Autor: González Ruiz, José María. 
   Dos consejos cariñosos     
 
 El País.    03/05/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 33. 

EL PAIS, miércoles 3 de mayo de 1978

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Dos consejos cariñosos

JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ RUIZ Teólogo

Se trata, lisa y llanamente, de la tan discutida afiliación de un clérigo a

partidos políticos (comunistas o no). Yo aquí me refiero a los partidos que

optan por proyectos de liberación del pueblo, ya que de los otros ni siquiera me

planteo el problema. Antes de entrar en la problemática, es necesario dejar

claro el sentido de los conceptos y expresiones usadas.

Por «partido político» se entiende el grupo que en sentido estricto está

organizado, bajo un programa concreto y con una determinada disciplina, con la

finalidad de llegar, por vías democráticas, a las cimas del poder, o bien

compartiéndolo con otros partidos o bien actuando como partido mayoritario b

incluso único.

Por «afiliación» entendemos la estricta pertenencia al partido, con carnet

numerado, y con la obligación de atenerse a las consecuencias´ de lo que acuerde

la mayoría. Dentro de la afiliación puede haber grados: desde el simple afiliado

hasta el que ostenta un cargo directivo local, comarcal, provincial, regional o

nacional.

Por «clérigo» entendemos, en sentido amplio, a! que ha recibido de la Iglesia un

«ministerio religioso pastoral» engorden a la proclamación del Evangelio, la

animación de la comunidad creyente, la administración de los sacramentos y la

representatividad de la propia comunidad. Se podría dar el caso de un clérigo,

que, con el consentimiento dé su superior, se encontrara en una situación como

de «excedente» temporal. De este último no hablamos.

Para valorar la afiliación del clérigo al partido político partimos de dos

ángulos opuestos: desde la teología cristiana y desde las propias conveniencias

sociales del partido (que se supone funcionar en bien del pueblo).

1. Desde la teología cristiana

La actitud de Jesús, al convocar un grupo de colaboradores para su tarea

religioso-profética, fue claramente la de independencia frente a toda parcela de

poder. Esto quedó demostrado claramente con su muerte: tanto el poder ocupante

como el poder de las fuerzas nacionalistas se confabularon para darle muerte, ya

que su actitud era incómoda, por no aceptar las reglas del juego. Estando muy

cerca del Movimiento de Liberación de-Palestina (los «zelotas»), no quiso

aceptar ni la «afiliación» ni mucho menos el «liderazgo formal» del Movimiento.

Esto produjo, entre estos últimos, una profunda decepción, y quizá el suicidio

de Judas se inscriba en este cuadro.

Las primeras comunidades cristianas no pretendieron nunca presentarse como una

«alternativa» del poder temporal existente; o dicho de otra forma: no ofrecían

una «doctrina política y social cristiana». Aún más, el primer conflicto que

dividió a las comunidades de primera hora fue el problema de si el cristianismo

comportaba un único modelo de «religiosidad», como era el caso de la judía.

Pablo luchó a brazo partido para demostrar que la fe en Cristo podría encarnarse

en diversos espacios «religiosos», aunque lógicamente los condicionaría de

alguna manera. Y así surgieron dos tipos de comunidades: las judeocristianas y

las paganocristianas fraternalmente unidas entre sí.

Posteriormente, los cristianos de Filipos (la primera ciudad europea

evangelizada) le preguntan a Pablo si el cristianismo lleva consigo un

especifico modelo de ética o, por el contrario, ellos, seguidores de la moral

estoica, podían continuar como estaban. La respuesta de Pablo es que los

filipenses pueden «asumir» críticamente la moral estoica, ya que el cristianismo

no conlleva un determinado modelo de ética.

Esta postura es continuada durante los primeros cuatro siglos de las iglesias

cristianas. Pero no por ser contraria a la «afiliación partidaria» dejaba de ser

«política»: el Imperio era muy tolerante con las diversas religiones; pero

exigía dos condiciones: I.) que las religiones fueran, más o menos, étnicas

(judíos, persas, esci--tas, etcétera); y 2.´) que fueran «clasistas» (templos

para libres y templos para esclavos, etcétera). Por el contrarió, el

cristianismo era universal: admitía en su seno a todo tipo de «etnia»; y,

además, no tenía «templos»,- sino casas o locales, donde se reunían

fraternalmente individuos procedentes de todas las clases sociales, y que

practicaban una mística de fraternidad corrió utopía a perseguir.

Este es el significado de la Eucaristía y de la gran oración cristiana: el Padre

Nuestro.

Las autoridades del Imperio empezaron á alarmarse por esta postura, seguras de

que esta mística de fraternidad concientizaría a aquella amalgama de diversas

etnias y de diferentes clases, en orden a luchar por un mundo donde la raza o la

clase social dejaran de ser motivos de discriminación. El Imperio estaba minado

por su basé. De aquí nacieron las persecuciones, que duraron hasta el siglo IV.

