Autor: García Escudero, José María (NEMO). 
   Mil semanas en la historia de España     
 
 Vida Nueva.    04/12/1976.  Página: 85-92. Páginas: 7. Párrafos: 48. 

MIL SEMANAS´ EN LA HISTORIA DE ESPAÑA

1955

• 8 de diciembre: España ingresa en la ONU como Estado miembro.

1956

• 16 de febrero: cesa Ruiz Giménez como ministro de Educación Nacional; 7 de

abril: independencia de Marruecos.

1957

• 17 de mayo: Ley de Principios fundamentales; 20 de julio: España ingresa en

la Organización europea de cooperación económica; 22 de julio: Plan de

estabilización; 21 de diciembre: el Presidente Eisenhower llega a Madrid en

visita oficial.

1962

• 9 de febrero: España pide la apertura de negociaciones con la Comunidad

económica europea; 10 de julio: nuevo Gobierno, con Fraga como

ministro de Información y Turismo.

1963

• 28 de diciembre: primer Plan de desarrollo.

1966

• 18 de marzo: Ley de Prensa e imprenta; 14 de diciembre: referéndum sobre la

Ley Orgánica del Estado.

1967

• 10 de enero: promulgación de la Ley Orgánica; 28 de junio: Leyes de

libertad religiosa y orgánica del Movimiento.

1968

• 12 de octubre: independencia de Guinea.

1969

• 3 de julio: presentación al Consejo Nacional del proyecto de asociaciones;

22 de julio: Franco propone a las Cortes el nombramiento de Don Juan Carlos de

Borbón como sucesor a titulo de Rey; 23 de julio: Don Juan Carlos acepta la

sucesión y jura ante las Cortes; 9 de agosto: primeras diligencias en el

caso "Matesa"; 29 de octubre: nuevo Gobierno; cesan Castiella, Fraga

y Solís.

1970

• 30 de diciembre: indulto de las penas de muerte dictadas en el

Consejo de guerra de Burgos contra los terroristas de la ETA.

1971

• 16 de febrero: Ley sindical.

1973

• 23 de enero: documento de la Conferencia episcopal sobre la Iglesia y

la comunidad política; 9 de junio: e[ almirante Carrero Blanco es nombrado

presidente del Gobierno; 20 de diciembre: el almirante Carrero Blanco es

asesinado; 29 de diciembre: Don Carlos Arias Navarro es nombrado presidente del

Gobierno.

1974

• 4 de enero: Gobierno Arias; 12 de febrero: discurso del presidente del

Gobierno ante las Cortes; 30 de octubre: cese de los ministros Barrera de Irimo

y Cabanillas; 21 de diciembre: Decreto-Ley sobre asociaciones políticas.

1975

• 22 de agosto: el Consejo de Ministros aprueba el Decreto-Ley contra el

terrorismo,y cuatro Decretos regulando el estatuto jurídico de las aso

elaciones.

Mil semanas de Vida Nueva

En 1955 estaba plenamente vigente en España el Estado confesional. Hoy se le

pretende caracterizar refiriéndose despectivamente al «escándalo césaropapista»

y al «nacional-catolicismo»; pero esto solamente acredita escaso sentido de

justicia y ningún sentido histórico. Hoy partimos de una idea de la

secularización que rechaza la aspiración de organizar la sociedad según un

patrón religioso y lleva naturalmente al Estado laico, que si no está aún

explícitamente en la doctrina de la Iglesia, está desde luego en su horizonte.

El Estado confesional, a lo sumo, es algo sobre lo que debe decidir la autoridad

civil, pero que la Iglesia no pide ni íntimamente desea. La comparación entre la

famosa Carta colectiva del episcopado en 1937 y la declaración de los obispos en

1973 da la mejor idea de la enorme distancia recorrida. Tanta, que hay quienes

reaccionan ante ella como ante una claudicación aunque otros apreciemos en la

nueva actitud un progreso religioso y, políticamente, la eliminación de la

permanente causa de tensión que fue la adscripción de la Iglesia a situaciones

temporales. Pero en 1937, y todavía veinte años después, no ya la Iglesia

española, sino la Iglesia universal, veía en el Estado confesional un ideal por

el que muchos españoles habían arriesgado o perdido sus vidas y en el que a

nuestro modo servíamos a Dios (¿pero qué cristiano de qué tiempo y de qué lugar

no está condenado a servir a Dios «a su manera»?).

