Autor: Marzal, Antonio. 
 Tribuna libre. 
 Don Marcelo y la Iglesia     
 
 El País.    16/12/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL PAÍS, sábado 16 de diciembre de 1978

OPINIÓN TRIBUNA LIBRE

Don Marcelo y la Iglesia

La desgraciada intervención de monseñor González frente al tema de la

Constitución suscitó en su día una cierta polémica. Desde una óptica política —

creo que fue Onega en la SER— se le acusó de abusar «del privilegio del

pulpito», lo que me parece excesivo, si, efectivamente, la óptica era política y

no religiosa, como parecía desprenderse del tono de Onega. Desde una óptica

política, el pulpito ya no puede ser mirado como un privilegio sino como un

hecho. Desde otra óptica —¿intimista quizá?— Octavi Fullat, probablemente

enredado en la trampa de su propia brillantez, tradujo en El Correo Catalán la

intervención de monseñor González en términos de Antígo-na (de conciencia frente

ai poder), lo que me parece aún más excesivo, a la vista del concreto contexto

creóntico de los hechos. Y, en fin, desde una óptica religiosa comprometida con

lo político, Comin, con su cálida lucidez de siempre, le ha reprochado a

monseñor González, también desde El Correo, su «golpe de mano» ideológico, lo

que me ha parecido acertado en este contexto político concreto.

El recuento podría ser más numeroso. Pero éste me basta como ejemplo. En

definitiva, esa polémica constitucional ha terminado felizmente con la

Constitución, y de ello me alegro.

¿Por qué resucitarla entonces?, y más concretamente, ¿por qué resucitarla ahora,

precisamente ahora, cuando el fragor del debate constitucional parece haberse

acabado? Pues justamente por eso, porque ahora es cuando, considero importante

el análisis de lo que el gesto de monseñor González eclesialmente significa, más

allá de su oportunismo —o inoportunismo— político del momento.

Desde una óptica política yo no tengo nada contra la posición de monseñor

González. No la comparto desdé luego. Pero si hago precisión de mi condicion.de

creyente, tan digno me resulta en una democracia el no de monseñor González como

el de la ultraizquierda. En un contexto político democrático —en el que, por lo

visto, nos cuesta entrar—si el sí y el no son legítimos, lo son en , sí mismos,

al margen de que vengan de la derecha o de la izquierda.

Donde la posición de monseñor Marcelo me choca frontalmente es en mi condición

de creyente. Y eso es justamente lo que me incita a resucitar ahora el viejo

debate de hace unos días en términos diferentes, directamente referidos a una

Iglesia, en la que monseñor González ocupa la posición de obispo. Porque ese es

el problema.

Yo creo en la Iglesia como comunidad de fe que afirma que Jesús está vivo a

pesar de haber muerto. Pero no soy tan simple como para pensar que ese hecho no

tiene nada que ver con esta realidad encarnada de la Iglesia, una de cuyas

expresiones concretas (todo lo relativa que se quiera, pero expresión concreta)

son los obispos. Pero precisamente por _eso pienso que los creyentes podemos y

debemos pedir responsabilidades a los obispos por sus actos públicos en momentos

concretos, tal como lo hizo, por ejemplo, Pablo con Pedro.

Porque monseñor González nos ha producido a muchos, creyentes una inútil y

estéril vergüenza, al dar a entender en público, y muy poco equívocamente por

cierto, que el Dios en el que creemos los cristianos quiere aparecer con su

nombre en la Constitución, a cristazo limpio, como diría Unamuno. Desde una

perspectiva puramente creyente; eso sí que me parece un abuso, si

se es obispo. Si monseñor González pretende —y tiene, razón para pretenderlo—

que le respetemos en la Iglesia como obispo que es, debería reflexionar que

previamente tiene que hacerse respetar, respetando él a su vez a tanto creyente

que ha sufrido silenciosamente en su carne de fe, durante tanto tiempo, aquella

otra ley Constitucional, la de los Principios del Movimiento, que llegó a

definir, como si fuera un concilio ecuménico, que la Iglesia católica era la

única fe verdadera, imponiéndose así a los no-creyentes por real decreto —con el

beneplácito, por lo visto, de monseñor González—. Los que ya creíamos al fin

legitimado socialmente nuestro derecho a compartir con todos nuestro «lugar al

sol», siendo creyentes, hemos tenido estos días que aguantar, en la televisión

del referéndum, las afirmaciones de Dios, no como el canto gozoso de un credo,

sino como una plataforma electoral para conseguir un sí, que encuentra su

legitimación en la política. Y esa vergüenza.—y que me perdone monseñor González

la claridad del lenguaje— a él se la debemos.

Pero hay aún otra cosa. El proceso de reorganización conciliar

de la Iglesia hace ya tiempo que inventó —supongo que positivamente— las

conferencias episcopales, que daban un nuevo sentido, operativo y moderno, a eso

que monseñor González llamará, sin duda, y con respeto el magisterio de la

Iglesia. Pues bien, monseñor González con su intervención ha roto—no la

disciplina, que a mí eso me preocupa poco, por no decir nada—, sino la

credibilidad de instituciones con las que él está radicalmente res-.

ponsabilizado como obispo, más responsabilizado que yo en todo caso. Que no se

lleve, pues, a engaño. Si un día monseñor González se encuentra con que los

obispos ya no son escuchados en la Iglesia (en la Iglesia, repito, no en la

sociedad política), que no se queje entonces. A él se deberá esa situación que

no será agradable para esa Iglesia en la que él y yo creemos. Por eso espero que

me comprenda, si me atrevo a terminar con un consejo. Si monseñor González se

cree un objetor de conciencia, lo mejor que podría hacer es dimitir como obispo.

El se quedará en paz con su conciencia y nosotros con la nuestra. Muchos

tuvieron en esta Iglesia que cogerle camino, impulsados por monseñor González.

Ahora, que lleve él, hasta el fondo, sus propias consecuencias.

 

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