Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El arte de lo posible     
 
 ABC.    17/09/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

OPINIÓN ABC/ 3

Escenas parlamentarías

El arte de lo posible

¡Santo Dios, y cómo estaba el banco azul de egregios, de ilustres, de claros

barones y varones, de proceres ucedeos, de viejos y nuevos maestros de la

política y de expertos del poder! Estaban allí todos, o casi todos, para que no

se me moleste ningún ilustre ausente. Don Leopoldo, serio y,atento, casi solemne

en su escaño vicepresidencial. Paco, o sea, don Francisco Fernández Ordóñez, el

socialdemócrata regresado, componiendo un gesto como de justo juez. Don José

Pedro Pérez-Llorca, tú eres Pedro, tú eres Pérez, hijo de Pedro, y sobre estas

piedras edificaré lo que haga falta edificar. Don Agustín Rodríguez Sahagún, el

ministro a quien no se han atrevido a mover. Don Juan José Rosón, que es el

superministro que más merece un voto de confianza general. Don Rodolfo Martin

Villa, que también vuelve, pero cómo se puede gobernar en este país sin que

Martin Villa se siente a la mesa. Don Pío Cabañil las, añade otro puesto en el

banquete, que este gallego tiene pacto con las meigas de todos los regímenes, de

todas las crisis, de todas las transiciones, de todas las transacciones: Don

Jesús Sancho Rof, a quien le va a tocar hacer viviendas y carreteras, porque

algo visible habrá que hacer y no sólo declaraciones. Don Luis González Seara,

que también se queda, mientras que Otero Novas se va. Don Juan Antonio García

Diez, que es un ministro feo, economista, discreto y no sé si sentimental. Y

todos los demás, unos con el galón de ministros de Estado, menos mal que en el

Gobierno hay algo de Estado, hombre, y otros sin galón, o sea, ministros de

tropa, aunque ya ha dicho el presidente que no es cuestión de jerarquía, sino de

intentar la coordinación, igual que hacen en esos países democráticos de por

ahí, en los que tenemos puestos los ojos.

Los ex ministros, en cambio, estaban diseminados. Diseminados, come decía don

Eugenio d´Ors que quedaban mejor las marquesas en las conferencias. En una fila,

don Luis Gamir. Un escalón más arriba, don Manuel Sánchez Terán. Un poco más

alto, don Rafael Calvo Ortega. Todavía más arriba, don Juan José Rovira. Ya en

lo alto, don Ricardo de la Cierva, más cultura se hace a lo mejor con los

fascículos, querido ministro, ex ministro, paisano y amigo. Y ya en el paraíso,

más alto que nadie, mirando el Congreso a vista de pájaro, don Fernando Abril

Martorell, casi saliéndose por la derecha del hemiciclo, a un paso de las nubes,

cerca de donde se sentaba don Pío Cabanillas durante su retiro en el Aventino,

casi a la misma altura de don Fernando el Católico, de piedra en su hornacina.

A las cinco menos cuarto ha entrado el señor presidente del Gobierno en el bar

de las Cortes, con su traje azul oscuro, como siempre; con su camisa azul

celeste, como siempre; con su sonrisa de hombre seguro en si mismo, como casi

siempre. El señor presidente del Gobierno es el más madrugador a la hora de

entrar en el hemiciclo. Cuando se ha sentado en el banco azul, ningún ministro

se había sentado allí todavía. Con tanto barón en el Gabinete conviene madrugar.

Es mejor que no se hagan ilusiones. Cinco minutos después pasa junto a él don

Fernando Abril, camino de su asiento de delantera de grada. Se saludan

visiblemente, casi demasiado visiblemente; se sonríen ampliamente, casi

demasiado ampliamente; separan las manos como si se arrancaran el uno del otro.

Se agrupan los fotógrafos. Retratan al señor presidente. Enfrente, hacia el

lado. de la oposición, se juntan don Felipe y, don Alfonso, Peces-Barba y

Solana, y los fotógrafos corren ahora hacia allí. Esta es una de las cosas

buenas que trae la democracia:que los fotógrafos no sólo se dedican al Gobierno,

que también retratan a la oposición. Don Landelino Lavilla invita a sus señorías

a que tomen asiento, a que guarden silencio, con su voz de autoritarismo cortés,

de fina firmeza parlamentaria. Explica que para este asunto de hoy, el voto de

confianza, no hay normas. La verdad es que siempre nos tropezamos con que

leñemos la democracia a medio hacer. Y don Landelino ha tenido que improvisar

las normas. Doña Soledad Becerril, vestida de malva juanramón, lee las normas

improvisadas con sonsonete de niña aplicada de colegio de monjas. Y, en seguida,

el señor presidente del Gobierno tiene la palabra.

Don Adolfo Suárez sube a la tribuna, entre ágil y solemne, como siempre;

abrochándose la chaqueta, como siempre; centrándose la corbata, como siempre, y

con la carpeta con los papeles del discurso, como siempre, pues no faltaba más.

Cincuenta y cinco minutos de lectura clara, reposada, serena, con algunos

subrayados, con pocos énfasis, con cierta aprendida convicción. No se puede

decir que el señor presidente traiga un discurso divertido, pero hay que

convenir que no está el país para diversiones. El otoño será caliente, pero la

pieza oratoria es más bien fría, una exposición casi técnica, más que política:

un programa ceñido, que quiere dar soluciones concretas a problemas reales. No

lo voy a copiar aquí. El presidente expone los puntos del programa acerca de dos

cuestiones: la crisis económica y social, y el desarrollo constitucional, con

especial atención al tema de las autonomías. De lo demás, del terrorismo o de la

política exterior, nada hay que añadir a lo que ya conoce la Cámara. Nos ha

explicado el señor Suárez que esta crisis económica no es sólo nuestra: es la

crisis mundial más dura que ha sufrido el Occidente desde el crac del año 29.

Ofrece cifras sobre el desastre que ha supuesto para nuestra economía la subida

del petróleo. Me ha parecido ver sonreír, en su escaño, a don Fernando Abril.

«Esto ya lo decía yo, parece pensar para sus adentros. Hay dos remedios:

inversiones y exportaciones. Y, naturalmente, trabajo, austeridad y ahorro. Y en

el tema del desarrollo constitucional, atender a la Justicia, legislar sobre las

libertades públicas, asegurar el mayor grado de autonomía para Galicia, hallar

el expediente para borrar el recelo autonómico de los andaluces.

El señor presidente ha puesto un empeño muy visible en hablar con realismo, o

sea, en alejar de él cualquier tentación de ponernos las cosas color de rosa. No

nos ha llegado a ofrecer sangre, sudor y lágrimas, pero nos ha ofrecido

austeridad, laboriosidad, moderación salarial, ahorro. No ha dado soluciones

mágicas ni rápidas. Nada de milagros, pero nos ha dicho que hay soluciones

posibles, y que es en estos momentos de dificultad cuando las naciones grandes

demuestran que merecen ese nombre. O sea, que nos ha puesto a trabajar, a

ahorrar, a gastar poco, a producir barato y a contribuir. Nos ha explicado el

arte de lo posible. Y, por lo visto, el pais, el petróleo, el Gobierno, la

imaginación de los barones y el pacto con la Minoría Catalana no da para más.

Habiendo catalanes de ñor medió, la ley de las tres emes, como diría aquel

popular caricato: «Ministración, ministración y ministración». Y, ahora, que la

oposición empiece a ofrecer bicocas.—Jaime CAMPMANY.

 

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