Autor: Javaloyes Berenguer, José. 
   De Quebec a Euzkadi     
 
 ABC.    24/05/1980.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

OPINIÓN

SÁBADO 24-5-80

De Quebec a Euzkadi

No importa mucho a los españoles. En el cuadro de tensiones separatistas que

pugnan por desviar, desvirtuar y frustrar las libertades autonómicas y todas las

demás libertades, lo ocurrido en Quebec debiera sernos muy aleccionador. El

rechazo por las gentes de aquella parte del Canadá de la propuesta secesionista

ha dado ejemplarmente la medida de lo que es el sentido de la responsabilidad

nacional frente a las tentaciones nacionalistas.

Merece, ciertamente, toda cautela cualquier nacionalismo de fracción, todo

diferencialismo regionalista

capaz de extravasar y desbordar una peculiaridad local. La moraleja y

conclusión, en este sentido, de la consulta de Quebec expresa algo que es

totalmente opuesto a cuantos en España otorgan un primado a los sentimientos

nacionalistas y no reparan —o conscientemente lo silencian— en las

desembocaduras y conclusiones posibles de tal posición. Entre el autogobierno

como demanda y la autodeterminación como resultado posible se sitúa un espacio

de ambigüedad en el que pueden parecer o extraviarse entidades nacionales

equipadas como Estado, de gran solera histórica y probada virtud para concertar

la convivencia, fecunda y en paz, de comunidades menores.

Nos parece evidente que la homogénea y sustancial mayoría francófona en la

provincia de Quebec compone de por si un entramado de sentimientos y realidades

diferenciales mucho más rico y más denso, en su peculiaridad y en su peso como

grupo singularizado, que el ofrecido por el total conjunto canadiense.

Demográfica, lingüistica y culturalmente, Quebec compone una realidad

infinitamente más especifica que el entero conjunto del Canadá, tan abierto y

casi rendido a la enorme gravitación de los Estados Unidos. Por la escala de sus

magnitudes geográficas, además, Quebec se encuentra más que dotado para

emprender el rumbo de una existencia nacional independiente.

Y, sin embargo, ha sido el otro sentimiento de nación y el otro concepto de

patria —el de gran empresa en común, el de gran proyecto compartido por grupos

Incuestionablemente diversos— lo que ha prevalecido y se ha impuesto lúcida y

soberanamente. Pese a ser Canadá, como patria común, como nación grande, mucho

más un diseño apenas esbozado que un proyecto cabal y construido sobre cimientos

históricos de la profundidad y amplitud que caracterizan el basamento de las

grandes naciones, de las grandes patrias de Europa. Y pese a consistir Canadá en

una Federación y no en un Estado unitario.

Las gentes de Quebec han reaccionado a contrapelo de lo que tantos en España

dicen que es el sentido de la Historia en este concreto particular de los

nacionalismos. Y mucho más que el peso y la fuerza de las consideraciones de

tipo económico —que si la Inseguridad ante la general crisis, que si la factura

del petróleo, etc.—, lo que ha pesado en los votantes de Quebec es la ausencia

del neoleninismo, de ese paradójico internacionalismo nacionalista que encarna

en España el terrorismo etarra y de ese otro micropatriotismo mesocrático y de

revancha, formalmente opuesto al primero y realmente coincidente con él en su

virtualidad disgrega-dora de la patria.

Los canadienses, con seguridad plena, serán capaces de corregir tos desajustes

internos de su espacio nacional. No harán con el Estado suyo otro experimento

que el de la revisión de algunos hábitos y procedimientos en la administración

del mismo. Otra cosa no la necesitan. Los de Quebec, con más fundamento y

viabilidad mayor que la mayoría inmensa de las comunidades soberanas que en el

mundo son, han renunciado a tener un Estado. Para seguir siendo más no han

querido ser ni tener tanto.

Pero también es verdad que sus votos contrarios a la separación o a formas más

profundas de autonomía han sido rigurosamente libres, sin acciones terroristas

de flanco en apoyo de la independencia. Entre otras cosas, Quebec no es ni ha

querido ser Euzkadi.—José JAVALOYES.

 

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