Religión. El padre Patino propone un gran armisticio social Iglesia-Estado. 
 La vida de las comunidades religiosas dentro del Estado es un derecho fundamental     
 
 Informaciones.    14/03/1978.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 15. 

EL PADRE PATINO PROPONE «UN GRAN ARMISTICIO SOCIAL» IGLESIA-ESTADO

«La vida de las comunidades religiosas dentro del Estado es un derecho

fundamental»

MADRID. 14 (INFORMACIONES).

EL derecho a la vida de las comunidades religiosas, dentro del Estado, es un

derecho fundamental que el Estado, debe respetar en su propia, identidad», dijo

el padre José María Martin Patino, provicario de la diócesis de Madrid y uno de

los «hombres fuertes» de la Iglesia española, en una conferencia sobre «Libertad

religiosa y democracia», anoche en el Club Siglo XXI. El acto despertó una

inusitada expectación. Estaba presente una nutrida representación del Gobierno,

de U.C.D., del P.S.O.E. y de Alianza Popular. El padre Patino propuso «un gran

armisticio social.

«La comunidad política, según la concepción cristiana, es radicalmente, por su

naturaleza, democrática, debe serlo., y como tal, consiguientemente,

organizarse», señaló el padre Patino.

La reflexión, que hacía, dijo, a título personal, parte de tres afirmaciones:

Sigue existiendo un grave desnivel entre la conciencia histórica en función y a

la altura de nuestro tiempo, por un lado, y la formación religiosa, por otro.

Persiste entre nosotros la tendencia equivocada a convertir fácilmente los

problemas políticos en religiosos, como medio quizá para obstaculizar el proceso

democrático. La gravedad y urgencia de estas dos cuestiones sólo es comparable

con problemas como el de las autonomías regionales y aquel otro que bajo el

título «problema social) acucia de forma diferente en el ordenamiento económico

y en el orden público. Son como tres líneas de fuego que amenazan con rasgar

nuestra piel de toro.

Muchos creemos que se dan ya las circunstancias históricas que permitan afrontar

en España el problema de la modernidad en el ámbito de la conciencia cristiana.

Y que es hora ya de explicar. cuál es la concepción cristiana de un Estado que

no- tiene por qué ser confesional. Y esto es posible y urgente por tres razones:

porque por primera vez, después de seculares enfrentamientos, la Iglesia y las

instituciones públicas pueden hablar un mismo lenguaje; porque en ese diálogo no

corre riesgo ningún dogma cristiano ni está en peligro la soberanía del Estado,

.y porque ambas instituciones,, desde sus propios ámbitos y sin transgredirlos,

no sólo, están llamadas a superar el enfrentamiento a que las sometió el

laicismo, sino también lo que hoy se ha dado en llamar neutralismo del Estado.

La Iglesia del Vaticano II aceptó el reto del secularismo y ofreció una doctrina

de lenguaje universal que se mueve en el plano de los derechos civiles.- La

declaración sobre Ja libertad religiosa es como la piedra miliar de un largo y

doloroso camino recorrido por la Iglesia y, a la vez, un punto de partida que

impulsa hoy la reflexión teológica. En el fondo de esa doctrina oficial de la

Iglesia late una gran novedad, que es la nueva ´concepción cristiana del Estado

democrático.

La conferencia se desarrolló en dos partes: en la primera, el conferenciante

expuso la génesis y los principios ´que inspiraron´ esta declaración del

Concilio Vaticano n. Expuso primero´ aquella concepción tradicional del Estado

confesional, intervencionista en la esfera religiosa que inspira sus leyes en la

doctrina de la Iglesia. La declaración conciliar eligió el camino de equilibrar

el desarrollo de las libertades que se fundamentan en la dignidad de la persona

con aquel otro más familiar de los derechos de la verdad objetiva. Para ello fue

necesario que el" concilio profundizara en la doctrina de la libertad, teniendo

en´ cuenta el «magisterio de los Sumos Pontífices, principalmente del siglo XIX»

contra el liberalismo, que parecía contradecir .a la doctrina ahora propuesta.

En segundo lugar había que evitar el peligro de subjetivismo que pudiera

debilitar los derechos de la verdad objetiva y aun legalizar la ruptura del

hombre en sus obligaciones con Dios. Por último, esto llevaba a corregir la

imagen cristiana del Estado. Cada uno de estos tres puntos fueron desarrollados

ampliamente por el conferenciante.

LA LIBERTAD RELIGIOSA

La libertad de conciencia que se extiende a todo el campo-moral es una

consecuencia de la libertad de pensamiento. Es la libertad de las opciones

responsables. Pero esa libertad de pensamiento cristiana no es absoluta, como la

concebía el liberalismo. El cristiano no da testimonio de sí mismo, sino de la-

Verdad en la que cree y espera. La libertad religiosa surge así como la

concreción de la libertad cristiana de pensamiento y de conciencia en el campo

de las. relaciones con el absoluto o trascendente. Y se realiza en dos órdenes:

el de la comunidad religiosa, y este es el problema de la libertad dentro de la

Iglesia, y el de ´la sociedad civil, y este es el problema de la libertad dentro

del Estado. Y ésa libertad religiosa personal ´no puede dejar en la sombra la

libertad de la Iglesia dentro de la sociedad y con respecto al Estado.

«La concepción cristiana del Estado.no confesional no incide en errores

condenados del decimonónico liberalismo, ni es laicista, ni indeferentista, ni

siquiera pasivamente neutral. Tiene que comprometerse con el hecho religioso,

como actividad libre del hombre y de los grupos sociales, sin entrar en juicios

discriminatorios de valor o desvalor de esa actividad religiosa.»

