularse dos preguntas, que suponen otras tantas

pistas para comprender mejor la disyuntiva compleja en que se encuentran los

«regresados»: ¿Cómo pueden contestar negativamente a un programa moderado que

es, en síntesis, muy similar al que el PNV ofreció a sus electorales en el

pasado abril?, y ¿cómo, por otra parle, podrían los parlamentarios afrontar la

impopularidad que les acarrearía en sus provincias un voto afirmativo a la

confianza presidencial?

ROCA: UN DISCURSO IMPECABLE

Muy distinta ha sido la presencia de la Minoría Catalana en este Pleno, Minoría

de nueve disciplinados parlamentarlos que agacharon tímidamente sus cabezas y no

brindaron un solo aplauso a Suárez cuando terminó su discurso. A la salida del

hemiciclo, uno de ellos, me dijo: «No aplaudimos porque esto no es un circo.

Pero queda claro que este programa es casi el que nosotros queríamos y por eso

lo vamos votar y que la oferta autonomía, que por primera vez se plantea con

tanta nitidez, responde exactamente al Estatuto que ya tenemos.»

En el pasillo central, casi ostentosamente, Suárez se dirigió al portavoz Roca

Junyent y ambos se abrazaron cumplida, diplomáticamente, mínimamente. Los dos

sabían que los periodistas estaban pendientes de sus palabras y los dos. se

intercambiaron las justas. Pensadas, creo, y sentidas, las de Roca:

«Ha sido, presidente; un discurso impecable.» Los nuevos aliados, juntos, y por

ahora solitarios.

Los andaluces, a los del PSA me refiero, continuaron en su ambigüedad. No

discuten la generosidad «oratoria» del presidente, pero esperan mayores gracias.

Los gallegos de UCD estaban contentos: «La próxima semana puede haber noticias

agradables para todos y el Estatuto saldrá adelante.» Los tránsfugas del Grupo

Mixto (Clavero y el malagueño García Pérez) mantienen su postura de siempre: o

abstención o voto en contra. Los irreductibles, bien que por causas políticas

muy distintas, oyeron, pero no escucharon; Suárez no tenía la menor oportunidad

de convencerles. Desde el abertzale Bandrés (¡No, no y no!) al extravagante

Sagaseta y al ltraderechista Piñar (sólo en su ortodoxia indiscutida), ninguno

dará el menor apoyo a la declaración presidencial.

Los socialistas, que temían ayer una «oración tremendista», criticaron sobre

todo la, según ellos, falta de concreción del programa. Felipe González,

portavoz insistente del Grupo, afirmaba, además, que el presidente «no había

ofrecido ni un solo dato» y «que en estas condiciones es muy difícil saber cuál

es la verdadera intención de la política económica». El PSOE, que votarán no,

parece obvio decirlo, sé había reunido por la mañana para culminar su estrategia

cara al debate. Felipe intervendrá en primer lugar y luego repartirá juego entre

sus peones de confianza, los mismo (Guerra, Peces Barba, Barón, Solchaga...) que

han confeccionado la respuesta al Gobierno, un texto de cincuenta minutos, que

parece moderado y nada ambiguo.

SUÁREZ, SEGURO

Apenas finalizada la sesión,los nueve miembros de Coalición Democrática se

encerraron para dilucidar el sentido de su voto. Quizá las opiniones no fueron

siempre convergentes y aunque al final, por mayoría, se decidió dar un

contundente «no» al programa gubernamental, en la coalición se oyeron opiniones

dispares. Esta, al menos, es lo que pudo recogerse en los pasillos del Congreso.

Me queda por relatar en breve espacio la impresión que ha producido en los

circuitos periodísticos un Suárez retejado y radiante, un Suárez que dijo estar

dispuesto a saltar a la arena «cuantas veces haga falta», que cree «que este

programa es el mejor que se le puede proponer al país», que quiere rectificar

pasados errores «porque los he cometido, sí; pero no siempre se puede hacer la

misma política» y que quiso, conscientemente, ofrecer una sensación de total

segundad: «Aquí no hay más cera que la que arde: vamos a consolidar la

democracia.» Es, en resumen, un Suárez pictórico, al que, sin embargo, un

diputado de su partido comparó, por moderado, con la señora Thatcher. Por eso su

reto es convencer. A todos. A unos y a otros; no tiene otra salida.

 

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