Autor: Martín Patino, José María. 
 Firmas en Informaciones. Carta con respuesta. 
 ¿A dónde va la sociedad?     
 
 Informaciones.    04/04/1978.  Página: 17-18. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

FIRMAS EN INFORMACIONES

CARTA CON RESPUESTA

UN artículo de Francisco Ayala, publicado en estas páginas el 13 de enero, fue

el motivo para sembrar entre pensadores españoles, esta pregunta: ¿Hacia dónde

va nuestra sociedad? En nuestra carta de invitación nos proponíamos establecer

los principios de un análisis que ayude a establecer las bases de una

prospectiva del futuro humano y más concretamente de los españoles en este

tiempo en que coinciden tendencias e ideologías contrapuestas, que producen

confusión o preocupación.

El articulo de José María Martín Patino, S. J., provicario general del

Arzobispado de Madrid-Alcalá, es la primera de las respuestas pedidas. En un

espléndido artículo, el autor examina nuestra sociedad predemocrática en un

doble análisis del comportamiento social y el pensamiento católico.

¿ADONDE VA LA SOCIEDAD?

Por José María MARTIN PATINO, S. J.

QUERIDO director: Esta pregunta que me hace usted es estremecedora. Si se admite

que viajamos hacía algún sitio o que «peregrinamos», como decimos los creyentes,

la única respuesta adecuada sería señalar la.estación de término. Pero también

se puede caminar y saber él sentido, sin conocer e! fin del viaje.

Basta buscar o dejarse conducir por alguien en quien se confía, como Abraham

hacia la «tierra de la promesa». En esta hipótesis de trabajo, la pregunta

«adonde» se convertiría en esta otra de «por.dónde andamos» o «cuál es

verdaderamente el sentido* que marca la brújula de nuestro barco. Pero, ¿hay

barco o rumbo? Harvey Cox, en su libro «La ciudad secular», y D. L. Munby, en

«Idea of a Secular Society», nos dicen que esta sociedad carece de dirección, lo

cual no quiere decir que no marche. Como tal sociedad no tiene metas ni

propósitos oficiales, no se puede decir que tenga.una filosofía establecida o

explícita. Cuando se habla de la secularización de nuestra sociedad, fácilmente

se cae en el simplismo de referirlo todo a su alejamiento de lo sacro, o a ía

carencia de sentfdo trascendente.

El meollo de la secularidad creo yo que está en la laicidad o más claramente en

la necesaria, pero a la vez Inalcanzable, neutralidad que pueda hacer posible

nuestra convivencia. De hecho, ya es una sociedad neutral aquella en la que ya

nadie gobierna por derecho divino, o donde no se aceptan las Ideas de algún

grupo como obligatorias para todos. Nos conformamos con ser tolerantes, es

decir, con rio tomarnos a pecho el credo, ni la filosofía ni la Ideología de los

otros. Pero, ¿es esto convivencia? ¿Se puede estar en la misma casa, en la misma

aldea (y el mundo es cada vez más una aldea), sin comunicarse? Hemos ganado

indudablemente horizontes, quizá hemos entregado el timón de nuestra nave a la

imaginación.

Cada uno quisiera que fuera su propia imaginación la que ocupara el Poder.

Previamente, la sociedad ha tenido que echar por la borda toda forma de sistema

ontológico,´ convencida y resignada ante la imposibilidad da conseguir

adhesiones unánimes para ninguno. Ni siquiera nos atrevemos a mirar al puerto o

pensamiento metafísico del pasado donde empezó nuestra singladura. En aquél

entonces, que fue ayer mismo, parecía que la comprensión humana do la verdad se

encontraba en relación con alguna clase tíe totalidad ortológica de la que toda

verdad fluía: «la teología era la reina de las ciencias».

SE equivocaría usted si pensara que yo me estoy dejando llevar de nostalgias y

que incluso trate de defender alguna forma sutil de confesionalizar al Estado

para que , ponga orden en este caos y gobierne hacia algún rumbo a esta sociedad

sin destino. Líbreme Dios de caer en ese fací Ion intento de coaccionar o

reprimir las conciencias. Ha corrido ya mucha agua y e( único consensus posible

de los hombres tiene que lograrse en el campo de la libertad subjetiva. Un

planteamiento bipolar, como lo ha hecho la Iglesia, de la verdad objetiva con

todos sus derechos, como meta, y de la libertad subjetiva, también con todos sus

derechos, justifica teológicamente la aeonfesionalidad del Estado, sin atentar

contra ninguno de los derechos de esa verdad objetiva. Por otra parte, la

bandera de los confesio-nalismos estatales no religiosos, la llevan ahora los

marxismos y todos aquellos que traten de imponernos modelos de sociedad

colectivista, aunque sea con gestos humanitarios. La Iglesia de Moscú,-bien

claro está, todavía no ha sido capaz de enfrentarse con la experiencia de un

Concilio.

