Autor: Fernández Ordóñez, Francisco José. 
   Un socialismo diferenciado     
 
 Diario 16.    30/05/1980.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Diario16/30 mayo-80 LIBROS DE

OPINIÓN

Analiza Ignacio Sotelo, en el conjunto de escritos que componen este libro, el

contenido específico del «socialismo democrático», encuadrándolo en la Europa de

hoy en día, donde se ha superado ya tanto la opción socialdemócrata como la

leninista. Uno de los objetivos de la obra es, sin duda, el intento de trazar

una nueva estrategia para la izquierda.

Un socialismo diferenciado

Francisco Fernández Ordóñez

Ignacio Sotelo: «El socialismo democrático». Taurus Ediciones. Madrid 1980. 192

páginas.

El libro de Ignacio Sotelo está centrado en un tiempo del socialismo —el de hoy—

y . en un lugar determinado —el europe —. Aunque parece confinado a la

experiencia de cuatro países de la CEE, una parte considerable de sus páginas se

destina a la reflexión sobre la circunstancia española.

La pluralidad de regímenes políticos que se reclaman de la ideología socialista,

desde las burocracias colectivistas hasta las diferentes organizaciones del

Tercer Mundo pasando por simples dictaduras militares, obligan a acotar sin duda

la expresión de socialismo democrático a unos lugares y fechas muy concretas. Al

investigar esa realidad, el autor se encuentra necesariamente con su expresión

política más concreta: la socialdemocracia.

Aparece así este excelente conjunto de escritos de Sotelo en el centro de una

tensión entre el socialismo marxista y la social-democracia, «Entre la

socialdemocracia y el marxismo, el socialismo democrático corre el riesgo de

evaporarse». ¿Es posible una identidad conceptual propia del socialismo

democrático?

En Europa no parece posible el sendero revolucionario para el socialismo. Las

experiencias revolucionarias tampoco han sido felices porque han producido como

resultado unos sistemas

políticos que difícilmente pueden ofrecerse como una utopía atractiva. Junto a

ello, la socialdemocracia reformista después de rechazar al marxismo, ha sido la

gran fuerza creadora de la forma de capitalismo avanzado que ha dominado el

crecimiento europeo durante las últimas décadas.

La idea de democratización

En resumen, la obsesión del logro de sus objetivos últimos ha convertido al

socialismo en una palabra incapaz de presentar como propio un sólo modelo

estimulante en el mundo. La obsesión de los objetivos penúltimos, de la eficacia

de los medios, ha convertido a la socialdemocracia europea en una versión

dulcificada del capitalismo.

Si para el autor del libro no cabe en Europa el socialismo revolucionario, y es

esencial la diferencia entre socialismo y socialdemocracia, ¿cuál es la vía

socialista hacia el socialismo? ¿qué es el socialismo democrático, y sobre ,todo

qué puede ser?

A mi juicio todo este enorme desafio intelectual y político, desmontando el

planteamiento clásico que se encuentra en el libro de Revel, «La tentación

totalitaria», es el que dota de contenido a estas páginas de Ignacio Sotelo

escritas con indudable rigor y evidente interés.

Para Sotelo, que reconoce la crisis de identidad

actual en el socialismo, la superación de este dilema se encuentra en la idea de

democratización, que sería para el socialismo democrático lo que es la idea de

revolución para el socialismo marxista.

Democracia supone, por supuesto, la igualdad social, identidad entre gobernantes

y gobernados. Con ello el socialismo «recupera su dimensión utópica como

gobierno de todos y se diferencia nítidamente de la socialdemocracia». El

socialismo se construirá así no sólo desdé el Gobierno sino desde la sociedad.

En una palabra, esta idea de democratización significa «el desmontaje progresivo

de las estructuras oligárquicas de poder».

Rechazar los dogmatismos

Creo que esta búsqueda de Sotelo por un socialismo diferenciado del marxismo

revolucionario y de

la socialdemocracia, encuentra su dificultad mayor no en el plano de los

planteamientos conceptuales sino en el de los programas políticos concretos. Así

por ejemplo, el último proyecto económico del PSOE puede ser clasificado

tranquilamente como socialdemócrata, y sus diferencias con cualquier otro

programa sinceramente reformador —no pseudorreformista—

Esta obra es un compendio de trabajos o artículos sobre la situación actual de

la ideología socialista.