Tampoco debe extrañar —lo sorprendente habría sido lo contrario— que el

revestimiento político de ese Estado se inspirase en los modelos de la época,

complementados con el de una tradición que asimismo se oponía al régimen de

partidos que con tan dramático resultado habíamos experimentado. No se

desconocía a los vencidos, pero se aspiraba a integrarlos fuera de la política,

por medio de la revolución que ellos no habían podido hacer, pero que harían los

vencedores. ¡Cuánta ilusión! Pero el fácil escepticismo que irresistiblemente

suscita el comparar tan ambiciosas aspiraciones con la pobre realidad

sociológica de aquella España y con el egoísmo de quienes nada habían aprendido

de la dura prueba sufrida no debe extenderse a la seriedad de una mística

minoritaria, entre apostólica y revolucionaria (la revolución —escribía yo por

entonces—, ¿qué mejor introducción a la cristianización?), que únicamente podrá

sorprender a quienes hoy intentan reconstruir la fisonomía de aquellos años sólo

al nivel de sus indiscutibles carencias y sordideces. No era esto lo que

apreciaba el jesuíta francés Robert Bosc cuando nos visitó y registró «la

intensa renovación espiritual», la «violencia y la pureza» de esa renovación,

una exaltación de los valores cristianos y españoles que «puede parecer

quimérica, ingenua, quijotesca», pero a la que «no falta grandeza»; la «obsesión

de santidad y de apostolicidad» y «el espectáculo de esa prodigiosa tensión

hacia el ideal».

No todo era «La colmena», de Cela.

Sólo ese espíritu explica que aquel Estado resistiese la dura prueba del

aislamiento internacional. En 1955 esta prueba se podía considerar superada. Dos

años antes España había suscrito e] Concordato con la Santa Sede y los acuerdos

con los Estados Unidos. En aquel mismo año ingresaba en la ONU. El 21 de

diciembre de 1959, el presidente Bisenhower visitaría a Franco en Madrid.

Indiscutiblemente, era el triunfo.

Pero también era el principio de la etapa que el historiador Claude Martin

caracteriza como «la de los hechos sin brillo de la vida cotidiana». Cuando el

régimen, libre de amenazas exteriores, tendrá que enfrentarse con el magno

problema de la reconciliación interior.

LAS DOS ESPAÑAS

Lo que esta nueva etapa iba a revelar progresivamente sería: que «la otra

España» seguía existiendo; que, prácticamente, podía considerarse irreductible,

al menos por los procedimientos utilizados hasta entonces; y que consistía no

tanto en hombres como, sobre todo, en un repertorio de valores trascendentes a

esta o aquella expresión histórica concreta. La realidad es terca y acaba

prevaleciendo sobre las ilusiones; en nuestro caso, la realidad apuntaba, por

encima de las fórmulas oficiales, a otra fórmula, no monolítica, sino de

diálogo, como el que venía aplicándose con éxito indiscutible en la Europa

occidental, aunque le pudiésemos añadir todas las peculiaridades indispensables

para no reincidir en nuestro fracaso anterior.

No se trataría, por consiguiente, de volver atrás, pero sí de admitir que las

dos Españas, en cuanto les es sustancial —no, repito, en sus manifestaciones

políticas coyunturales—, son cualquier cosa menos una invención y que la

solución de nuestro problema no podrá ser nunca la eliminación de ninguna, sino

su armonía.

A demostrarlo he dedicado una reciente obra, que he titulado precisamente

«Historia política de las dos Españas», y lleva al frente unos versos de Antonio

Machado. No los que todos se imaginan, del españolito al que una de las dos

Españas ha de helarle el corazón, que cuentan lo que ha pasado realmente, sino

estos otros:

«Busca tu complementario, que marcha siempre contigo v suele ser tu contrario»,

que dicen lo que debería haber pasado.