NO, yo no tengo nostalgias de una confesionalidad que, si tuvo sus

épocas.gloriosas, hoy la consideraría Inútil e injusta. No se puede seguir

imponiendo la ética cristiana desde el Poder, o desde las instituciones

públicas. La Iglesia´católica ha dicho muy claramente que nadie puede ser

obligado a aceptar un credo ni las exigencias morales que se derivan de él. El

«yusnaturalismo» no es solución, porque o se dispersa o es un intento de abrazar

lo absoluto. Y no es que esté de capa caída, es que resulta prácticamente

inservible para el diálogo por su inconcreción fuera del ámbito de la fe y de la

Iglesia. Y debemos ser consecuentes con esté principio que, por un lado, libera

a la Iglesia, y por otro, abre definitivamente (as puertas en España a la

democracia social y política. Nuestras guerras de religión, me refiero

principalmente a las civiles, han sido a la vez guerras de ética civil y de

significación política.

PERO hay que caminar. Y ciego debe de ser el que no vea que se nos están

quebrando los caminos.

Cuando anteriormente me refería a que la secularización absoluta, no sólo como

una separación de lo sacro o trascendente, sino como una renuncia a los valores

fundamentales que pueden dar sentido a nuestra comunidad histórica, bullía en mi

mente el drama que estamos viviendo y que acaba de exponer certeramente el

profesor Olegario González en su libro «Etica y religión». Hubo una fase lejana

en la que se identificó de hecho la religión y la ética. La religión cristiana

ofrecía los modelos de comportamiento moral exclusivos para regular la conducta

en todos los órdenes, hasta el punto de que .quien no compartía la fe cristiana

era sospechoso automáticamente de inmoralidad. Después vino la fase intermedia,

más cercana a nosotros: se llevó al límite el talante anterior, prevaleciendo

las razones políticas.

La moral religiosa debería ser entendida o interpretada por las grandes verdades

nacionales o históricas.

Los dogmas estatales se constituyeron en criterio definitivo de verdad de la

Iglesia. Y ´ahora estamos en el gran vacío: el tránsito del poder autocrático a

la democracia está descubriendo una situación de atrofia de las

responsabilidades cívicas tal como fue propiciada en la fase anterior. La

tragedia de nuestra sociedad española radica principalmente en lo que podríamos

llamar «desfondamiento moral o desmoralización, por un lado, y politización

total de la realidad, por otro». El vacío de una ética civil ciudadana que

digiera, sin indigestiones, el pluralismo volcanico presente es el gran reto,

más profundo que el mero juego ds lo político, o como podríamos titular, la

asignatura pendiente» de esta generación. «Entre la religión y la política —dice

Olegario González— apenas ha quedado un lugar explícito y autónomo en España

para ese orden de valores, de exigencias y responsabilidades específicas que

llamamos ética.»

POR dónde comenzar, como Don Quijote, a la búsqueda de nuestra humanidad

verdadera? Y, ¿qué papel va a desempeñar la comunidad católica sin

exclusivismos, pero a la vez sin conciencia vergonzante, para ayudar a

descubrir-de nuevo los «valores fundamentales» sin los cuales la Interpretación

de cualquier «derecho fundamental» de la persona o nos deja de nuevo en la

algarabía histórica que padecemos o nos lleva a la Imposición frustrante?

UNA cosa es cierta: no podemos comenzar de cero. Nuestra Historia no ha pasado

en vano. Pero tampoco llega a nosotros en cauces cristalinos, ajenos a los

vuelcos, y a los aluviones de la conciencia histórica.

Sería temerario ignorar, por ejemplo, la emancipación de la sensibilidad frente

a la razón del movimiento marxista desde el pensamiento de Feuerbach. Tampoco se

puede despreciar sin más la revolución del derecho positivo o algo más

gravitante y actual que es el orden, sin «principio» ordenador, de nuestro

moderno anarquismo. Si muchos han decidido matar a Dios por inútil y por ende

irreal, aunque sólo sea por vivir la experiencia de esa soledad violenta, ¿vamos

a prescindir de ellos en la construcción de esta nueva sociedad? ¿Quién o qué va

a fundar de nuevo las exigencias absolutas de nuestra moral cívica?

Estas infantiles y a la vez ingenuas preguntas tienen qué atravesar y a la vez

desbordar aquellas otras que configuran o al menos condicionan nuestro plural

pensamiento español.