Como resultado de la crisis que atraviesa el marxismo surge un concepto de

socialismo confuso y de difícil entronque en la cambiante sociedad actual, con

este libro, Sotelo aporta su colaboración a la clarificación de los conceptos

socialismo marxista, socialismo democrático y socialdemocracia.

serán de grado y no cualitativas. Es evidente que las respuestas concretas a los

problemas concretos, la política de alianzas y de compromisos, y sobre todo la

profundidad de las propuestas, serán las que resolverán la cuestión de identidad

del socialismo democrático, que no puede sino asumir la praxis reformista si no

quiere volverse de espaldas a la realidad.

En cualquier caso, todos somos conscientes de que la crisis de los sistemas

industriales modernos va a configurar alternativas políticas diferentes.

Probablemente no van a cambiar los antiguos sueños del hombre pero sí la

ordenación de sus valores, y desde luego se va a producir una mutuación profunda

de los modelos de referencia. En este sentido, lo más interesante del libro de

Sotelo es que está escrito seriamente con el convencimiento implícito de que

vivimos una hora difícil para cualquier dogmatismo.

• Laureano López Rodó: «las autonomías, encrucijada de España», Ediciones

Aguilar, 1980. 500 páginas. Un nuevo libro de un político en retirada que

afronta el polémico tema de la construcción del Estado de las autonomías con una

mezcla de argumentos jurídicos—el ex ministro de Franco es catedrático de

Derecho Administrativo— y políticos. Analiza la configuración constitucional

de la estructura del Estado en calificar de asistemático el ordenamiento

constitucional en esta materia.Su punto de vista político le lleva a

rechazar la denominación de las «nacionalidades» para pasar a proponer una

reforma de la Constitución o una ley orgánica que canalice una especie de

descentralización administrativa.

• Mariano Navarro Rubio, «Ser Rey», Editorial Dossat, Barcelona, 1980. Otro

ex ministro de Franco que reaparece con un libro impreso. Esta vez no lo hace

con un tema económico, sino con un texto directamente político. El autor

trata de fijar la figura del Rey constitucional como arbitro que está por encima

de los partidos. Se muestra como «monárquico cerebral».

• Amando de Miguel, «Los intelectuales bonitos», Editorial Planeta,

Barcelona, 1980. Este nuevo libro del sociólogo De Miguel arremete, con tuerta

acritud, contra los llamados intelectuales españoles que, según el autor, hoy

con «torres de marfil» que están bien subvencionadas. El intelectual es un ser

en constante espera de destino: el sillón de ministro o el puesto en el partido.

Con un estilo ameno, directo y divertido analiza las generaciones actuales de

ideólogos, pensadores y escritores, llegando a citar y retratar hasta un total

de 350 nombres de los calificados como intelectuales.

• La recién inaugurada Feria del Libro ofrece algunas novedades de

libros políticos y de pensamiento, así como reediciones de textos clásicos,

entre otros, de Ortega y Gasset y Rousseau. Aparece también otro ensayo

histórico de Ramón Tamames, «España 1931-1975» o el contrapuesto de las

«Ideas para la reconstrucción de una España con futuro», de Manuel Fraga

Iribarne. Entre las reediciones hay texto importante de Salvador de Madariaga.

• César Ruiz-Ocaña. «Los Ejércitos españoles». «Las Fuerzas Armadas en

la defensa nacional».

Editorial San Martín. Madrid. 1980. 447 páginas. Primera obra editada en España

que reúne toda la información sobre historia, organización y efectivos de

las Fuerzas Armadas españolas, así como del Cuerpo de la Guardia Civil y la

Policía Nacional. Un libro útil para los interesados en los temas militares

y la industria nacional de guerra.

Textos

«Aceptados los cauces de la reforma política y después del éxito alcanzado en

las primeras elecciones generales del 15 de junio, el objetivo del PSOE tenia

que consistir en provocar la ruptura, llegando al poder lo antes posible. El

futuro democrático del país tendría un cariz muy distinto, si la izquierda

llevaba a cabo las reformas pertinentes, o si, por el contrario, la democracia

se limitaba a legitimar las estructuras de poder heredadas. Si la derecha

lograba salvar la crisis de la transición, sin perder el control del aparato del

Estado, y es capaz de llevar adelante las reformas desde la perspectiva de sus

intereses, podría afianzarse por muchos años. Tal vez pasasen algunas décadas

hasta que a la izquierda se le presentase otra oportunidad histórica parecida.

Establecer una estrategia socialista de conquista del poder, para convertir la

reforma en ruptura,.chocaba con un maximalismo seudoizquierdista, que desconfía

de toda política de acercamiento al poder, como una desviación a la derecha, y

con un oportunismo simplificador, que creía que el poder llegarla

indefectiblemente en la forma de Gobierno de coalición, y que, por tanto, no

habría que saber esperar sin maliciar al futuro aliado. Ambas posiciones

resultaron convergentes en la misma dirección de distanciar al PSOE del poder.

