Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Pues sí: Al fin un buen Gobierno     
 
 Diario 16.    15/09/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Diario 16/15-septiembre-80

OPINIÓN

PEDRO J. RAMÍREZ

Pues sí: Al fin, un buen Gobierno

SIENTO decepcionar a algunos queridos amigos socialistas que desde hace más de

tres años me han tenido siempre a su lado en la crítica a los ´ desmanes del

suarismo; siento defraudar a ciertas señaladas figuras de la derecha liberal,

merecedoras de mejor suerte que este absurdo callejón sin salida al que sus

propios errores y las insidias ajenas les han terminado abocando; siento

desilusionar también a unos cuantos fogosos lebreles del centrismo, desprovistos

de la paciencia necesaria para aguardar un relevo generacional traído por sus

propios pasos; siento igualmente —aunque me apene menos— indignar, irritar y

enfurecer una vez más a la menguante recua de jenízaros carrillistas infiltrados

en lo cultural y a la caterva de fascistas con. complejo de disminuidos físicos

que tan a menudo me dedican parte de la ración de sapos, cucarachas y culebras

que diariamente empaquetan en un periódico con nombre de teatro de desta-pe; lo

siento por los unos, los otros y los de acullá, pero me parece, honestamente,

que éste, recién formado, es un buen Gobierno.

¿Cómo no habría de pensarlo así, si el nuevo Gabinete supone el más rotundo acto

de contrición —quizá también el menos sincero y más fatalmente tardío— que se le

recuerda a un gobernante? Desde el mismísimo 15 de junio del 77 y con especial

insistencia, formando ya coro con otras muchas voces, desde el 1 de marzo del

79, hemos venido escribiendo que la UCD no debía ser el partido «de Suárez»,

sino un partido «con Suárez»; que el presidente estaba obligado a seleccionar a

sus colaboradores entre los más diestros y no entre los más perrunamente fieles;

que el comportamiento a seguir desde el poder se resumía en una tan elemental

como ardua receta: «gobernar, gobernar, gobernar»; que la nación tenía que

encontrar la salida de su crisis política de la manera más escrupulosamente

constitucional, es decir mediante la formación de un Gobierno sólido, capaz de

aplicar un programa coherente con el respaldo de la mayoría parlamentaria; y que

el primer recambio básico al atolondramiento enclaustrado y defensista de Adolfo

Suárez era su propio partido, esa UCD depositaría colectiva de la confianza del

mayor segmento de ciudadanos que por dos veces ejercieron su derecho al voto.

Pues bien: a regañadientes; deprisa, corriendo y mal; a trancas, retrancas y

barrancas; por obligación, que no por devoción; cuando la famosa porquería de

una ,de sus más reiteradas, aburridas y ramplonas metáforas le llegaba va más

allá de la nariz, el genial ingeniero de la transición o el intrigante chuleta

de Cebreros —escoja cada cual lo que prefiera— se ha .decidido a intentar lo que

algunos entendíamos que el curso lógico de la historia y el rumbo del viento de

las ideas reservaban protagonizar a ese gran amigo, a ese gran hombre que hace

tan sólo unas semanas —¡qué alto se escucha su silencio!— nos fue de manera

injusta y aviesa arrebatado para siempre.