Ahora bien; este nuevo planteamiento iba a oponer dentro de la España vencedora

las dos tendencias del inmovilismo y de la apertura, en cuya tensión está la

clave de los treinta y tantos años de paz y del porvenir.

Los hechos han demostrado que la tendencia mayoritaria era la inmovilista o

excluyente, aunque me parece justo observar que lo mismo habría pasado si

hubiese ganado la guerra el bando contrario. En España, los conciliadores han

sido siempre minoría; generalmente, minoría sacrificada. La España vencedora era

fundamentalmente la España de la derecha, con sus grandes virtudes y con sus

vicios indiscutibles. Apoyándose en éstos se opondrá a los sucesivos intentos de

apertura: en lo social y en lo cultural, primero; en la política, después.

La apertura social había sido el programa revolucionario de la Falange, y quedó

frustrado en las jornadas de Salamanca, en abril de 1937. Tendríamos

paternalismo, no revolución. Aunque seguramente eso era inevitable, visto lo que

constituía mayoritariamen-te la España nacional y también lo que suponían sus

revolucionarios.

La apertura intelectual la representaron la Falange de los años cuarenta y,

durante el período 1951-1956, la política de Ruiz Giménez desde el Ministerio de

Educación; en su vertiente religiosa, el movimiento de la autocrítica que se

desarrolló durante la década de los cincuenta. ¿Qué pretendía la autocrítica?

Descubrir la verdad religiosa de España (la que había anticipado Manuel Azaña,

cuando declaró que España había dejado de ser católica, sólo que lo dijo mal y

de forma que tenía que ser mal entendido) para sacar las consecuencias

pertinentes. Lo cual explica el escándalo que la autocrítica produjo y que

acabásemos chocando con el alto muro en contra, con el pétreo inmovilismo que,

con mayor razón, se opondrá a la apertura política cuando ésta se produzca.

Pero antes sobrevino el desarrollo económico.

No es hermoso el panorama de una cristiandad dividida en dos bandos, cada uno de

los cuales enarbola su "pedazo, de Papa".

(V.N. 19-IX-68).

LA OTRA CARA DE ESPAÑA

Había pronosticado Azaña: «durante cincuenta años, los españoles están

condenados a pobreza estrecha y a trabajos forzados, si no quieren verse en la

necesidad de sustentarse con la corteza de los árboles». El pronóstico llevaba

trazas de realizarse cuando en 1950 el inglés Brenan nos visita y registra su

impresión «deprimente» de «un país cuya ruta a... no me atrevo a decir

prosperidad, sino sencillamente condiciones tolerables (de vida) está

bloqueada». Pero los nombres de esa España de la miseria que Brenan ve

(Torremolinos, Marbella), son los nombres que el mundo ha aprendido después a

relacionar con la España de la prosperidad, y el mismo Brenan, en la edición que

publicó quince años después, debe reconocer que «la cara de España» (es el

título de su libro) ha cambiado tanto que casi no la puede reconocer.

Y esto por muchas reservas que le pongamos. ¿Desarrollo?; y Julián Marías

contesta: ¡mal desarrollo! Pero no tanto que en el extremo de allí esté la

España de la alpargata y en el de acá la España del «Seat». Al terminar la

década de los sesenta nos encontramos con una sociedad nueva. Por graves que

sean las deficiencias en el reparto de la riqueza, hay más riqueza, y son muchos

menos los españoles sin nada, y más los que tienen algo y, a consecuencia de

ello, se ha formado una extensa clase media que antes no teníamos y a cuya falta

se debe atribuir la radicalización crónica de nuestra política. Similar a las

que constituyen la base estabilizadora de otras sociedades, en esa clase

tenemos, por primera vez en nuestra historia, la condición objetiva

indispensable para la convivencia.