Los primeros renunciaron de hecho a cualquier forma de lucha por el poder, sin

ofrecer otra alternativa que la critica del oportunismo de los socialdemócratas

y la alabanza de los viejos principios inalterables. Los segundos, esperando la

coalición, nada querían hacer que pudiera parecer conflictivo o provocador. Pero

se trataba, no de compartir el poder con la derecha, sino de intentar

arrebatárselo.

Desplazar a la derecha del poder, o por lo menos, del disfrute en solitario del

poder, fue el objetivo del PSOE en las pasadas elecciones del 1 de marzo. Medido

por este rasero,hay que dejar constancia de la derrota socialista. De poco sirve

esconder la cabeza debajo del ala y escurrir el bulto, aludiendo a una indudable

consolidación de los resultados, sorprendentemente altos del 15 de junio.

Cierto, el PSOE se ha ratificado como el partido mayoritario de la oposición,

pero también UCD se ha consolidado como el partido gobernante. Lo grave es que

esta situación muy bien pudiera durar muchos años: si extrapolamos las actuales

tendencias, UCD gobierna y el PSOE continúa siendo el partido mayoritario de la

oposición, pero cada vez a menor distancia de los comunistas y a mayor de UCD.

El panorama no es muy esperanzador, para aquél que tenga una mínima sensibilidad

política o le importe el porvenir democrático de nuestro país.

Dos cuestiones se imponen. ¿Fue realista y atinada la meta de relevo en el

Gobierno, que se propusieron los socialistas? En tal caso, ¿cuáles han sido las

causas del fracaso? Lo primero que hay que decir, en el momento de la derrota de

la izquierda, es que la estrategia del PSOE, en sus lineas generales, ha sido

correcta. Muy poco feliz, en cambio, la forma concreta de llevarla a la

práctica. Los años 76 y 77 mostraron que las fuerzas democráticas eran demasiado

débiles para cuestionar el orden institucional establecido.

No hubo otro remedio que intentar avanzar por los angostos canales que abrió la

derecha desde el poder, a la búsqueda de su propia legitimación democrática. El

éxito alcanzado por los socialistas el 15 de junio revalidó plenamente esta

estrategia: aceptar la reforma, para provocar desde dentro, y con la ayuda de

los votos, una ruptura expresada en un cambio de Gobierno. Había que empujar

desde el poder las reformas económicas, sociales y administrativas mínimas

imprescindibles para que la democracia fuese algo más que la fachada

institucional, que salvaguarda y legitima los intereses de siempre.

El PSOE centró su estrategia en dos objetivos claves que parecían y siguen

pareciendo, acertados: Primero, Constitución democrática, que no podía ser más

que pactada; segundo, tan pronto la Constitución aprobada, obligar al Gobierno a

convocar elecciones generales, con la esperanza fundada de que el electorado

pasase la cuenta a un Gobierno ucedista que se había caracterizado por su

debilidad e ineficacia. Se trataba de cerrar asi el proceso de reforma, con el

salto cualitativo que hubiera significado un Gobierno socialista.

Se ha conseguido el primer objetivo, que los socialistas compartían con las

demás fuerzas políticas de derechas y de izquierdas. Se ha fracasado en el

segundo, que contaba con la hostilidad manifiesta de la derecha, lo que es bien

natural, y de los comunistas, lo que pudiera ser más sorprendente. En el afán de

constreñir al PSOE, haciendo todo lo posible para impedir su crecimiento, han

coincidido UCD y PCE.

Desde la legalización del PCE en la Semana Santa de 1977, hasta las últimas

elecciones generales, no poco se explica por la comunidad de intereses ucedistas

y comunistas por cerrar el paso a una alternativa socialista. A nadie ha podido

sorprender que la derecha camaleónica española emplee todos los medios a su

alcance —y son muchos y muy fuertes— para impedir el que el proceso de reforma

hubiera implicado un cambio de verdad, llevando al PSOE al Gobierno; más

llamativo y digno de atención es la actitud de una izquierda que gira en la

órbita del PCE, empeñada también en impedir la única alternativa de izquierda

que, a corto plazo, aparecía en el horizonte. La contradicción que ha marcado al

PCE consistía en negar, en las circunstancias de la transición, la posibilidad

de una alternativa de izquierdas a la política de UCD, y criticar, por otro

lado, al PSOE, porque no seria esta alternativa.

 

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