Comprendo que quienes, desde una concepción totalizadora de la libertad y con la

insatisfacción ante la lentitud de la implantación real de la democracia por

bandera, reclamábamos todo lo antedicho, pareciéramos condenados a quemarnos en

el fuego estéril de la oposición Inmisericorde y crónica. Cuanto más evidente se

hacía el fundamento de nuestras quejas, más se empecinaba el presidente

Suárez en hacer justamente lo contrario de lo que se le pedía y más perseveraba

en la insolvencia. Sólo el Calígula de Robert Graves llegó a superar, haciendo

cónsul a su caballo, las cotas de desproporción entre los requisitos necesarios

para ejercer´ determinados cargos y los atributos de algunos que los han ocupado

durante el último bienio. Sólo el Nicolás Romanoff que el sábado vimos morir en

la Segunda Cadena, con el propósito de ocultar el quizá definitivo asesinato del

único programa informativo en directo de televisión, fue más allá en el

autoengaño de pensar que los terribles problemas que plantea toda grave

encrucijada histórica terminarían arreglándose por sí solos. Sólo el último

Francisco Franco, patriarca otoñal de esa «Corte de los Milagros» de El Pardo

que, a juzgar por el chispeante esperpento publicado por Jimmy Giménez-Arnau el

sábado, tenía a su propio Valle-Inclán como infiltrado, abusó con más largueza

del truco de la distanciación y el alejamiento como bálsamo de Fierabrás tras el

que enmascarar su «no sabe, no contesta».

Algún día, cuando ya no pueda hacerle daño, cuando ya no pueda influir en la

opinión que el país tiene de quien le gobierna, terminaré relatando una de sus

más descontroladas reacciones en las horas críticas del debate de la pasada

moción de censura, que si bien no puede ser elevada a la categoría de síntoma de

personalidad, servirá perfectamente de episódica guinda con la que coronar este

pastel de defectos —ya hay muchos otros, algunos en dos periódicos a un tiempo,

que catalogan sus importantes virtudes, como para que yo me entretenga en

hacerlo— que caracteriza al ciudadano a quien el azar y la necesidad han situado

en el despacho contiguo al que ocupa un señor alto y con barbas llamado Alberto

Aza.

Ni conversión, ni camino de Damasco

¿Qué ha cambiado entonces tan súbita-y rotundamente en la personalidad del

primer ministro para que tras pergeñar tan cruel retrato, pueda encabezarse un

artículo con un rótulo como, el de éste, paráfrasis y reiteración por otra parte

del que para escándalo de filisteos, zegríes y arapahoes DIARIO 16 colocó el

pasado martes sobre el editorial con el que saludaba al nuevo Gobierno? No ha

cambiado absolutamente nada y delira quien crea que a estas alturas de la vida

de un hombre el camino de Damasco puede aún atravesar las verjas del palacio de

la Moncloa. He ahí la clave del enredo: como tantas otras cosas durante la

transición —los derechos sindicales, la legalización de los partidos, la

amnistía, las autonomías, la propia libertad de expresión—, ésta no ha sido una

baza otorgada, sino una baza arrancada. «Que no nos lo ha daó, que se lo hemos

quitao.»

Si fueran coherentes con su propia línea de análisis a lo largo del pasado

reciente, muchos de quienes han fruncido aún más su ya arrugado ceño al observar

los acontecimientos de los últimos siete días, deberían compartir mi expectativa

esperanzada, desde la satisfacción de que algo han contribuido a provocarla.

Necesitaría más espacio que el de esta página para recoger el catálogo de

personalidades de la Banca, el Ejército y la Iglesia; de políticos de izquierda,

derecha y centro; de periodistas, escritores y artistas que durante los últimos

meses tras hacerme patente su fervoroso deseo de que la democracia se estabilice

y su rampante temor de que el suarismo lo impida, han coincidido en que no había

sino dos alternativas y en que de las dos —a) echar al presidente; b) obligarle

a comportarse de manera distinta— esta segunda era la de costes más bajos y

arquitectura menos arriesgada.

Este Gabinete, el primero desde el cambio de régimen en que ninguno de sus

miembros puede ser tomado a broma, es la antítesis del que en circunstancias

normales Adolfo Suárez hubiera deseado formar, pues entre otras cosas garantiza

que tres de sus más firmes «outsiders» vayan a disponer de sendas oportunidades

doradas de robustecer su papel de alternativa. De no estar tan obligado por la

opinión pública, la prensa y los partidos de oposición, el presidente jamás,

hubiera accedido ni a colocar a Calvo-Sotelo al frente de un equipo económico

tan elegido a su gusto; ni a permitir el control de toda la Administración

central y periférica por parte del tándem Martín Villa-Rosón; ni a suscitar

nuevas oleadas de simpatía hacia Fernández Ordóñez por parte de todos los medios

de comunicación medianamente progresistas, que ven en él al bíblico Daniel,

indefenso en la cueva que habitan los leones del integrismo; ni muchísimo menos

a tolerar que Landelino Lavilla capitalice la imagen de perdedor de la pelea sin

tan siquiera haber participado en realidad en ella y con sus amigos Ortega,

Cavero y Alvarez situados en tres ministerios cualitativamente mucho más

importantes de lo que se piensa. Suárez ha aceptado en suma el monumental

fracaso de sus tres años de esfuerzos encaminados a aniquilar a las «familias» o

«tendencias» para hacer de UCD un movimiento sin más aglutinante que su propio

liderazgo y ha terminado plegándose a un reparto real de la tarta del poder.