Eso sí, para una convivencia sobre bases nuevas. Incluso han desaparecido,

absorbidos por las nuevas condiciones de vida, Io5 antagonistas de la guerra

civil: e campesino de la España naciona y el proletario urbano de la otra

España. A la nueva clase, práctica, hedonista, descristianizada y tolerante,

nada puede decirle el viejo sueño confesional y totalitario; sí entiende, en

cambio, otras fórmulas más cercanas a las de esa Europa hacia las que el mismo

desarrollo económico parece empujarnos inevitablemente, pero de la que aquel

ensueño nos separa no menos irresistiblemente. Será el problema del desarrollo

político, que se plantea inmediatamente después del económico.

EL DESARROLLO POLÍTICO

El momento clave es la promulgación a principios de 1967 de la Ley Orgánica del

Estado.

Lo anterior fue el desarrollo lógico desde la investidura personal de octubre de

1936 hasta la constitución de un Estado, no precisamente fascista, pero sí ins.

pirado en la concepción apolítica a que me he referido al principio. Lo que en

él corresponde a la línea de autoridad, llega a configurarse definitivamente en

la mencionada Ley Orgánica como un complejo sistema de pesos y equilibrios, que,

si bien se aparta del modelo parlamentario —con el que tan mal nos fue—, en

beneficio de unos Gobiernos fuertes —que tanto echamos siempre de menos—, somete

todas sus piezas a un adecuado control constitucional y pone sobre el conjunto

una Monarquía representativa y armonizadora, que es hoy por hoy el único tipo de

Monarquía posible en el mundo (La designación de Don Juan Carlos de Borbón como

sucesor a título de Rey eliminaría una causa de zozobra en la cúspide, a lo que

ha contribuido la creciente presencia del Príncipe en la vida española). El

sistema, en suma, puede merecer una conceptuación discreta en el Derecho

constitucional comparado y permitiría de sobra alcanzar los objetivos del

desarrollo político si no fuese por las siguientes circunstancias.

En primer lugar, que el sistema se presenta más bien como una prevención de

futuro que como una realidad de presente, no sólo porque no ha llegado a

funcionar en su totalidad, sino porque sobre él se proyecta la que ha sido

llamada «dictadura potencial o de resorte» del actual Jefe del Estado, que en

todo momento puede ejercitar sus plenos poderes, pero que es mucho más que eso,

pues, por la fuerza de su personalidad, su autoridad actúa, no intermitente,

sino constantemente y yo añadiría que inevitablemente, incluso fuera de la

voluntad de su titular, con las naturales consecuencias en cuanto a la

efectividad plena de aquellas instituciones que funcionan ya y la lógica

incertidumbre respecto de las que no funcionan.

En segundo lugar, sucede que la integración requerida depende, no tanto de los

mecanismos de autoridad del sistema como de los mecanismos representativos, en

los que todavía estamos en pleno apoliticismo, es decir, en la llamada

democracia orgánica, que evidentemente no ha llegado a funcionar con toda la

autenticidad deseable, incluso desde sus propios supuestos, pero que, aun cuando

lo consiguiera, sería poco para una moderna sociedad pluralista, como hace años

percibía Ramiro de Maeztu cuando, después de sus contactos con el gremialismo

británico, pedía «que un zapatero vote como un zapatero, pero también que vote

como hombre».

Habrá que volver a gritar que el único camino para construir sin crisis de

confianza es el de valorar más lo que une a los hombres que lo que les separa.

(V.N. 26-X-68).

Pensando en la autenticidad, hubo quien se contentaba con pedir que el sistema

fuese lo que dice qué es; aunque habría que preguntarse si no hay una

contradicción de fondo entre un sistema configurado para una sociedad

sindicalista y el hecho de que esa sociedad no se haya conseguido, sino una

sociedad capitalista que ha devuelto al Sindicato a su anterior posición

horizontal como órgano de reivindicación social, con cuanto ello exige de

aspereza, lucha y oposición y parece difícilmente compatible con su actual

encaje dentro del Estado. Pero si en este orden de cosas la contradicción no se

ha resuelto, en el aspecto político la aspiración que expresaba Maeztu es la que

procuró satisfacer la Ley Orgánica del Estado, colocando, al lado de la

representación orgánica, las asociaciones políticas.

