Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
 Religión. 
 El gran armisticio     
 
 Informaciones.    14/03/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

EL GRAN ARMISTICIO Por Abel HERNÁNDEZ

UN día escribí del padre Patino que era la mano derecha del cardenal. El me

reprendió con caridad cristiana: «Soy, si acaso —me dijo—, la mano izquierda.» A

lo mejor es así. Es, en cualquier caso, el principal colaborador del presidente

de la Conferencia Episcopal. Cuando se escriba, con un mínimo de perspectiva, la

Historia de nuestro tiempo, habrá que dedicar un capítulo importante a la

admirable transformación de la Iglesia española, bajo el impulso del concilio,

en los últimos años del franquismo y en los primeros de la Monarquía. En ese

capitulo, al lado de la descollante figura del cardenal Tarancón, deberá

aparecer, en lugar destacado, la de este jesuíta menudo, inteligente, vivo y

discreto, vestido de impecable «clergyman» negro, que entiende tanto de la

liturgia de la palabra como de la complicada liturgia de la política.

Anoche, en el Club Siglo XXI, los políticos de la derecha y de la izquierda —y

sobre todo los políticos del centro— se dieron cita para escuchar al padre

Patino. De alguna forma era la influyente voz de la Iglesia posconciliar

española, que ha pasado silenciosamente del nacional-catolicismo de la «Cruzada»

a impulsora destarada de las libertades públicas y los derechos humanos de la

democracia; del incienso al poderoso a la independencia evangélica.

En este momento justo de la encrucijada nacional, con la carta constitucional en

el telar de las Cortes, el padre Patino propuso anoche el «gran armisticio»

entre la nueva Iglesia y la sociedad civil. «El hecho religioso —dijo— no puede

ser justificación de nuevas guerras civiles»; sino que debe ser «germen de

libertad y de convivencia». Urge romper la constante española de convertir los

hechos religiosos en políticos, y al revés. El padre Patino demostró hasta la

saciedad la gran novedad que arranca del concilio: «la nueva concepción

cristiana del Estado democrático».

Fue su intervención clara, hábil y su-peradora del clericalismo y del laicismo.

Propuso la «neutralidad confesional», que definió como una actitud de no

discriminación ante las diversas confesiones, aunque comprometida indudablemente

con la libertad religiosa de todos, creyentes y no creyentes, en el ámbito

civil. «Se trata —subrayó— de encontrar un estilo nuevo en las relaciones del

Estado con los ciudadanos cristianos.» Y apuntó, sin citar, a la Constitución:

«El derecho a la vida de las comunidades religiosas dentro del Estado es un

derecho fundamental que el Estado debe respetar en su propia identidad.» El

«test» va a ser la libertad de enseñanza. El padre Patino colocaba asi una

verdadera bomba de relojería.

Los socialistas —Peces-Barba, Solana, Gómez Llórente...— aguzaban el oído. Media

docena de ministros sonreían. La Iglesia recupera su gran capacidad de

convocatoria. ¿Es posible el armisticio?

14 de marzo de 1973

 

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