Autor: Martín Descalzo, José Luis. 
 Epístola menor. 
 Adios, sin lágrimas, al concordato     
 
 ABC.    05/01/1979.  Página: 21. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

VIERNES, 5 DE ENERO DE 1979. PAO. 21.

EPÍSTOLA MENOR ADIÓS, SIN LAGRIMAS, AL CONCORDATO (I)

SUPONGO que la primera presunta que se hace el lector curioso • ante los nuevos

acuerdos Iglesia Estado es la de por qué éstos se llaman «acuerdo» y no

«concordato». Su extensión es aproximadamente la misma, las formalidades que han

rodeado a su firma siguen siendo gemelas, su carácter bilateral y obligante no

tiene menor peso. ¿Cambian los collares para que sigan los misinos perros?

Recuerdo que hace ahora trece años —recién concluido el Vaticano II—comenzamos

algunos a señalar que el Concordato de 1953 estaba muerto y a pedir" que se le

diera reverentemente tierra. Incluso nos atrevíamos a sugerir que se buscasen en

el futuro caminos muy diferentes para regular las relaciones Iglesia-Estado.

Porque pensábamos, lo que había fallecido no era «aquel» concreto Concordato de

1953, sino la fórmula de los concordatos como tal.

Ante estas ideas se nos acusó de iconoclastas: ¿Estábamos defendiendo un rígido

laicismo en tí que los Estados ignorasen hasta la existencia de los valores

religosos? Si hemos de ser sinceros, para nosotros el Ideal era la desaparición

de todo pacto que colocase a la Iglesia de igual a igual con los Estados,

convirtiéndola en un poder mundano más. La verdad es que no nos imaginábamos a

Cristo firmando un concordato con Pílato, o a Pedro acudiendo al palacio de los

cesares para una ´firma histórica.

Pero si queríamos ser realistas teníamos que aceptar que la Iglesia no es en la

España de hoy lo que el cristianismo fuera en la Roma de los emperadores.

Nosotros podíamos soñar y hasta aspirar a una Iglesia desembarazada de tantos

lazos coma ha tejido la Historia. Pero teníamos que reconocer que —nos gustase o

no— la Iglesia «n la España del siglo XX se veía mezclada jurídica, cultural y

socialmente con muchas otras realidades del país. Quiera o no el ministro de

Cultura tendrá que tener en cuenta las catedrales españolas como parte del arte

nacional. Quiera o no un jurista tiene que reconocer los modos en que el español

organiza mayoritariamente su matrimonio. Habría, pues, que buscar alguna forma

jurídica que regulase unas relaciones que inevitablemente existen.

Pero, ¿tendrá que ser esta forma precisamente la del concordato con todas

sus apariencias de abrazo solemne entre dos potestades? Tendría que adoptar la

fórmula de pacto bilateral internacional? ¿Sería obligado el que se regulasen

todos los problemas, en un solo saco concordatario que, por su globalidad,

hubiera de ser aceptado en pleno o rechazado en pleno, y que, por su atem- •

poralidad, no tuviera plazos dé caducidad´o de renovación, hasta el punto de que

sólo pudiera ser renovado por mutuo acuerdo o por choque y denuncia violenta?

¿No sería preferible caminar hacia formas más flexibles, hacia acuerdos en los

que cada- uno regulase un tema, y que, por tanto, pudieran ser revisados uno por

uno, sin miedo a que tocando uno se viniera abajo todo el edificio?

Este último es el camino que los nuevos acuerdos adoptan. Hay en ellos todavía

mucho de los viejos concordatos: sigue la apariencia de concesión dé privilegios

especiales a una Iglesia concreta, pero se dan ya pasos muy importantes hacia

unas relaciones más normales, más flexibles, que incluso podrían, en un futuro,

pactasen como problemas internos con la jerarquía local e. incluso,

simultáneamente con todas las demás Iglesias o comunidades cristianas.

´

Hoy por hoy —sobre todo si se elabora pronto una ley de libertad religiosa, que

conceda idéntico reconocimiento s .jurídicos e idénticas exenciones fiscales,

idéntica libertad religiosa y educativa a las demás comunidades religiosas que

hay en el País—,. los acuerdos firmados suponen un importante paso de

normalización sobre los viejos concordatos del abrazo. No es que a uno no le

gusten los abrazos. Pero es que uno recuerda qué con frecuencia se usan los

abrazos para inmovilizar al abrazado. Prefiero los brazos libres del respeto que

estos acuerdos inauguran. J. L. MARTÍN .DESCALZO.

 

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