Autor: Miret Magdalena, Enrique. 
 La tribuna de El Imparcial. 
 Un simulacro de religión     
 
 El Imparcial.    26/03/1978.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

La tribuna de EL IMPARCIAL

UN SIMULACRO DE RELIGIÓN

YO he alabado recientemente la segunda parte del discurso electoral del cardenal

Tarancón, que hábilmente dirigió a la XXVIII Asamblea Episcopal española. Como

he alabado también la conferencia del padre Martín Patino -su brazo derecho y

eminencia gris de la archidiócesis de Madrid— en ese Club Siglo XXI que ayer fue

la expresión del retrogradismo burgués y hoy quiere ser aparentemente sincero

con su prospectivo título. Pero sinceramente he de confesar que no es oro todo

lo que reluce en esas bellas palabras clericales, porque a través de sus

abiertas frases se lee, o entre líneas, o en los puntos y comas que aparecen en

sus textos, cosas preocupantes como para preguntarse si estaremos ante un nuevo

oportunismo de nuestro alto clero.

Nuestra Iglesia ha sido maestra —no madre, como pensó ingenuamente el Papa Juan

XXIII- y lo fue en habilidades y subterfugios para salirse con la suya. ¿No fue

San Ignacio de Loyola el primero, y su discípulo el jesuíta aragonés Baltasar

Gracián quien más cínicamente le siguió con sus maquiavélicas sentencias morales

(¿amorales?), entre las que destaca el dicho «entrar con la ajena para salir con

la suya»?

YO, que quiero creer siempre en la buena fe de los demás, caigo a veces -y mucho

me temo que ahora también-en la ingenuidad de no ser bastante malicioso con el

significado real de las apariencias humanas.

Pero al menos en esta ocasión hay base suficiente para ser cauto, y tomar las

cosas del cardenal y de su colaborador, aunque parecen a primera vista claras y

serias, «cum mica salis»; y ver y prever qué es lo que pasará en el futuro. En

la Prensa aparece ahora la noticia de que la ponencia parlamentaria —gobernada

por una UCD que parece estar hecha en cuanto al tema religioso por obispos

disfrazados de seglares— diciéndonos que en el articulo 16 se ha incluido una

mención expresa de nuestra Iglesia católica. En esta nueva redacción se hace

referencia a «la Iglesia católica y demás confesiones religiosas»;

y esto ocurre después de unas declaraciones de desprendimiento y de libertad

pregonadas, en boca del cardenal, por la Iglesia oficial española. Una vez más

los hechos y las palabras no coinciden porque se pone a la Iglesia delante, y

quiere dejar a los demás grupos religiosos detrás. Lo mismo que intenta con el

tema de la estructuración jurídica de la libertad religiosa en una ley

hábilmente hecha «ex profeso» en favor de la Iglesia católica. A eso los

protestantes españoles se oponen radicalmente, manteniendo que no debe existir

una tey de libertad religiosa, porque saben por experiencia que una ley de este

estilo se convertirá por arte de magia —dada la actitud discriminatoria de

nuestra Iglesia-en una ley de preferencia para el catolicismo oficial y

jerárquico.

Los socialistas y comunistas, como era natural, han mostrado sus claras reservas

por este paso atrás, que se asegura deberse a la presión de algún arzobispo,

como ocurrió recientemente con el tema de la enseñanza por obra de las presiones

del presidente de la Federación de Religiosos de la Enseñanza, que no ceja en

sus apetencias de dominar en lo posible la engañosa libertad de enseñanza que

proclama. La ponencia dominada por UCD admitió también —según se dice— la

injerencia epistolar de un jerarca español, candidato fallido a la presidencia

de la Conferencia Episcopal, lo que ha provocado la salida del PSOE de la

ponencia preparatoria del anteproyecto de Constitución, al no estar conforme con

ese afán de favor y privilegio por parte de nuestra Iglesia en cada materia

constitucional importante que le toca de cerca a ella, sea la libertad

religiosa, la libertad de enseñanza o el deseo de ayuda económica.

