Autor: Iniesta, Alberto. 
   Una Iglesia nueva para una España nueva     
 
 El País.    16/06/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EL PAÍS, viernes 16 de junio de 1978

OPINIÓN

Una Iglesia nueva para una España nueva

No se pretende, naturalmente, tomar la palabra «nueva» en un sentido absoluto,

sino relativo. Ni la sociedad española ha cambiado completamente, ni la Iglesia

española podría, aunque quisiera, partir realmente de cero^ Solamente se intenta

aportar algunas reflexiones, encaminadas a la búsqueda del nuevo rol de la

Iglesia en una sociedad pluralista y democrática, y ello no por una adaptación

oportunista y demagógica, infiel a sus principios, que hiciera almoneda de

cuestiones fundamentales para ponerse a la page, sino precisamente para ser más

coherente consigo misma. Creo que el cristiano y la Iglesia debemos y podemos

ser simultáneamente fieles al Evangelio y al Hombre. Precisamente por ser más

fieles al Evangelio, debemos ser fieles al hombre y a la sociedad de nuestro

tiempo.

Y, a la vez, sólo desde una entrega fraternal al hombre de hoy y a sus problemas

podremos hacer una lectura lúcida, profunda y «cristiana» del Evangelio de

siempre. En nuestro concepto, hay aquí algo más que un sano círculo hermético.

Aunque también éste funciona, nuestra fe nos dice que !a ley de la Encarnación

supone que el cristianismo sólo se comprende en toda su pureza-en la misma

acción, porque en ella se actualiza el Espíritu de Dios, que hace nuevas todas

las cosas, que da al creyente una comprensión experiencial del hecho cristiano

en su mismo cumplimiento, o,_al menos, en su intento de cumplimiento. Jesús

decía a sus discípulos en la última cena: «Cuando hagáis esto, comprederéis lo

que os digo.» Y esta dinámica Palabra-Acción-Luz es y debe ser una constante en

la ortopraxis cristiana. Por ello, creo que la Iglesia de España debería buscar

cuál debe ser, en este momento, su nuevo papel en la España nueva que estamos

alumbrando entre todos. Se me ocurren, entre otras, las siguientes actitudes:

Asumir el pluralismo

Asumir con mirada de fe el pluralismo, y aceptarlo con respeto y con convicción.

Podrían caber aquí dos posturas. En primer lugar, porque no hay más remedio,

pero de modo que si pudiéramos evitar toda expresión pluralista del pensamiento

o de la práctica social, lo impediríamos. Esto es lo que ha predominado mucho en

la Iglesia de los últimos tiempos. O bien, por convicción, porque creemos, por

una parte, que en los diversos tanteos de los hombres de buena voluntad hay una

ayuda profunda de Dios, y una pista de los caminos de Dios, de la que podemos

aprender. Pero además, porque aun suponiendo el error y el pecado, Dios ha

querido ese estilo de hombre, un nombre que libremente va hacia el bien,

inclusive con el mal o a través del mal, y la Iglesia no puede ser más divina

que Dios ni pretender enmendarle la plana. Es decir: hemos de asumir el

pluralismo convencidamente, voluntariamente y alegremente, por lo que tiene de

respeto a la libertad del hombre, a la variedad de lo real y a los planes de

Dios en la creación.

Reconsiderar su papel en el mundo

Que no es propiamente el de cobijar a todos los hombres bajo sus ramas, sino el

de ser signo y sacramento de la salvación que Dios ofrece a los hombres,

referencia constante al Absoluto a través del Dios que nos presenta Jesús de

Nazaret. Un cristiano cree que Dios está en el fondo del corazón de todos los

hombres de buena voluntad,_aunque no lo sepan. Dios quiere salvar a todos los

hombres, pero esta salvación no pasa necesariamente por la pertenencia social é

histórica a la Iglesia. Por eso, la Inglesia invita a todos a la fe de Cristo,

pero no tiene que estar obsesionada por el número de los que pertenecen a ella.