Serían como la Prensa, que, a partir de la Ley del 18 de marzo de 1966, que por

algo ha significado el paso político más importante de los últimos años, ha

hecho posible un real contraste de parecerse, al margen del sistema

representativo oficial, pero autentificándolo y vivificándolo todo; aunque no es

difícil prever que unas asociaciones auténticas influirían profundamente en

dicho sistema, incluso si no fuese modificado, metiendo en él la sustancia de

los partidos. No debe preocupar demasiado si se tiene en cuenta que los

resultados del régimen de partidos han sido muy distintos de los nuestros en

aquellos países donde ha habido unanimidad en lo fundamental, colaboración y no

guerra a muerte; que España cuenta hoy con la base sociológica de estabilidad

que le faltaba en 1936 y que alguna utilidad habrían de tener las prevenciones

legales encaminadas a impedir que las asociaciones pudieran convertirse en lo

que los partidos fueron aquí a lo largo de una experiencia demasiado amarga para

querer verla repetida.

Que se repetiría a pesar de todo es lo que estimaron sus adversarios y lo que

dio lugar a que, cuando en 1969 parecía inminente su regulación sobre las líneas

maestras de la Ley Orgánica, se les diese cerrojazo.

DE "MATESA" AL GOBIERNO ARIAS

1969 es un momento de plenitud del régimen, que ha realizado el desarrollo

económico, parece dispuesto a acometer el político y está a punto de arrebatar

definitivamente sus banderas a la oposición; pero es precisamente entonces

cuando se inicia una paralización de cuatro años, cuyas consecuencias aún es

imposible medir, pero que en cualquier caso han sido y serán graves.

En el principio de todo está el asunto «Matesa», mal conocido y peor manejado,

cuyo poder de erosión habría podido ser contrarrestado por una información a

tiempo que lo hubiese reducido a sus exactas proporciones, pero que, sobre todo,

al tener unas consecuencias políticas opuestas a las que se podían esperar,

fortaleciendo a los equipos inmovilistas, inició la paralización mencionada.

No me parece indispensable detallar los acontecimientos de ese período, durante

el cual (y el hecho invita a que lo relacionemos con la interrupción de la

apertura) hace acto de presencia el extremismo, tanto de derecha como de

izquierda, y dentro de éste la siniestra manifestación del terrorismo, que al

cabo se cobró la vida del presidente del Gobierno, almirante Carrero Blanco. Son

también los años de la máxima operatividad pública del «Opus», cuyo

enjuiciamiento sereno no se ha hecho todavía, pero en el que se puede ver el

imposible intento de resucitar el catolicismo de conquista de los primeros años

del régimen, cuya realización se pretende manifiestamente a destiempo, lo que

pondrá más de relieve sus peligros y sus miserias.

Ser católico es esperar contra toda esperanza, es pertenecer a un rebaño que es

de Cristo, pero que está compuesto por pastores y ovejas mediocres.

(V.N. 16-XI-68).

Cuando, el 12 de febrero de 1974, el nuevo presidente, Carlos Arias Navarro,

expone ante las Cortes su programa, trata notoriamente de empalmar con la línea

interrumpida en 1969; el Decreto-Ley del 21 de diciembre, regulando las

asociaciones, será la prueba. Sin embargo, hay las siguientes diferencias con la

oportunidad perdida cuatro años atrás.

La crisis económica mundial, que tenía que repercutir en nuestra patria poniendo

fin al optimismo económico de los años sesenta; problema no superado todavía,

aunque ya se le pueda contemplar con mayor tranquilidad que hace un año; más en

el mundo que en España.

