Autor: Palenzuela Velázquez, Antonio (obispo de Segovia). 
   La Iglesia y el poder político     
 
 Arriba.    21/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

CDel libro «Cual es ei pensamiento de la Iglesia respecto a la política», que

editará próximamente

La Gaya Ciencia. El artículo Se reproduce por expreso consentimiento del autor y

de la editorial)

LA IGLESIA Y EL PODER POLÍTICO

Monseñor A. PALENZUELA

La fe cristiana y, por consiguiente, la Iglesia, no pueden ser neutrates en et

campo de la política, donde tantas veces están en juego (a «causa» de Dios y la

«causa» del hombre. Pero la inserción de la fe y de la Iglesia en el campo

político no es tan simple como a primera vista pudiera creerse. En tomo al tema

podría escribirse una larga historia de tanteos y fracasos. No le es fácil al

creyente estar como creyente y a la Iglesia como Iglesia en este mundo. De ahí

ia constante tentación de simplificar las cosas y la también constante acusación

de duplicidad, ambigüedad y huida. A lo largo de la Historio, los cristianos y

la Iglesia han creído bastantes veces, apresurada e Ingenuamente, que el señorío

de Dios y de Cristo quedaban establecidos «de un modo inmediato» pac el poder

político del príncipe, del Estado, de una clase, de una élite. No en el orden de

las creencias, sin duda, pero sí implícitamente en la práctica, se tendía a

confundir la «paz de Cristo» con un determinado orden social, la fe cristiana

con la cultura y civilización cristiana. Y, sin embargo, las cosas no han ido

mejor, cuando la Iglesia y los cristianos se han cerrado al mundo político

moderno y han emprendido el camino de la «espiritualización», pues de este modo

apoyaban implícitamente en su misma abstención a los poderes en cada caso

dominantes, culturales, económicos y políticos, en la sociedad. Ni la Iglesia ni

los creyentes pueden escapar de la condición humana ni. por consiguiente, dejar

de tener un peso y ejercer un influjo, en uno u otro sentido, en la sociedad y

en su ordenación política. La Iglesia y los cristianos no pueden rehuir la tarea

de descubrir una y otra vez para cada nueva situación histórica —aqui no bastan

fas principios generales y los Imperativos— a través de la luz de la fe y de la

práctica la manera de participar evangélicamente en la vida social y política.

Lo exige el servicio a los hombres y aun la misma evangellzación considerada sin

más. El mensaje del evangelio les sonará a «los pobres» de diverso modo,

hablando en general, conforme al lugar que en la sociedad ocupen las comunidades

cristianas que se lo dicen. No basta con asegurarse de la «verdad en sí mismo»;

para que sea siquiera entendido un mensaje y un mensaje dirigido a «los pobres»

es necesario, además, atender a cómo «están» quienes lo anuncien, en una

sociedad, con sus relaciones de dominio y sometimiento, de acumulación y

despojo.

Pero se ha de reconocer que ni la organización política de la sociedad ni el

poder político son la expresión «directa y específica» del dinamismo de la fe

cristiana. No son el medio «específico» de que se ha de valer la iglesia, ni

tampoco el cristiano como el cristiano, para cumplir su misión propia, de

servicio al Reino y a los hombres. Ese servicio tiene, sin duda, consecuencias

políticas. Pero no puede recabar para sí, como medio propio y exigido justamente

por su condición de servicio de la fe, ni cora potencia ni poder político

alguno. Además, cualquier participación de los cristianos en un proyecto y

acción política, aunque se lleve a cabo, por su parte, bajo la Inspiración y los

motivos de la fe y del compromiso cristiano, no agota las virtualidades de la

fe, la libertad, el amor y el compromiso evangélico. El Remo de Dios rebasará

siempre cualquier logro de cualquier acción y proyecto político dentro cíe las

condiciones de la Historia.

Lo comunidad política es la comunidad política. La comunidad cristiana es la

comunidad cristiana. No pueden confundirse. La Iglesia no puede convertirse en

Estado, como tampoco el Estado en Iglesia. No pueden acortarse impacientemente

los plazos para la llegada del Reino de Dios, valiéndose de la coacción, del

poder político aquella comunidad que lo ha de proponer a la libre aceptación de

los hombres. Por eso tampoco resulta aceptable que el Estado sea Estado «de» la

Iglesia y en función de ella y de su peculiar misión o, a su vez, la Iglesia sea

Iglesia «del» Estado y en función de él y de sus objetivos propios. En su

colaboración en el común servicio a la causa del hombre, una y otra comunidad

han de respetar sus diferencias de naturaleza, objetivos y medios para

alcanzarlos.

Hay aquí por medio una «diferencia abierta por Jesús». Esta «diferencia» entre

la comunidad cristiana y el orden y poder político es ínsuprimible. La condena a

muerte de Jesús impide su confusión, aunque impaciencias, ilusiones e

interpretaciones y prácticas de una colaboración necesaria entre la una y el

otro la hayan puesto hartas veces en peligro. Es, además, una condición

necesaria para la libertad y liberación de! hombre. Jesús, además de renunciar

al poder político, al establecido y al de la oposición violenta, lo

«desacraliza». Lo despoja de aquella condición «inmediatamente divina» que había

pretendido en la Antigüedad y vuelve a pretender en nuestros tiempos, cuando,

clara o solapadamente, quiere ser exclusivo, definitivo y total. El Poder no

podrá ya sostener y conformar «totalmente» la vida entera de los hombres.

Permanece, sin embargo, como algo necesario, el orden y el poder político. Pero

su necesidad será sólo relativa a las condiciones pasajeras y provisionales de

este mundo y en orden a mantener y fomentar la libertad y justicia civil entre

hombre y hombre, entre colectividad y colectividad, en un proceso siempre

inacabado. La comunidad política no es el Reino de Dios ni llegará a serlo

nunca; pero sus servicios a la libertad y justicia de los hombres, aunque sean

limitados y provisionales y «no se logren sin el ejercicio del Poder»,

contribuyen, de algún modo positivamente, oí señorío de Dios «en» la total

liberación del hombre.

La comunidad cristiana conoce y acepta ese señorío de Dios, iniciado ya en

Cristo. Lo ofrece a la aceptación-creyente y a la esperanza de todos los

hombres, pero no lo organiza, mediante el Poder, en un determinado orden

político. Sólo de este modo mantendrá la comunidad cristiana, libre de

falseamientos y convincente, su testimonio sobre la trascendencia de la

liberación total del hombre y del venidero Reino de Dios respecto a las

realizaciones de cualquier orden y poder político. Pero ello no significa que,

por la «causa» de Dios y del hombre, deje de interesarse por la comunidad

política, hacerse responsable de ella «ante Dios» y, en cumplimlento de su tarea

propia, participar también en las tareas de ia comunidad política. Pero lo hará

desde su libertad fundada en su adhesión a Jesús, que inicia el venidero señorío

de Dios en contradicción con toda ideología, orden establecido y poder que

esclavice al hombre y le cierre al futuro de Dios, y con solos los medios

conformes a su naturaleza y misión. Este es el problema de la comunidad

cristiana: no poder dejar de interesarse apasionadamente por la comunidad

política en la que está en juego, al menos en parte, la humanización y

liberación del hombre, abrirse espacio libre en una sociedad más o menos

dominada por el Poder, carecer del poder político y, a la vez. estar expuesta a

todas las tentaciones del Poder.

 

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