Anunciar un cristianismo de rostro humano

La Iglesia debe insistir en la predicación y la vivencia-de.un cristianismo de

rostro humano, por encima de legajismos. Las leyes son necesarias, pero siempre

relativas y pasajeras. En cada época hay que actualizarlas o cambiarlas, de

acuerdo con la nueva situación del hombre y de la sociedad. En la duda, debe

prevalecer siempre la persona sobre, la ley; el Espíritu, sobre la letra; la

bondad de Dios, por encima del juicio; la esperanza, por encima del fracaso.

No preocuparse tanto de lo institucional como de lo testimonial

Tratar de descargarse de todas las cargas institucionales que ya no se

demuestren como absolutamente imprescindibles. Y, en caso de duda, abandonarlas.

Para así dejar más libertad al Espíritu, para así estar más libres ante nosotros

y ante el resto de la sociedad; más pobres, más ligeros de equipaje, para vivir

las bienaventuranzas, que tienen siempre unas exigencias de desprendimiento, de

camino y de espíritu de lo provisional.

Estar siempre a) servicio del hombre

Este servicio es el sacramento de la comunión con otros grupos no creyentes, y

para nosotros es, al mismo tiempo, signo de Cristo y de Dios, cuyo mandamiento

principal es el amor, y el amor no sólo de palabras, sino con obras y en la

verdad. En esta actitud de servicio al hombre podemos unirnos sin ningún peligro

de traicionar nuestro mensaje, sino todo lo contrario.

Por encima de" proyectos y de estrategias concretas y partidistas o partidarias,

salir siempre por los grandes valores humanos, por las grandes actitudes. Pero,

eso sí: en casos concretos, y, por tanto, encarnados con toda su ambigüedad;

nunca perfectos ni puros, como es la vida. Aquí también podría haber casos

claros en los que debemos hacer algo, y casos en los que no podemos hacer nada,

y situaciones dudosas, en las cuales no sabemos si debemos actuar o no.

Pues bien: en la-duda, intervenir, colaborar, ayudar. Más vale hacer «el primo»

por ayudar, que ser infieles al hombre y. al mandato de Cristo, y al mismo

Cristo, presente en todo ser humano. Más vale ser tonto útilque tonto inútil.

Dinamizar a sus miembros hacia el compromiso

Empujar a los cristianos para que, desde su fe y con su fe, se comprometan con

el mundo y con el hombre; descubrir una especie de mística de la acción, de la

política, de la lucha por la justicia. Y, al mismo tiempo, como colectivo,

respetar absolutamente el juego y la autonomía de los partidos políticos, sin

inmiscuirse nunca en favorecer o dificultar la adscripción a ninguno de ellos,

dejando este aspecto a la conciencia individual de los creyentes, para el caso

concreto.

Favorecer y estimular la formación colectiva de los cristianos, sí, pero luego

dejando a la conciencia y a la libertad de cada cristiano la opción política

concreta que debe adoptar.

Actualizar algunas posturas teológicas

Aunque ya se ha iniciado, de manera esporádica y tímida, en la Iglesia se

debería promover un amplio estudio.teológico sobre algunas cuestiones que tal y

como están formuladas jio derivan estrictamente de la fe cristiana, sino de las

adaptaciones e inculturaciones inevitables como soluciones a problemas

concretos, pero en contextos muy diferentes a los nuestros. Por ello, un nuevo

análisis de la orientación cristiana sobre esos problemas en nuestra coyuntura

traerían lógicamente unas soluciones diferentes, que deberíamos adoptar

precisamente para ser más fieles al Evangelio. Por ejemplo, el concepto de

autoridad visto desde la fe no tiene un aspecto sagrado sino funcional y

servicial, tanto en la Iglesia, como en la familia, como en la sociedad. La

relación entre fe cristiana y cambio social, renovación o revolución: ¿sacraliza

la fe lo estático e invariable, por sistema? ¿O más bien es fermento de cambio y

de empuje permanente hacia la utopía? O la relación entre fe y acumulación He

riquezas: ¿es indiferente ser multimillonario para ser cristiano? ¿Qué se puede

exigir hoy desde el Evangelio? ¿Y la relación entre cristianismo y propiedad

privada de los medios de producción? ¿Es algo intocable y sagrado o, por el

contrario, es discutible? ¿O inclusive su negación es más coherente con el

Evangelio? Y así, multitud de temas importantes que requerirían una nueva

reflexión no sólo para los laboratorios de teología, sino destinada al gran

público de la Iglesia y de fuera de ella, con el fin de que unos y otros

conozcan realmente su pensamiento sobre, estos problemas, y, por supuesto,

intentando poner en práctica sus conclusiones dentro de la comunidad cristiana.

