Autor: Jiménez Lozano, José. 
   La lucha de las investiduras     
 
 El País.    17/07/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

La lucha de las investiduras

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO

La renuncia del Rey de España al privilegio de presentación de obispos rompe una

tradición secular de la cristiandad española, ya inviable sin embargo en el

mundo moderno en que las cristiandades han desaparecido como tales y la Iglesia,

lo mismo que el Estado, reivindican su independencia y libertad, y abre una

nueva etapa en sus relaciones.

Los monarcas ^españoles, por razones históricas conectadas a un pasado de

simbiosis político-religiosa, han venido gozando desde fines del siglo XV de ese

privilegio de presentación de obispos. La II

República española no lo utilizó ni hizo valer, pero después de 1939 el

privilegio fue de nuevo reconocido al Jefe del Estado y se explícito en el

Concordato de 1953. Mejor o peor ha venido funcionando un poco como reliquia

histórica y seguramente un mucho como control del Estado sobre la Iglesia, a la

que en contraprestación se concedió en aquel Concordato toda una serie de

privilegios que hoy nos parecen a todos —incluida la misma Iglesia— algo

excesivos. El Vaticano II hizo suya la vieja fórmula del catolicismo liberal que

Pablo VI, antes de subir al Pontificado, citó en vísperas del Concilio en el

Ayuntamiento de Roma como un preanuncio de lo que la doctrina del Concilio sería

a este respecto: «La Iglesia libre en el Estado libre».

La experiencia histórica había mostrado a esta Iglesia que la intervención del

poder temporal en la designación de sus pastores, si siempre resultaba lesiva

para los intereses religiosos confundidos con los temporales hasta el punto de

que los obisposvenían a ser, como se decía de los prelados franceses de tiempos

de Napoleón, prefectos de violeta, o sea, gobernador vestido de ropas talares de

ese color, ahora era intolerable. La Iglesia afirmó en el Vaticano II que no

deseaba privilegios de ninguna clase y ni siquiera tenía un específico interés

en defender a ultranza la confesionalidad de un Estado, pero a la vez invitó a

los Jefes de Estado de aquellos países en que el privilegio de presentación

estuviera vigente a que renunciaran a él, porque la Iglesia tampoco quería ni

dar la sensación siquiera de estar enfeudada al poder temporal y reclamaba por

el contrario para sí el derecho de pronunciarse críticamente frente a las

realidades socio-políticas concretas en un determinado momento. La Jefatura del

Estado en España no renunció sin embargo y la provisión de sedes episcopales ha

estado en los últimos años resistiéndose de las tensiones que ha habido entre

Estado e Iglesia, ya que el Estado se ha mostrado muy celoso de ese su

privilegio y no siempre le ha sido posible a la Santa Sede nombrar nuevos

obispos bajo el expediente de obispos auxiliares con derecho a sucesión.

La renuncia del Rey, pues, en cuanto se instrumentalice jurídicamente, va a

suponer por lo pronto el arreglo inmediato de esa ya preocupante´ cuestión de

provisión de diócesis vacantes,´pero además va a ser el signo externo de que la

Iglesia no se mueve en los aledaños del poder ni es cierva sumisa del mismo: una

sensación que la Iglesia de este país necesita ciertamente dar de manera urgente

y en volumen notable. Ahora es necesario que la Iglesia española y Roma, que sin

duda cancelan hoy en nuestro país algo asi como el último episodio de la lucha

por la no investidura laica de la función de pastor de almas, responda a su vez

con la misma generosidad que lo ha hecho el Monarca español, renunciando a

múltiples privilegios legales que ya no tienen sentido y sólo hacen que

perjudicar su prestigio y su carácter específicamente religioso.

El Estado español da un paso con esta determinación real hacia una sana laicidad

y la Iglesia recupera su libertad: no es más que el cumplimiento de la teología

del Vaticano II y de la voluntad de la mayoría de los españoles, pero no es nada

menos que esto y esto ha sido una pesadilla que venía envenenando las relaciones

Iglesia-Estado y confundiendo ámbitos temporales y espirituales en un país como

éste que tanta necesidad y premura tiene en diferenciarlos. Quizás mayor que

otro alguno.

 

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