Un año después     
 
 Fuerza Nueva.    27/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

UN ANO DESPUÉS

La Conferencia Episcopal Española cumple estos días sus bodas de plata de

reuniones plenarías. Veinticinco plenarias que cubren diez años apasionantes y

difíciles de la historia de la Iglesia en España.

Pero desde hace justamente un año ha cambiado el rumbo de la historia del país.

La muerte de Franco, la llegada del Rey, los titubeos políticos de los diez

primeros meses y la decidida, aunque parcial, reforma política del Gobierno

Suárez, marcan un cambio sustancial, en el que la Iglesia se encuentra inmersa

como parte que es del conjunto nacional. Los obispos son conscientes de todo

esto. Una vez más, la Historia plantea a la Iglesia un desafío al que ésta

deberá contestar con humildad y audacia evangélicas.

Un año después de que todo siguiera igual, todo es bastante distinto en España.

La batalla política que, al fin, supuso una resonante victoria gubernamental en

las Cortes franquistas, marca un nuevo rumbo, aún tímido, en las relaciones

entre el pueblo y el poder. Entre el reformismo fraguista y la ruptura

plenamente democrática, se ha encontrado un tercer camino: el de la pacífica

evolución que, como todos los términos medios, tiene sus vaguedades e

inconvenientes. Pero que supone «el no va más» del Régimen. Ni se podía esperar,

ni, sensatamente quizás, se podía forzar más la máquina evolutiva. El Régimen

toca techo de su propia fuerza de evolución e incluso ha llegado más allá de lo

que algunos preveían. El haraquiri político que las Cortes se han hecho, contra

viento y marea bunquerianos, puede ser una lección muy aprovechable. Ahora le

toca a la oposición marcar cauces y atenerse a la vieja definición de la

política como arte de lo posible y no como utopía. Los restantes cambios que

hacen falla habrá que fiarlos a la propia evolución iniciada.

Siempre es de lamentar que esta mediana reforma se haya hecho entre los de

siempre y que al pueblo se le dé casi todo hecho, con el único condicionamiento

de decir «amén». Pero atengámonos a lo posible y lo posible era esto.

La Iglesia así lo ve y así lo reconoce, y por ello no han faltado las palabras

de aliento de la Jerarquía, en línea de compromiso con el pueblo, y sin que ello

suponga apoyo político partidista. Todo el mundo está más o menos de acuerdo en

que ¡a Iglesia española ha jugado con inteligencia su baza cristiana.

Ahora que casi lodo es política en el país de la despolitización durante

cuarenta años, la Iglesia no podrá eludir el enrarecido clima, y aunque en el

orden del día de la XXV Plenaria Episcopal no figure ningún tema político

expreso, los obispos tendrán que pisar en la tierra. Afortunadamente, nadie

parece esperar definiciones ni proclamas, y el clima episcopal es distendido y

sereno. La auténtica democracia será, sin duda, un estupendo camino para que los

cristianos nos dediquemos, como tales, a la suprema misión de predicar el

Evangelio. Con los pies en la tierra, desde luego, pero sin desviaciones

supletorias.

En el terreno puramente civil hay algo que urge aclarar: la distinción entre

auténtica política y «matonismo» casi gangsteriano; la diferencia entre política

de extrema alienación —izquierda o derecha—, y violencia propia de delincuentes.

Ningún favor le hacen a los extremos, que por muy extremos que sean, deben ser

«políticos», es decir, civilizados, convivientes, dialogantes v negociadores;

ningún favor le hacen a los extremos políticos las incontroladas (¿son de verdad

tan incontroladas?} partidas de la porra, que todo parecen querer arrasarlo a

fuego y bofetada. Eso no es política, ni ideología, ni nada. Es simple y neta

delincuencia. Ya nos basta con los desmanes criminales cometidos por unos y

otros en aquellos albores sangrientos de la última guerra. De esa guerra que

debería ser la última y sólo así podría intentar demostrar su, al menos, mínima

posible eficacia.

La política es civilización. El crimen es destrucción. Ninguna comunidad avanza

a golpe de sangre. Sólo el diálogo salva. Esta es nuestra oportunidad. Por

largo, intrincado y difícil que él diálogo sea, por aparentemente vagos que

puedan ser sus iniciales logros, el diálogo es nuestra única arma.

La Iglesia quiere apuntarse al decisivo empujón hacia el diálogo. Solo eso puede

querer. Si por lo que se lucha es por el pueblo, por la gente, por el país, y no

por el poder como ostentación, todas las fuerzas que aquí significan algo tienen

que emprender con humilde decisión el camino del diálogo. En este momento de

tensiones sólo debe haber un vencedor claro: el país entero, que, por cierto,

está demostrando una envidiable sensatez, y a quien podría considerarse

verdadero motor del cambio.

Al margen de matizaciones científicas, hay que recordar que la Iglesia española

se ha identificado demasiadas veces con los sectores más reaccionarios de la

nación, hasta el punto de ser confundida con una clase social y política. El

esfuerzo que estos años se ha hecho para desbaratar esa confusión, debe seguir

haciéndose. Y no va a ser fácil. Quizá hemos conseguido ya lo más difícil, y la

prudencia episcopal para evitar condenas está siendo, creemos, productiva. La

paciencia bien entendida también es una virtud importante.

No echamos nuestras campanas al vuelo de una ilusión democrática que todavía

vemos relativamente lejana. Echamos al vuelo, una esquilita de esperanza, que

quiere estar segura de encontrar pronto ecos más amplios.

 

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