Relaciones muy sobrias con el poder

Creo que estas relaciones de la Iglesia con los poderes públicos deberían ser

muy sobrias y circunspectas: casi nulas. La Iglesia, por supuesto, debe hacerse

presente en la sociedad, y no encerrarse en el ghetto.

Pero eso no depende necesariamente de que figure entre las instituciones

públicas de poder, ni siquiera de su mayor o menor número de miembros, sino

principalmente de las grandes exigencias éticas de sus componentes y de su

doctrina. Aquí, en la duda, habría que renunciar al pacto y al poder. A la

Iglesia nunca le sentó bien la alianza con el poder o la posesión del poder. Ahí

está la historia para demostrarlo.

Siempre se-empobrece y se deforma, en esos casos; se debilita, se aburguesa, se

instala, claudica, y pierde fuerza evangelizadota. Parece un edificio más de la

City de las grandes ciudades, casi como un banco o un edificio comercial

poderoso. Está allí, visible; pero nadie la mira, si no es para despreciarla.

Pero, a veces, ni eso. Se acostumbran a que sea «así». Y es lo más triste.

En relación con la Iglesia, quizá podríamos dividir, a los españoles en cuatro

grandes líneas, aunque de desigual proporción cuantitativa. En primer lugar, los

practicantes ocasionales, los que van de manera un tanto pasiva o rutinaria,

empujados por la costumbre o por ta presión social, pero sin unas motivaciones

profundas de fe. Después, el pequeño grupo de los creyentes convencidas y

activos, convertidos y responsables. Otro sector es el de aquellos que conservan

cierta influencia o convicción cristiana, pero se han separado definitivamente

de la Iglesia como institución; este número debe ser ya amplio, y verosímilmente

en aumento. Finalmente, el cuarto grupo, el de los que no se han planteado o han

resuelto negativamente el problema religioso, bien por agnosticismo y

ambigüedad, bien por un ateísmo concienciado y sistematizado.

La nueva España necesita esta nueva Iglesia

Pues bien: estimo que estos cuatro grupos de españoles, tan diferentes,

necesitan, aunque por motivos también diversos, de la Iglesia; o, mejor dicho,

de un cierto estilo de Iglesia española y de la renovación y adaptación de esa

Iglesia a las circunstancias reales de los españoles de hoy. Los primeros,

porque con pedagogía y tacto, pero con energía y decisión, hay que conducirles

hacia opciones verdaderamente´ cristianas, a una encrucijada en la cual

espontáneamente, o bien se alejen de actitudes que son incompatibles con el

Evangelio de Cristo —por ejemplo, el rico que sólo se preocupa de enriquecerse y

darse buena vida; el que explota a los demás en negocios sucios; el que quiere

vivir en la Iglesia sin hacer nada por ella ni por el mundo, etcétera—, o se

alejen de la Iglesia. Los segundos, los cristianos activos y críticos, porque

hay que dar cauces auténticos a su dinamismo eclesial para sostenerles y

fortalecerles y aprovechar su energía creadora, en lugar de frenarles y

empujarles a la desesperanza y al exilio fuera de la Institución. A los

terceros, a los cristianos «exiliados», porque aun a distancia, necesitan ver

una Iglesia que no les aleje más, sino que, de algún modo, les atraiga, les

llame ó, almenes, desde halléis sostenga en su fe en Cristo. A los últimos,

porque los agnósticos e increyentes necesitan ver una Iglesia que no les

confirme en que el mensaje que anuncia no puede ser verdad por inhumano, por

desfasado, por incoherente con la vida del hombre real; que no les confirme en

que la religión es el opio del pueblo, sino que les interrogue sobre la

posibilidad de la verdad de la doctrina de Jesús, o, al menos, les haga

comprender que el Cristianismo y la Iglesia son una fuerza más, con otras que

hay en la sociedad, con la que se pue-,de contar para el trabajo de mejorar al

mundo y servir al hombre.

ALBERTO INIESTA Obispo auxiliar de Madrid-Alcala

 

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