En el año 313, el emperador Constantino, con el edicto de Milán, devuelve la paz

a los cristianos: o sea, podían ser ciudadanos del Imperio como los paganos, sin

necesidad de renunciar a su fe. No serían ciudadanos ni perseguidos, ni de

segunda clase.

Al principio hubo una temporada de buena armonía y convivencia» y los cristianos

se sintieron muy relajados. Pero como el Imperio estaba acostumbrado a utilizar

el prestigio de la religiosidad popular para sus fines estrictamente políticos,

pensó que había llegado la hora de cambiar: el cristianismo podría pasar a ser

religión del Imperio. Y así Teodosio, en el edicto de Tesalónica (380), declara

al catolicismo religión de Estado. Hubo un momento de ruptura con la actitud de

Juliano, llamado el Apóstata, que con muy buen acuerdo quiso volver a un Estado

no confesional y plurúreligioso. Pero lo cierto es que se produce una evolución

lenta hasta llegar a un hecho sumamente significativo: es que el año 751, por

primera vez, un Papa, Esteban II, piensa que puede legitimar una dinastía y

coronar a un rey, Pipino el Breve, legitimando la dinastía carolingia.

Pipino, en agradecimiento, conquistó para el Papa los Es´ ados Pontificios. Con

esto, el Papa fue un señor temporal más, • no de los mejores, convirtiéndose

pronto la sede de Roma en objeto de la codicia de los grandes señores romanos,

situación que tuvo su punto culminante desde al 896 al 962.

La figura de estos papas, victoriosos y fuertes frente a los poderes civiles, no

se puede mitificar en modo alguno. El monje Hildebrando, Gregorio VII,

excomulgando a Enrique IV y obligándolo a esperar tres días y tres noches a la

puerta del palacio de Canossa, antes de darle la absolución, no es como

Crisóstomo o Ambrosio, que trabajaban por el pueblo.

La historia posterior sigue la misma línea. Y la Iglesia cristiana se convierte

en una institución ambigua: en su seno hay profetas que se lo juegan todo por la

causa de los oprimidos; y opresores terribles, que en nombre de Dios y vestidos

de ornamentos sagrados cometen los más horrendos crímenes. El Evangelio ha

llegado a nuestros tiempos gracias a esta ambigüedad de la institución eclesial,

que, a pesar de todo, no expulsó completamente de su seno a la serie de profetas

que han seguido los pasos de Jesús´

Resumiendo: la Iglesia como tal (sus hombres más representativos) está

constantemente tentada de poder, como lo estuvo el propio Jesús. Si cae en la

tentación se produce esa grave anomalía: la religiosidad popular se ve reflejada

en esa institución y en sus representantes, y, llevada por esta atracción, no

protesta contra las tropleías que la institución eclesial lleva a cabo,

reconvertida indebidamente en´«reuno de este mundo». Una institución únicamente

laical levantaría más fácilmente la protesta de los oprimidos. Pero el peso de

lo «numinoso», tan estrechamente ligado al poder opresor, es como una losa que

mantiene a las masas en la resignación y en la miseria por mucho tiempo.

2. Desde las conveniencias sociales del partido

Un partido político, sobre todo si lleva el signo de liberación de los oprimidos

y explotados, está en la misma tentación que todos los demás partidos:

necesariamente tendrá que organizarse, disciplinarse, jerarquizarse. La historia

nos demuestra que la «revolución» pura no ha existido nunca.

En un primer momento hay una explosión popular, que puede ser las «tullerias» de

París, el mayo del 68, la primavera de Praga, el 25 de abril portugués,

etcétera. Pero en un segundo momento viene la dificultad de asumir la herencia

del pasado, de consolidar las pocas posiciones obtenidas y de apuntar a un

futuro próximo, que sea una vereda (quizá muy estrecha) hacia la utopía del

proyecto revolucionario.

En estos momentos, estos partidos tienen la gran amenaza de la lucha por el

protagonismo. Es inútil creer que la estructura social borra mágicamente la

maldad del corazón humano: los hombres —incluso los revolucionarios— siguen

siendo codiciosos, avaros, apetentes del.poder, etcétera. Es la condición humana

(a menos que no se produzca una mutación sustancial de la especie, cosa que por

ahora no prevén los antropólogos).

Y aquí se inscribe nuestro problema: en un primer momento el partido popular

(comunista, socialista, etcétera) rechaza a los cristianos, sobre todo a los

curas, porque en la situación anterior de opresión han colaborado muy

activamente, de forma más o menos expresa (en España había obispos procuradores

en Cortes y miembros del Consejo del Reino). Pero, en un segundo momento,

comprende que no se pueden ´depreciar las masas cristianas, que no son pocas, y

que, precisamente, pertenecen a la clase social a la que se dirige el partido en

busca de votos para llevar adelante su programa político. A esto se une que

ya,´en la época anterior, muchos cristia-nos´y no pocos clérigos tomaron

actitudes de lucha y de protesta contra la opresión y represión del régimen

anterior. Esto, lógicamente, los ha acercado a este tipo de partidos políticos,

se han establecido diálogos, se han intercambiado favores y ha habido muchas

veces una absoluta convergencia eri la misma lucha por la justicia.

