Autor: Gimbernat, Jose Antonio. 
   Las posiciones políticas de los católicos     
 
 El País.    01/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Las posiciones políticas de los católicos

JOSÉ ANTONIO GIMBERNAT, S. J.

No hay que remontarse muy lejos en la historia de nuestro país para recordar que

los católicos hemos acostumbrado a que se nos viera alineados de forma casi

unánime —salvadas las honrosas excepciones— en posiciones políticas que, para

entendernos rápidamente, se conocen bajo el calificativo do-derechas y, a veces,

también de reaccionarias. Ciñéndonos a nuestro siglo, a fin de no alejarnos

demasiado, en particular a la época franquista, baste mencionar el fenómeno del

nacional catolicismo, que identificaba en el mismo paquete a los enemigos de

Dios, de la Patria y del general Franco. Es a partir de la década de los años

sesenta cuando comienza a resquebrajarse la unanimidad en la que se equiparaba

el «ser de derechas» con la entraña de lo católico. Una de las consecuencias

positivas del Concilio Vaticano II se sustancia en la ayuda que presta a fin de

abrir la brecha por donde irrumpen las fuerzas latentes de minorías, hasta

entonces sojuzgadas y marginadas, que se situaban en desacuerdo con las

posiciones políticas autorizadas de su Iglesia. Se quiebra así, creemos que

definitivamente, la monolítica identificación política de tos católicos

españoles. Y se adquiere el derecho a disentir políticamente de la propia

jerarquía eclesiástica. Después es ya frecuente y admitido ser católico y «ser

de izquierdas». La pluralidad, después de décadas de hierro, se hace realidad en

el catolicismo español.

Las elecciones de junio de 1977 nos permiten suponer que en el electorado que

apoyó al PSOE, al PSP, al PCE y a formaciones semejantes, existia abundancia de

creyentes. Suposición, por otra parte, ineludible, en su consideración numérica,

para los que afirman que la «inmensa mayoría» de los españoles somos católicos.

Sin embargo, existen mentes en el catolicismo español que olvidan o se niegan a

aceptar este pluralismo defacto y de iure. Con nostalgia del pasado y con

desprecio olímpico por una realidad que es distinta, pretenden de nuevo hacernos

vivir su ilusión de que el tiempo no ha pasado o de retrotraernos a la época

pretérita que consideran —ahora más que nunca— que fue mejor. . Más o menos:

«Con Franco y el cardenal Goma vivíamos mejor».

Asi hemos presenciado —por poner un ejemplo— el espectáculo convocado a

propósito de la política educativa, con la pretensión de hacer énfasis en que

existe una y unánime posición de los católicos con respecto a la escuela. La

emo-cionalidad, los símbolos y los recitados descaradamente reaccionarios se

entremezclan con las argumentaciones más consistentes y razonadas de otros

sectores que aspiran al mismo objetivo de sostener un sector privado de la

enseñanza.

En una democracia es legítimo que cada cual exprese sus opciones, articule sus

razones, adorne lo más altruistamente posible sus intereses y trate de convencer

a los que no los comparten. En este sentido, la campaña de algunos católicos a

propósito de la enseñanza es legítima. Lo que de ningún modo parece legítimo es

que una parte hable en nombre de todos e intente persuadir a si y al resto de

los ciudadanos de que por arte mágico se ha vuelto a reconstruir, —al menos

parcialmente— la unanimidad política de los creyentes, que tantos esfuerzos

costó quebrar. Es también justo, si así se desea, confesionalizar la posición

particular y ex-plicitarla como la propia de algunos sectores creyentes y, si

así es en verdad, hacerlo en nombre de determinadas asociaciones o entidades

católicas; pero nada más.

La enseñanza es sólo un capitulo "que prosigue en debate, pero semejante afán

generalizador de opiniones particulares de católicos españoles lo hemos

percibido en la cuestión de la Iglesia y la Constitución, y lo vamos muy

posiblemente a reencontrar en las posiciones políticas con respecto al divorcio,

a la despenalización del aborto, a la financiación de la Iglesia

La misma Conferencia Episcopal no es, a veces, ajena a la confusión que surge

cuando unos —en este caso los obispos— parecen hablar en nombre de todos en

temas de política ciudadana. Que su voz sea la autorizada en una perspectiva

jerárquica no significa que sea la única verdaderamente católica ni que posea la

exclusiva en cuanto al derecho de pronunciarse. Podría así parecer que su

opinión se configura al margen de la pluralidad real de opiniones de los

creyentes españoles y que no se atiende a la opinión pública en el interior de

la Iglesia, que lógicamente aparece contrapuesta en temas tan debatibles,

opcionales y susceptibles de diverso enjuiciamiento.

Aceptada por bastantes teóricamente la pluralidad, porque no hay más remedio,

parece como si se pretendiera condenar a los católicos, que han depositado su

confianza y voto a favor de los partidos del espectro socialista, a la

esquizofrenia de votar en una dirección y propugnar simultáneamente posiciones

políticas de signo contrario. Esto no es insinuar que el voto a un partido

significa un cheque en blanco, una actitud acrítica

frente a todas sus decisiones, pero asimismo es cierto que ha habido católicos

que, entre otros motivos, dieron .su voto a las diversas formaciones socialistas

también por la valoración positiva que otorgaban a su alternativa en la cuestión

de la enseñanza o en la ley del divorcio, por ejemplo.

La Iglesia en nuestro país debe resignarse o alegrarse —según la óptica propia

de cada uno— a causa del pluralismo real de sus miembros;-pluralismo no

retórico, ni de juguete, sino con todas las consecuencias de tensión y

divergencia que el hecho implica". Plu-realismo de los católicos que, en el

más difícil todavía, no sólo abarca los grupos representados en el marco

parlamentario, sino a los que lo desbordan por uno y otro lado.

Hay que despedirse y renunciar definitivamente a configurar la unidad de fe, —

que hace a la Iglesia— también en la unanimidad de las posiciones políticas de

sus integrantes. Esto ha sido asi, seduce por su aparente facilidad, pero

resulta irrepetible cuando se pretende liquidar en serio y definitivamente . las

alianzas del trono y del altar. Que cada cual hable, si asi lo juzga deseable,

según su representatividad real, pero sin generalizar. Que no se confundan y,

sobre todo, que ´ no nos confundan.

 

< Volver