¡Naturalmente que el margen de maniobra de este nuevo buen Gobierno va a quedar

condicionado por los corto

circuitos que su presidente pueda querer provocar siempre que píense que ha

llegado demasiado lejos soltando tanta cuerda! ¡Naturalmente que sus

posibilidades de actuación han quedado mermadas por la acumulación de errores

del nefasto último bienio! ¡Naturalmente que la incoherencia del regreso de los

vascos al Parlamento —tan supina como la de su propia marcha, tristemente

impune— resta mucho de su atractivo a la gran coalición parlamentaria centrista

que podría llegar a vertebrar uno de los polos de ese bipartidismo democrático

que aún no puede darse por perdido! ¡Naturalmente, admirado conde de Motrico,

que es decepcionante y cruel observar la fútil pervivencia de algunos

enredadores superfinos, en contraste con la lacerante ausencia de quienes se han

ido o de quienes compiten con el tiempo justo!

Que el pulso de España siga vivo

Por todo ello yo no hablo de ilusión, sino tan sólo de esperanza. La ilusión ya

sólo la lleva incorrupta en el carcaj Felipe González Márquez y quienes nos

sentimos más atraídos por su personalidad y por su ética que por sus ideas y

programas, veremos si somos capaces de resistirnos o no a tales flechas dentro

de un año y medio o dos. De momento, lo primordial es impedir que ese envite se

desencadene antes de tiempo y conseguir que el pulso de España siga vivo cuando

entonces atruenen las trompetas de la regeneración: ésa es, ni más ni menos, la

decisiva tarea para la que veo capacitado a este nuevo Gabinete que intuyo como

el último de don Adolfo Suárez.

Decía Muriel Spark, la autora de ese contenido melodrama llamado «Los mejores

años de miss Brodie» que hace pocos meses vimos en la televisión, que «todo

stalinista tiene arrugas de fascista y a todo fascista le cuelga siempre una

sonrisa stalinista». Nuestros lamentables totalitarios de ambos signos se han

puesto muy nerviosos ante la evidencia de que por una vez la montaña monclovita

no ha parido el acostumbrado ratón. Mientras los unos amenazan con

movilizaciones lejos de su alcance por falta de grey, los otros, sus primos

hermanos de la revolución pendiente, el odio crónico y la ignorancia espesa, han

comenzado a desvariar histérica e histriónicamente si la mezquindad y la

vileza, vecinos de «El Alcázar», pudieran coger el ascensor o subir por la

escalera sobre un inexistente tráfago de maletas y billetes en premio a

ficticias rectificaciones periodísticas.

Más allá de sus confluentes bilis res-pectivas, queda la España joven y limpia

que hace desván con los prejuicios y hemeroteca de las diatribas fraternas del

pasado; la España del deporte, del cine, del trabajo y de la música; la España

de Nuria Espert, Sánchez Dragó, Paloma San Basilio, José María García y

Santillana; la España mágica y sensata; cansada, pero viva; pasota, pero buena;

esa España prendida del bolsillo de los marineros (León Felipe en el recuerdo)

como «una estrella nueva de paladio, de fósforo y de imán»; tu «España de aquí»,

querido Forges: la de los marianos, blasillos y muslámenes, que tenaz e

indesmayable-mente persigue su ración de felicidades con minúscula. A ella, hoy

como siempre, alegre, distendido, sonriente, a ella me dirijo enamorado.

«Como tantas otras cosas durante la transición, ésta no ha sido una baza

otorgada, sino una baza

arrancada."

 

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