Autor: Carvajal, Mery. 
 Declaraciones de monseñor Tarancón. 
 A mí no me ha amenazado nadie     
 
 Pueblo.    23/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 22. 

Declaraciones de monseñor Tarancón

VICENTE Enrique y Tarancón aparenta exactamente los sesenta años necesarios para

parecer un patriarca. Está justo en la edad del pelo blanco, el pitillo pronto,

la ironía fácil, la palabra justa y el sexto sentido. Le he pedido cinco minutos

tras la disertación inicial de la XXV Asamblea Plenaria de la Conferencia

Episcopal.

—Cinco minutos justos, que. luego vosotros os alargáis.

Y mira el reloj de oro amarillo, con la cadena de eslabones grandes y separados.

Una auténtica joya de nuestros días. Enciende un pitillo, de una marca nada

corriente, y se presta a ser interrogado, sonriendo y gesticulando. «Qué tío

nías listo», dice un comentarista anónimo.

—¿Qué se va a tratar en esta asamblea?

—Ya son conocidos los temas. En resumen, son los referentes a la catcquesis; los

seminarios (este tema me parece de los´ más trascendentales), los estatutos de

la, Conferencia —y me refiero a su renovación, porque no son definitivos los

actuales— y la liturgia en castellano, para Ib cual la Real Academia Española de

la Lengua está estudiando el cómo adaptarla.

.Monseñor Tarancón es miembro de la Academia, en sustitución de Menéndez Pidal,

ya hace años, y le gusta el fútbol tanto que a veces sus declaraciones parecen

una auténtica final de Copa. Emocionantes, fuertes, driblando lo posible y

marcándose un gol como una casa. Incluso cuela los penalties que da gloria,

dicho sea con todo respeto. Su «curriculum vitae» dice que fue obispo de Solsona

durante dieciocho años; después, arzobispo de Oviedo; luego, secretarlo de [a

Conferencia Episcopal; más tarde, arzobispo de Toledo. En abril de 1969 se le

asciende a cardenal, A la muerte de monseñor Morcillo se le nombra administrador

apostólico de Madrid. Dos años después es elevado a cardenal-arzobispo de

Madrid-Alcalá, y al año siguiente, a presidente de la Conferencia Episcopal.

Naturalmente, es miembro permanente del Sínodo de Obispos.

UN JERSEY ROJO

—¿Ha recibido amenazas, monseñor?

—A mi no me ¡ha amenazado nadie. Yo sólo veo buenas caras en toda la gente.

De verdad que no sé nada de amenazas.

—¿De la extrema derecha tampoco, de los guerrilleros?

—No. Na he recibido amenazas.

Monseñor recibió hace algún tiempo al jurado ´de empresa de Standard, y cuentan

que llevaba un jersey rojo. Y dicen también que. es aficionado a los calcetines

de colores chillones. Es la anécdota del color. Le llamaron • en la plaza dé

Oriente, el pasado día 20, «hijo del Papa»». Habrá de ser por su obediencia a

Roma, quizá.

—Esta asamblea, ¿ha tenido alguna influencia de la recientemente votada reforma

política?

—No tíene nada que ver. La Iglesia goza de plena in-

dependencia, y esto estaba decidido antes de la votación de la reforma. Sería

preferible, sin embargo, que los temas se discutiesen en comisiones, y no en una

asamblea.

—¿Por qué no ha venido monseñor Guerra Campos?

—Quizá no habrá llegado a tiempo. Creo que estaba en Roma, y a lo mejor está

camino hacia aquí. No veáis significados distintos.

—¿Cómo considera usted su actitud política con respecto al 20 de noviembre?

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—Muy respetable. Yo tengo mi criterio, y él, él suyo. La Iglesia no tiene ideas

obligatorias, y como españoles podemos pensar de distinta manera. Yo apoyo la

reforma política, y él dijo «no» en las Cortes.

—Los obispos procuradores, ¿serán los últimos?

—Eso espero, -porque no creo que se presente a candidato ningún obispo, aunque

todo puede ser, con permiso de la Santa Sede.

—¿Y desaparecerán también los obispos del Consejo del Reino?

—Eso es otra cosa. En el Consejo del Reino hay miembros técnicos, que son los

ñatos, y entre ellos hay un obispo, que quizá desaparezca, Y luego están los

miembros políticos, que son los nombrados a dedo.

Monseñor miró el reloj, y dijo:

—Bueno, ya está bien. Me has pedido cinco minutos, y han pasado diez y medio.

Hay que cumplir con lo que uno se compromete.

Encendió de nuevo el pitillo, que se le habla apagado, y se lo llevaron los

obispos para disfrutar los diez minutos de asueto que aún quedaban. Se fue

sonriendo, y aún escuchó, con respeto católico:

—Gracias, monseñor.

Mery CARVAJAL Foto MOLLEDA

PUEBLO 23 de noviembre de 1976

 

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