IGLESIA-ESTADO

Supuesta esta doctrina oficial de la Iglesia, el conferenciante pasó a señalar,

en la segunda parte, las tareas más urgentes de la sociedad democrática española

y la presencia de las comunidades religiosas en esas tareas. «Nada hay —dijo—

tan hermoso y apasionante como participar en la reconstrucción de la convivencia

de los españoles, en el respeto, ejercicio y promoción de todas las libertades

humanas. No es exagerado afirmar que hasta ahora se había dado en España un.

trasvase de las normatividades religiosas de la Iglesia católica a las

normatividades éticas de la sociedad y jurídicas del Estado; Los imperativos

propios de los cristianos, derivados del Evangelio, han ido pasando a nuestro

Código Civil, evidentemente no a la letra, pero sí como fondo de la ordenación;

esta sig-.nificaclón tenía, precisamente, el hecho de la confesionalidati del

Estado.» Pero si antes «se afirmó una clara teonomía de la moral pública o de

los valores .que regían esa moral, hoy estamos fuertemente interpelados por una

autonomía de los humanos».

«La tarea que tenemos delante es la de redescubrir la posibilidad de una

sociedad después que se han quebrado los caminos de la nacionalidad helénica,

del jurisdismo romano de la teonomía judeo-cristiana.

En el caso de España, el vacío es mucho más extenso, porque no se duerme en vano

durante siglos. Si aquí prevalerieron los períodos históricos en que la religión

y la ética estaban de hecho identificadas, en fases más inmediatas a nuestro

momento histórico, esá identificación llevó al límite el talante anterior, de

manera que no fue lo religioso puro y evangélico lo que sometió a lo político,

sino lo político lo que, suplantando claramente a la ética, llegó a someter a lo

religioso. La desmoralidad, propia de un régimen que se apropia todas las

responsabilidades, produce, lógicamente, una ausencia de responsabilidades en

los ciudadanos.» • Pero el «Estado gendarme» está ya totalmente desacreditado.

DECLARACIONES DEL PADRE PATINO

La primera tarea en la que todos tenemos que empeñarnos es la de descubrir .una

«ética civil», relacionada, sin duda, con la religión y con la política, pero

perfectamente diferenciable.

Ahora no faltan los que se debaten en las viejas y anacrónicas antinomias del

laicismo y la confesionalidad; El laicismo estatal no es más que la corrupción

de la confesionalidad política. La misma sustancia, pero putrefacta; Una y otra

forma coinciden en atribuirle una misión doctrinaria al Estado, beligerante en

favor o en contra, de los fines últimos del hombre.

La Iglesia no tiene que intentar imponer su propia ley a toda la sociedad.

Porque la ley del Sinaí, que se hace universal en Cristo, deja a la política su

propio espacio, dentro del cual el cristiano vive el tiempo de la esperanza, en

el realismo que "admite la pluralidad de las diversas actitudes éticas, sin

negarse a colaborar en esa sociedad dentro de la cual el creyente verdadero

busca el ideal, pero aceptando claramente las mediaciones políticas.

Entre el creyente «monoísta» que se empeña en identificar la ley civil con su

fe, y aquel otro que entiende el «pluralismo» como un principio que hay que

imponer y no como una realidad que hay que respetar,´ se da aquella otra

actitud, mas cristiana, que. es la del «realismo de la pluralidad». Por ella el

cristiano reconoce a los otros que no comparten con él los mismos valores en la

comunidad poli-tica. La buena inteligencia del universalismo y particularismo de

la ley cristiana es condición importante para la consolidación de nuestro

proceso democrático.

Por último, se refirió el conferenciante a lo que él deno-

minó neutralidad confesional» del Estado, como una actitud de no discriminación

ante las diversas confesiones, pero indudablemente comprometida con la libertad

religiosa de todos-, creyentes y no creyentes, en el ámbito civil. En el campo

de la enseñanza es donde se podrá realizar el «test» de esta actitud del Estado.

Porque no existe la cultura neutra ni es aconsejable pedagógicamente caer en la

. escuela pluralista», donde se neutralizan todas las iniciativas y donde el

Estado se convierte en batidora que muele y mezcla todos ´ los´ espíritus,

confundiendo la sociedad igualitaria con´la Sociedad uniformada.

«Creo —concluyó— que estamos llamados a superar a la vez todas las concepciones

estáticas, tanto clericales como laicas. Se trata de encontrar un estilo nuevo

en las relaciones .del Estado con. los ciudadanos cristianos. El derecho a la

vida de las comunidades religiosas, dentro del Estado, es un derecho fundamental

que él debe respetar en su propia identidad. Al Estado le interesa que los

ciudadanos sean cada vez~más conscientes, más cultivados, más preocupados de la

cosa pública, en una palabra; más responsables. Tiene derecho a esperar la

colaboración de todas las confesiones para lograr esta madurez política de todos

los ciudadanos, cuya fe religiosa les hace ahondar en sus convicciones

democráticas.

Estos puntos de, vista tienen que reflejarse en algo así como un gran armisticio

social, que abra nuevos senderos a esta evolución apenas comenzada, sin dejarnos

llevar del recuerdo de conflictos históricos ya casi superados, para que el

hecho religioso en España sea lo que tiene que ser: germen de libertad y de

convivencia y no justificación de nuevas guerras civiles.»

 

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