EL Evangelio es el norte que debía guiar a la Iglesia oficial, pero

desgraciadamente muchas veces no es así en nuestro país. Esto que ha ocurrido es

el ejemplo que demuestra cómo olvida en nuestro país la institución eclesiástica

los más básicos principios de la convivencia humana sin discriminaciones. Y lo

olvida ahora todavía quizá más

que hace siglos, porque el respeto a aquello que se llamaba en la Edad Media ley

natural, y hoy con mayor precisión se denomina ética civil, daba por sentado que

la vida social tenía una estructura con diversos niveles que se apoyaban los

unos en los otros, y no podía ser trastrocada esta estructura a menos de

perturbarse el «bien común» de la sociedad y su «paz social».

Se sentaba siempre, en aquella doctrina católica tradicional, que primero eran

las reglas elementales de la honradez natural, después los preceptos del hombre

religioso, más tarde los del cristianismo y, por último, los de la Iglesia. De

tal modo que.no cabía invertir esta democrática estructura convirtiendo el plano

horizontal de la convivencia en una pirámide clerical sin voz ni voto. Se

pensaba con toda razón que para ser un hombre religioso había que ser primero

honrado; para ser cristiano, se tenía que pretender previamente que fuéramos

religiosos; y finalmente,

que si queríamos ser católicos teníamos que poner por delante el ser cristianos.

Pero hemos hecho casi siempre al revés, poniendo las cosas patas arriba. La

primera regla que ha sido norma del Episcopado Español, dirigiendo e instigando

a sus fieles, no es que fuesen únicamente ejemplares ciudadanos o gobernantes,

sino que ha sido la de obedecer al clero primero, después al Evangelio y más

tarde a la conciencia, al revés de como debía de haber sido.

Hemos hecho así en España un simulacro de religión dejándonos llevar por el

espíritu de secta, por ese «esprit de corps» que se apiñaba siempre en torno al

poder clerical, que es lo que tantas veces ha procurado y parece que quiere

seguir procurando nuestra Iglesia. Aunque ahora las cosas no son tan fáciles

para la jerarquía y tiene que medir más sus pasos. Por eso, aunque lo oculte por

táctica, la estructura de fondo sigue igual. Pretende lo mismo: el favor, el

privilegio o el primer pues-

to, aunque usa procedimientos más hábiles y, sutiles para conseguirlo. Esa es la

tentación en que parecen caer el cardenal o su pro-vicario general, y aquellos

que manejan el hilo de la enseñanza religiosa. Y mucho me temo que en este caso

los hechos son así, al ver el resultado plasmado en letras de molde en el

anteproyecto constitucional elaborado por la ponencia parlamentaria.

SIENTO como católico, lo que parece que está ocurriendo, porque he aprendido

siempre en los manuales de teología que la moral católica y el Evangelio

defienden la primacía de la conciencia y la no discriminación de nadie —como San

Pedro afirmaba tajantemente- a pesar de su vehemencia en favor del grupo

cristiano, diciendo que «Dios no hace acepción de personas». Y nosotros estamos

haciendo esta acepción en nuestra Iglesia española a la hora de construir una

convivencia pacifica y estable, porque pretende la Jerarquía, en combinación con

UCD, una acepción de personas en razón del catolicismo, como si el simple número

—la famosa y falsa mayoría católica del país—, o la tradición histórica de otras

épocas reaccionarias, fuesen suficiente motivo para tener un puesto de excepción

nuestra Iglesia en la convivencia ciudadana del país. ¿Es asi como se construye

esa paz y esa convivencia que quiere la casi totalidad del país?

No, señores. El Evangelio —sepan cristianos y no cristianos— siempre defendió

«la libertad, la fraternidad y la igualdad», mucho antes de plasmar esta tríada

la Revolución Francesa, como todavía reconocía Pablo VI en septiembre de 1963,

cuando su carácter no se había dejado vencer por la neurosis de catastrofismo

que hoy invade su angustiada mente.

Nuestros líderes católicos y nuestros altos eclesiásticos deben adoptar de una

vez una postura coherente con sus palabras, una actitud de total sinceridad, y

no dejarse llevar por la sutileza táctica que aprendieron erróneamente del dicho

ignaciano: «Entrar por la puerta de las gentes, para hacerles salir por la

nuestra».

Y muchos estamos alerta para que esto no ocurra porque nos importa más, a la

hora de hacer una Constitución ejemplar, la honradez, que el espíritu de cuerpo;

la convivencia de todos, que el favor especial para nosotros los católicos, o

para los creyentes.

E. MIRET MAGDALENA

 

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