La fuerza creciente con que «la otra España» se hace visible, y no me refiero a

ninguna prolongación de los planteamientos concretos de la guerra civil, sino a

esa masa difusa de opinión cuyo denominador común podría ser la tendencia a la

socialización que ya casi no es una opción política, hasta tal punto forma parte

de la concepción moderna del Estado. La diferencia con la situación de hace años

sería la mayor dificultad para que esa opinión pueda encajar en una izquierda

nacional, digamos, doméstica: conforme con el régimen y con su marchamo.

La residencia del inmovilismo, que se traduce en las lentitudes, frenazos,

recortes y estrechamientos de los cauces oficiales, ya de suyo tardías. Es el

fruto de los vicios tradicionales de la derecha: su miedo a la libertad y a la

innovación; su falta de sentido histórico y del gusto de la convivencia con los

que no son ella misma.

La falta de sentido político (¿pero quién ha dicho que .nuestro pueblo sea un

pueblo político?) en quienes procedentes del régimen y sustancialmente afines,

se sienten lógicamente decepcionados por la insuficiencia de la apertura

oficial, pero ilógicamente la rechazan en nombre de un período constituyente

teóricamente tan atractivo como los innumerables que durante cerca de dos siglos

han ensayado los españoles sin cosechar más que fracasos. Aunque una cosa sea

período constituyente, y otra, reforma constitucional.

El radicalismo de la oposición auténtica, que a los vicios tradicionales de la

derecha opone los vicios tradicionales de la izquierda: falta de sentido de la

realidad, utopismo, resentimiento, ningún sentido de la continuidad.

El problema continúa siendo pasar de un régimen de autoridad a otro de

representación sin el peligro que supondría tener que improvisarlo el día de

mañana.

El escollo sigue siendo el mismo contra el que venimos estrellándonos los

españoles durante doscientos años: el extremismo. De izquierdas o de derechas,

porque cada uno se alimenta del otro y mutuamente se dan vida. Mayor presencia

inmediata parece que corresponde al de izquierdas, y no pienso sólo en el

irracionalismo del terrorismo, sino en quienes, sin participar del morboso

cultivo de la violencia por la violencia, pretenden ir al marxismo saltándose el

liberalismo, es decir, saltándose la libertad, y esto cuando en el mundo se está

desembocando en fórmulas mixtas cuyos matices no pueden ser más distintos del

simplismo con que ellos proceden.

Tener un gran rebaño a fuerza de tapiar las puertas del aprisco, convertir a las

ovejas en borregos, nunca fue la táctica del Buen Pastor ni puede ser la

nuestra.

(V.N. 15-11-69).

Estos a quienes me refiero son a menudo cristianos, y sacerdotes, y no se

limitan a presentar el marxismo como una opción posible, sino que pretenten

imponerlo en cuanto cristianos y hasta reducen a eso su fe cristiana.

Prescindiendo de las consideraciones a que esto último se presta desde el punto

de vista religioso, y de la consecuencia positiva que supone el que por primera

vez haya cristianos al «otro lado», no puedo por menos de señalar la

consecuencia negativa de esa nueva politización; ¿pues ante qué estamos sino

ante otro nacional-catolicismo, aunque esta vez tengamos que llamarle

socialcatolicismo? El ¡Dios lo quiere! de los cruzados, recalentado y aplicado a

la guerra santa contra el capitalismo.

Hablo, ya se entiende, por cuenta propia, y me consta que a contrapelo de

muchos; pero precisamente en cuanto a éstos, lo primero que les debo es

sinceridad. Añadiré que no es fenómeno que me obsesione, porque lo considero tan

espectacular como pasajero. Al fin y al cabo, es sólo un sucedáneo temporal de

las auténticas opciones políticas y otras politizaciones ha sufrido el

cristianismo y ha sobrevivido a ellas. Políticamente, ya es otra cosa; desde

este punto de vista, sí que hay motivo para preocuparse. Porque si ese o

cualquier exclusivismo prevaleciera —y ya he dicho que todo extremismo llama a

su contrario—, podríamos despedirnos de un porvenir civilizado; todo sería pasar

la página y vuelta a empezar.

José María GARCÍA ESCUDERO

 

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