Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La moción de censura     
 
 ABC.    24/05/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

OPINIÓN

Escenas parlamentarias

La moción de censura

ABC / 3

Cuando don Felipe González descargó sobre el hemiciclo el anuncio de la moción

de censura, se hizo en los bancos de la mayoria (mejor dicho, de la minoria

mayoritaria) el silencio de los sepulcros. «Por ahí podíais haber empezado. Esto

es una trampa», se dolía don Fernando Abril, dirigiéndose a los socialistas.

«Efectivamente, esto es una trampa, señor Abril», remachaba luego el señor

Jiménez Blanco. Y claro que es. una trampa. Pero una trampa autorizada por el

reglamento de juego. En el sistema democrático, el Gobierno tiene que aprender a

salvarse de esta clase de trampas si quiere sobrevivir. Y la mejor manera de

hacerlo es gobernar de una manera convincente, o al menos, razonablemente

satisfactoria.

Como eso de la moción de censura es un juguete recién estrenado, los socialistas

disfrutaban y gozaban visiblemente el ver a sus adversarios politicos en un puro

susto. Empezaron en seguida las correndillas por los pasillos, las

conversaciones vivas, las búsquedas apresuradas y los cuchicheos casi jadeantes.

Los diputados centristas se movían por el bar, por los pasillos y por los

salones un tanto ansiosos y desconcertados, como se mueven las hormigas cuando

algún niño travieso les inunda de tierra el hormiguero. Quien mejor encajó el

susto fue precisamente el propio presidente del Gobierno. Ya se conoce su fama

de buen encajador. Más nerviosos y descompuestos estaban sus «Íntimos

colaboradores».

Siempre hay alguien más papista que el Papa, y mientras siga siendo presidente,

siempre habrá alguien más suarista que Suárez.

El país también ha sufrido un cierto sobresalto. El país, catecúmeno de

democracia parlamentaria, todavía no ha aprendido con qué se come eso de la

moción de censura. Algunos ciudadanos creían que a don Adolfo-Suárez lo iban a

borrar de la cartelera como a «Emmanuel» en el antiguo régimen, y otros ya veían

a don Felipe González penetrando puño en alto al Palacio de la Moncloa. Dichoso

susto. Bendito susto. Porque al Gobierno se le constriñe a que se enfrente

pública y claramente con su responsabilidad. A la oposición se la podrá ver en

su verdadero papel de alternativa, explicándonos lo que el Gobierno hace mal,

pero no sólo eso, sino también lo que tiene pensado y previsto para hacerlo

mejor. Los partidos pequeños, esos que a veces están con el Gobierno y a veces

están en la oposición, se ven obligados también a definirse por una de las dos

opciones políticas posibles, y a reprimir un poco el coqueteo, el regateo y el

mariposeo. Y los ciudadano, o sea, el personal, va aprendiendo que en la

democracia uno se está jugando todos los días la manera de ser gobernado y

también la manera de vivir en el propio país. En democracia se Juega uno cada

día el tipo, aunque sea el tipo de sociedad.

Si no sobreviene un terremoto político bajo el hemiciclo del palacio de la

Carrera de San Jerónimo, la moción de censura será rechazada. Don Felipe

González seguirá de Inquilino en la alternativa y don Adolfo Suárez continuará

de habitante en la Moncloa. Por muchas cuentas que echen los que quisieran para

mañana un cambio de personajes protagonistas en la escena política, las cuentas

para ganar la moción de censura no salen. Para que salgan se necesitaría romper

la UCD, y parece que —a falta de otras luces— la UCD tendrá al menos instinto de

conservación. Don Santiago Carrillo parecía relamerse cuando incitaba, desde la

tribuna de oradores, a la rebelión «a los más progresistas de los bancos de la

derecha». (Don Santiago Carrillo siempre dice «la derecha» cuando se refiere al

centro, que será —digo yo— una manera de acercarse.) Hay que pensar que no se va

a producir ese terremoto, y que la elevación del pacto municipal a pacto

parlamentario de socialistas y comunistas no va a arrastrar muchos votos más.

Quizá el del señor Bandrés, el del señor Sagaseta, que son dos socorros como

para decirles que «no se molesten y que muchas gracias», y alguno más que pueda

caer. Los números de este Parlamento, por mucho que los maneje estos días el

señor vicepresidente para Asuntos Económicos, no deben bailar tanto que le

resulten propicios a don Felipe González. Los diputados de Coalición

Democrática, por qué no; los vascos, porque están lejos del socialismo, y los

catalanes, porque son catalanes, no es imaginable que voten a favor del PSOE. Y

quizá los andalucistas tampoco, porque eso sería como meterse dentro de la boca

del pez grande.

Pero aunque no prospere, la moción de censura dará buenos frutos, y algunos de

ellos ya los ha dado. Por de pronto nos ha tenido a muchos frente al televisor,

aprendiendo un poco de democracia, interesándonos algo por la política,

clasificando las diferentes especies de esa clase y confortándonos un poco del

desencanto que nos producía contemplar aquella desolación de hemiciclo vacío,

campo de soledad, mustio collado, mientras el pueblo clamaba para que alguien

tratara seriamente sus problemas, buscara y ofreciera soluciones y aplicara

remedios/ Y para que los ministros pronuncien en la Cámara algunas palabras más

de las que les preparan sus colaboradores en laboratorios lejanos y

frigoríficos. Y para que los que aspiran a ser ministros ensayen y propongan

soluciones y no sólo propinen aguijonazos.

Y además para que se acabe de una vez el dichoso consenso, sobre todo en forma

de pasteleo, cotillees privados, tertulias de sobremesa y cuchipandas

inconfesables sobre temas que queman y que duelen. Que eso se convierta en

confrontación política ante el electorado, o en coalición de Gobierno con

programa pactado. Porque esos hábitos del consenso han terminado en que don

Felipe González explique a destiempo y en una rabieta que el presidente del

Gobierno estaba dispuesto a negociar con ETA. Y eso es sólo un ejemplo. Hay

cuestiones de Estado que no se pueden tratar en secreto con quien las va a

contar luego como los niños acusones. Ese fue un error del flamante candidato a

la Presidencia del Gobierno. Es grave, pero no es definitivamente desalentador.

Errando se aprende. Quizá a estas horas don Adolfo Suárez y don Felipe González

hayan aprendido que en un sistema democrático no se puede hacer siempre la

política enfrentándose en las urnas, huyendo el bulto en el Parlamento y

guiñándose un ojo en el rincón del gabinete. Y además, y por otra parte, el

electorado habrá aprendido que no conviene Insistir en mandarnos al Congreso a

energúmenos, tartamudos, paracaidistas, camaleones y otros raros ejemplares de

la variopinta especie humana.—Jaime CAMPMANY.

 

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