Mi vida con Ronald     
 
 El Imparcial.    10/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

MI VIDA CON RONALD

EL IMPARCIAL inicia hoy un serial con los pasajes más importantes de la novela

de Antonio Roig.

EN ESTE periódico desveló el asunto tremendo y humanísimo del carmelita

descalzo Antonio Roig, homosexual, que fue finalista del premio Planeta y que

son sus propias confesiones. Enfundan de este libro y sus posteriores

declaraciones a EL IMPARCIAL fue suspendido «a divinis» y expulsado de su

convento. El carmelita descalzo está a las puertas dé este convento como

ofreciendo un espectáculo

compasivo y emocionante. Para que nuestros lectores conozcan la prosa y los

problemas del carmelita y del homosexual, y elaborar sus propias opiniones,

comenzamos un breve serial de su libro, por gentileza de Editorial Planeta. Esta

es la única iniciativa que se nos ocurre. Solamente pueden juzgarle los hombres.

En el juicio de Dios nosotros no podemos entrar.

El carmelita homosexual continúa en la calle, a la puerta del convento, en

espera de comprensión por parte de sus superiores.

EL día que descubrí a Ronald quedó constatado en mi diario con una frase

blasfema: «Hoy he encontrado a mi padre.» Cuando se opta por un .mundo de

fantasía, ¿qué se puede construir? Pero, en fin, esos son intentos de moralizar

sobre mis sueños. Entonces no me pareció así. Incluso me pareció despertar de la

vida: que todo empezaba, por fin, a ser posible.

¿Qué es lo que roe atrajo de él? Es difícil de precisar. No puedo señalar con

exactitud: «esto, definitivamente fue esto lo que encadenó mi alma». Fue un irse

metiendo mar adentro emborrachado por mi propia fantasía. De repente me di

cuenta del peligro que corría, que estaba vendiendo mi dina desde el momento que

me apoyaba en alguien fuera de mí. Pero en vez de imponerme cautela, seguí

corriendo detrás de mis sueños. Las cosas podrían haberme ido muy mal. Pero

entonces me pareció el principio del bien.

Ronald me dijo en una ocasión que yo era sencillo. Le pedí que se explicase.

(Sencillo, en inglés, no es un calificativo elogioso.)

—Bien —sonrió—, sencillo es lo contrario de sofisticado. Yo soy sofisticado.

Siguió sonriendo distante, consciente del señorío que ejercía sobre mí.

Efectivamente, mi alma era para él como un campo abierto, sin ningún recoveco

oculto a su vista. El sabía el efecto exacto que cualquier palabra suya

ejercería sobre mí. Bueno, creía saberlo. Al final ocurrió lo del invento que va

más allá de la voluntad de su inventor. Cuando quiso pararlo, casi fue tarde

para los dos.

Hubo un tiempo, al principio de nuestras relaciones, en que me di cuenta del

peligro que corría. Confusamente intuí las consecuencias que una relación, sobre

bases irreales, podría tener sobre mí. Pero yo estaba dispuesto a soñar,

pretendiendo incluso que mis sueños eran más reales que el mundo de tristeza en

que me hundía".

Recuerdo que este presentimiento me sobrevino cuando leía con devoción la

primera de sus cartas.

Dentro de mí brotó, como un instinto de defensa, el sentido crítico. Era la

razón que buscaba un pretexto para gobernar mi persona. Al tomar una vez más su

carta, leída y releída hasta conocer casi de memoria cada una de sus palabras,

una voz me hizo reparar en algo que yo trataba de disimular. La letra, esa letra

no es armónica.» Observaba con disgusto los numerosos . borrones, letras sin

terminar, márgenes estrechos. Además, aquellos rasgos me recordaban los de otra

persona no demasiado grata a mi memoria.

Sin saber por qué, la letra llegaba a provocarme malestar. Comparaba, sin

pretenderlo, aquella carta

con las de Bill, y el resultado era todavía más negativo. Bill, en cada uno de

sus detalles, reflejaba un enorme respeto hacia mi persona.

Todavía había algo más. No era sólo la forma de escribir lo que confusamente me

ponía en guardia. El mismo contenido encerraba unas frases que me dejaron

perplejo y que también fueron recogidas y analizadas por ese instinto crítico

que trataba de protegerme.

La carta estaba, sutilmente dividida en dos partes. La primera señalaba la

dificultad de nuestras relaciones. «Yo me debo a mis hijos, a mi trabajo. Soy un

hombre ocupado.» Casi venía a decirme: «es tan difícil para tí y para mí, que es

mejor dejarlo». Seguía después un espacio en blanco. Toda ésa parte había sido

escrita en el interior del coche (así lo hacía constar) mientras esperaba frente

a una lavandería pública para recoger su colada. La segunda parte estaba escrita

en casa, al tiempo que escuchaba música de su estereofónico. Contrastaba con su

actitud emocional anterior. Entre otras frases decía: «si tienes paciencia,

podríamos encontrar una forma estable de relaciones. Hasta podrías enseñarme

español». La carta terminaba con un «hasta la vista» y señalaba el día del

próximo encuentro. De mi interior emergió una voz de alerta. Si aquello era el

esquema del juego, no podía ser más,lamenta-ble: lanzar la pelota con fuerza

para que el rebote la devolviese más exacta y puntualmente.

Al fin reparé en otro detalle que tampoco había podido dejar de advertir. En el

sobre figuraba mi apellido mal deletreado. Primero quise pensar que fue un

descuido, pero su persistencia en otras cartas me hizo sospechar falta de

interés: Una vez más no podía menos de contrastar este detalle con la forma de

ser de Bill. El día que tomó mis señas lo hizo con tanta minuciosidad como si

estuviese copiando algo precioso.

Recuerdo su forma de subrayar mi nombre. Repasó una y otra vez cada letra para

deshacer cualquier ambigüedad-y copió la dirección en diferentes papeles.

Esas eran las confusas voces de la libertad.

«¿Cabrá mayor ingratitud?», me reproché a mí

mismo desde mi voluntad de soñar. Aquellas páginas eran algo maravilloso. «Esta

es la letra de un hombre generoso que sacrifica parte de su tiempo por mí.»

Abría el corazón de par en par al reconocimiento. Tomaba su carta, besaba su

firma y la ponía sobre mi pecho. Con el diccionario iba averiguando el sentido

de cada palabra. No importaba que la conociese. Quería descubrir otro

significado ingnoto para mí, más efusivo. Las leía todas y mi mente volaba con

las alas de cada una de ellas.

Cuando por la noche, al acostarme, puse su carta en la almohada para tenerla

cerca de mi cabeza, de nuevo la voz de la razón trató de prevenirme. Dentro de

mí se hizo patente una voz que desaprobaba esa voluntad de lanzarme por el mundo

de los sueños. Como si dijese: «es insensato lo que haces. Estás entregando tu

corazón y, quizá, cuando quieras recobrarlo sea tarde». Nuevamente me pareció

una ingratitud la voz del buen sentido. Ronald no me abandonaría nunca. Si había

puesto difícil nuestras relaciones, era por honradez. Yo debía demostrarle que

estaba dispuesto a sobrellevar cualquier sacrificio.

¿No era él acaso mi padre? Y me dormí arrullado por esta blasfemia.

 

< Volver