La peseta devaluada     
 
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LA PESETA. DEVALUADA

En ejecución de las directrices básicas establecidas por el Gobierno, y de

acuerdo con el criterio de la Comisión Interministerial de Reservas, el Banco de

España ha modificado su cambio de intervención en el mercado de divisas de

Madrid, permitiendo que la peseta se depreciara en un 10 por 100,

aproximadamente, frente al dólar.

Una medida tan drástica como supone la devaluación contiene, dentro de unos

planteamientos generales, multitud de facetas que no cabe desconocer ni tan

siquiera en una aproximación al tema. De modo inmediato se favorece la

exportación y se dificulta la importación. Se facilita la venida de turistas y

se encarece el pago de los réditos de la deuda exterior. Se procura la

penetración de productos españoles de todo tipo en los mercados exteriores y se

restringe la venida de productos, igualmente sin discriminación, procedentes del

exterior.

Así, de un lado se estima que se reducirá el déficit corriente en unas cifras

que oscilarán entre los 600 y 1.000 millones de dólares, mientras que el cálculo

del incremento dé gastos sobre nuestras obligadas importaciones de crudos debe

quedar comprendido en el aumento del deftactor de los precios de la demanda

global, que el Ministerio de Hacienda calcula en un 1,40 por 100 en un año. Y

quizá así vengan más turistas de los previstos hace un mes, fechas en que la

demanda aparecía francamente retraída, aunque paguemos la devaluación con un

aumento del índice medio nacional del coste de la vida —basado en nuestras

importaciones de alimentos— de un 0,40 por 100,

Las razones para devaluar aparecen claras. Quizá más claras- que en julio de

1975, cuando el entonces ministro de Comercio, señor Cerón, desmentía rumores de

devaluación, afirmando que tal medida no tenía justificación. Existen, en suma,

argumentos en contra y a favor, y cabe que, de nuevo, el país conceda su

confianza al equipo gubernamental, que, indudablemente, habrá sopesado pros y

contras antes de tomar su decisión.

Pero, de todos modos, no cabe juzgar, en puridad, como acierto o desacierto el

hecho concreto de devaluar la moneda. Tal medida forma parte de un programa

económico cuyos restantes términos no

han sido aún definidos. Subrayar el propósito del Gobierno de mantener una

actuación coherente en materia económica, de conducir al país a una política

monetaria prudente, que combata la inflación y mantenga un cierto control sobre

precios y salarios, .es simplemente manifestar una buena intención, un deseo que

todos compartimos. Y lograrlo, algo que exige nuevas medidas —aunque no • sean

tan drásticas— y unas mayores definiciones en tertenos muy concretos.

El equilibrio —no parece que, como en 1967, la devaluación vaya a ser acompañada

por fuertes medidas estabilizadoras, pero tampoco que a su abrigo se pretenda

reanimar prematuramente la economía nacional— es difícil. Cabe que se produzca

es lo deseable— un incremento de la demanda exterior, y también que, como

apuntaba ayer el vicepresidente y ministro de Hacienda, se recupere la inversión

industrial al mejorar las expectativas de ventas al extranjero. Mas no debe

olvidarse que toda devaluación es inflacionista y que, al deteriorar la relación

real de intercambio, deprime el nivel de vida del país, y no sólo

psicológicamente. Con lo que este descenso en el valor de nuestra moneda pudiera

repercutir en las negociaciones salariales y en la conflictividad salarial.

Por todo ello resulta evidente el emplazamiento del Gobierno, su compromiso para

explicar al país, cuanto antes, las restantes variables de su política en

materia económica. La devaluación no puede entenderse- como una solución mágica

que disipe nuestros graves problemas. Es una. decisión impopular que comporta

indudables sacrificios, que ha sido tomada sin consultar al país —quizá porque

tal consulta no era posible— y que debe justificarse en el marco de un programa

completo. Completo en sus directrices, en los caminos a seguir y en los

objetivos a lograr.

 

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