Finalmente, cuando se organiza la democracia, el partido piensa que un líder

religioso,´que es aceptado por la masa del pueblo y que demuestra una pureza de

entrega, podría ser un magnifico liderpara su propia organización.

En este sentido, yo creo que el planteamiento del partido es correcto desde su

punto de vistai Pero debe ponerse en el punto de vista dé la otra parteé

Una comunidad cristiana rio es ni debe ser homogénea: en ella caben hasta los

pecadores; eso sí, con verdaderos esfuerzos por salir del pecado. Y a! hablar

de. «pecado», me refiero también al gravísimo pecado de ser «capitalista».

Además, entre los miembros de la comunidad puede haber quienes estén afiliados a

otro partido (también buscador de la liberación popular) o a ningún partido.

Pues bien, si el líder religioso de esa comunidad está claramente afiliado a un

partido concreto e incluso ostenta un cargo en él, automáticamente reduce la

posibilidad de su evangélizacióri, ya que los qué no son dé ese partido se

sentirán marginados, desplazados o incluso irritados;.

Pero hay otra consideración-más fuerte: acabamos de ver cómo Constantino,

después de cuatro siglos de persecución a los cristianos, los consideró como

ciudadanos normales. En España, concretamente, el PCE ha considerado que los

miembros cristianos del partido son tan comunistas como los demás: no son

comunistas de segunda o tolerados. Y este planteamiento lo considero

correctísimo.

Pero, amigo como soy del PCE y de todos los demás grupos políticos que trabajan

por la liberación del pueblo oprimido, yo me atrevería a darles un consejo: ¡No

os fiéis de la Iglesia! ¡No os fiéis de los curas, sobre todo de los obispos!

Ahora estamos en las mieles de los primeros momentos, y el PCE (u otro partido)

puede permitirse el lujo de afiliar a los «Crisóstomos» o «Ambrosios» que

constituyen la excepción de la «casta sacerdotal». Pero si no atajáis a tiempo

vuestra permisividad, cuando menos lo penséis, vuestro partido estará dominado

por los clérigos, por los obispos e incluso no faltará un papa que dé su/

bendición urbi et orbi a las masas marxistas reunidas en la inmensa plaza del

Vaticano.

Yo os hablo, como hombre de fe y cómo cura con vocación clara y definida. He

huido del poder dentro de la Iglesia, porque ya era un camino hacia el poder

«tout court». El PCE, por ejemplo, se va convirtiendo en una buena parcela de

poder: tiene una magnífica organización, tiene buenos teóricos,-tiene una

tradición consagrada por sus años de vida^catacumbal y de exilio.

Quizá no sea todavía el poder; pero una parcela de poder lo es. Y de esto, creo,

debéis estar orgullosos. Pues bien, yo doy ahora un doble consejo:

1. A mis compañeros curas y obispos: ¡cuidado con deslumhraros con este nuevo

poder! Quedaps, como siempre, en la retaguardia, lejos de todo el que manda, al

lado del pueblo, junto a esa nueva frontera que inevitablemente marca el hecho

de que un partido tenga voz y voto en un Parlamentó. Así es como se sirve al

pueblo evangélicamente. .Que el pueblo vea en vosotros, no ya procuradores en

Cortes franquistas, pero ni siquiera diputados en Parlamentos burgueses con

representación de fuerzas populares.

Esta es nuestra teología, clara ytajante.

2. A mis amigos que luchan por el socialismo: ¡cuidado con la intrusión de la

clerecía en las Filas de vuestros dirigentes!

No podéis imaginar la capacidad de aglutinación que tiene un líder religioso:

puede ser una persona de poca categoría, pero su aureola religiosa lo hace

aceptable y deseable por la multitud.

Así me explico que, cuando un cura militante en vuestras filas se reduce al

estado laical, no os guste mucho: efectivamente, ha perdido aquel caris-ma que

tan buenos resultados os daba a vuestra política.

Pero si no fuera más que esto yo no diría nada en contra. La cosa es que el

poder es de suyo como diabólico: algún día un cura (como antaño un ex

seminarista georgiano, llamado José Vessarionovich Yugasvili, alias Stalin)

podría convertirse en en hábil tirano qué, en nombre del pueblo y con la

pretensión de servir al pueblo, llenaría de esclavos los campos de concentración

y de huesos torturados los fatídicos cementerios.

Y para terminar, otra advertencia, esta vez a los que de alguna manera mandan en

la Iglesia: no podéis, por ahora, aplicar esta doctrina a los curas afiliados y

militantes en partidos del pueblo, mientras antes (y con toda urgencia) no

hayáis limpiado la Iglesia de vendedores indignos, o sea: de curas que presiden

consejos de administración bancaria, de párrocos cultivadores serviles de las

élites opresoras y represoras del pueblo, y mientras vosotros mismos no

ofrezcáis al pueblo otra imagen (no digo más evangélica, sino simplemente

evangélica), ya que vuestras palabras caerán en el vacío y serán

contraproducentes.

 

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