LA libertad y la Igualdad, que son dos conceptos Inseparables y sentidos

profundamente por los españoles en este despertar democrático, hacen referencia

inequívoca a la sociedad. Esta es como la matriz donde únicamente se puede

encarnar esa dignidad del hombre que lo distingue del animal. Sólo el que está

dispuesto a compartir su destino puede verdaderamente aspirar a tener un

destino. La mano del prójima extendida en libertad es la que nos lleva a

reconocernos y aceptarnos y la que hace posible nuestra personal autonomía. El

ejercicio de la función política se ordena a descubrir y a hacer posible, cada

vez en horizontes más amplios, esa libertad, pero no agota los recursos ni es

capaz por sí misma de recrear esa sociedad libre. Indudablemente puede y debe

ayudar a superar los obstáculos ya proclamar la libertad para que el hombre

adquiera conciencia, cada, vez más profunda, de su irrenunciable libertad y se

haga sitio con su palabra propia en el concierto de la nueva convivencia. Pero

si pusiéramos nuestra esperanza en la política, abdicaríamos de nuestra humana

existencia, como si sus ilusiones, sus apetencias y sus radicales exigencias

pudieran resolverse con una- mera ordenación del tráfico de la Humanidad.

Ni las computadoras ni los nuevos dictadores de la política, de la economía o de

la opinión pública van a ofrecernos sentidos de vida convincentes. Usted, señor

director, estará conmigo en subrayar la necesidad de esta hora histórica

española, para reconocer públicamente unos valores e ideales. Tratar de

imponerlos violentamente, obligándonos a una incondicional adhesión, por muy

humanitarios e igualitarios que sean, sería otra forma de volver a los

fascismos. Recluirlos, por otra parte, a la silenciosa y estricta intimidad

individual, renunciando a su necesaria corporeidad histórica, cultural,

popular y aun religiosa, es una forma de renunciar a la sociedad, porque se

pretendería algo tan imposible como dar vida a un cuerpo sin el alma.

NO quiero confundir el papel de los políticos con el de guardianes del tráfico ni

con el de los sociólogos.

La ética de su gestión no termina en el juego de los votos y de las mayorías.

Tampoco ellos pueden monopolizar la ética civil y sentirse como pedagogos exclusivos

del pueblo. Ni sólo ordenadores del tráfico ni maestros absolutos, sino

propiciadores de espacios de libertad para que surja la leal confrontación de los

valores y de los sentidos de la vida entre los diferentes sectores y grupos de la

sociedad. Tienen, sobre todo, que coadyuvar a que aquellos valores del consenso

social, como el de patria, justicia, honradez, vuelvan a asumir corporeidad

histórica entre otros. Sería grave que los políticos españoles operasen ahora con

el mismo espíritu en la democracia que aquel que les movía en la dictadura.

SE trata, como ve, de echar a andar de nuevo a nuestra sociedad. La Iglesia católica

no es, ni pretende ser, la única suministradora de sentidos. Ella debe propiciar la

emancipación de la sociedad española, precisamente para que pueda crecer y ser adulta.

Para un cristiano, reconocer la autonomía de la ética civil no sólo es algo legítimo,

sino imprescindible y necesario en la hora presente. Los cristianos tienen el derecho

y el deber de aportar sus perspectivas propias, sin tratar de imponerlas por otros

medios que los democráticos, para elaborar con todos, teórica y prácticamente, el

consenso de valores fundamentales que iluminen y den sentido a los derechos

fundamentales, aunque ellos no llenen todas las exigencias morales que para él, como

cristiano, son normativas. La tarea no se podría llevar a cabo sin este discernimiento

de los campos político, ético y moral o religioso. Una ética necesaria y válida para

todos no se opone en modo alguno a una moral religiosa válida sólo para los creyentes.

Lo mismo que no se opone, sino que se complementa, una oferta gratuita y válida en la

convivencia civil, con un apostolado evangélico en lo religioso.

COMO ve, querido director, no he podido responder a su pregunta. ¡Quién sabe adonde irá

esta sociedad!

Tampoco me he limitado a decir dónde creo yo que debería ir, que hubiese sido una forma

de soslayar la cuestión. He tratado discretamente de tomar el pulso a nuestra situación

predemocrátrica desde mi preocupación de creyente, incluso me he aventurado a programar

nuevas andaduras. Como cristiano y como sacerdote, sólo deseo que mi Iglesia sepa aceptar

el reto de nuestra conciencia histórica, para que se identifique en su fe y sea honesta

en su ciudadanía.

José María MARTÍN PATINO, S. J.

 

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