Autor: Martín Descalzo, José Luis. 
   El papel de la Iglesia     
 
 ABC.    08/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

El papel de la iglesia

Por J. L MARTIN DESCALZO

LA Iglesia no quiere el poder político, ni piensa ejercerlo a través de ningún

grupo o partido.» Estas palabras que el cardenal Tarancón dijo en el discurso de

apertura de la Asamblea que acaban de celebrar nuestros obispos las hemos oído

de sus labios —y de los de muchos otros obispos— varios cientos de veces en

estos últimos años. Y pienso yo que el cardenal no las repite por el afán de

hacerlo sino porque sabe muy bien que la comunidad española no termina de

creérselas.

Le basta, para descubrirlo, asomarse a cualquiera de las publicaciones que ven

injerencias políticas hasta en los estornudos del último de los clérigos.

Lo gracioso es que estas acusaciones de injerencias van por barrios. Si a un

prelado se le ocurre mostrar su satisfacción ante el crecimiento de la libertad

en España no deja de salir alguien que le acusa de ingratitud y traición al

pasado, cuando no de favorecer la masonería y el comunismo. Y si a otro prelado

se le ocurre, en cambio, recordar la doctrina cristiana sobre el aborto alguien

escribe, a botepronto, que con ello está ayudando descaradamente a las clases

burguesas y al mismísimo señor Suárez.

La cosa se complica más aún cuando se piensa que el asunto no se remedia con el

silencio.

Porque si los obispos, por ejemplo, se callan ante cualquier proyecto

legislativo que no parece cumplir al céntimo el ideal señalado por e) Evangelio

en materia moral, ahf tenemos a cientos de señores que firman un informe y lo

envían al Papa acusando a nuestros obispos de ser «perros mudos» y de no

defender a sus fieles ante la ruina moral que amenaza a España. Pero lo mismo

ocurre en el campo contrario: no hace muchos días en cierta importante reunión

se emplazaba a los obispos para que —sí querían ser coherentes con su «opción

preferencia!» con los pobres— tomaran postura contra el proyecto gubernamental

sobre el estatuto del trabajador.

Lo más grave del asunto es que todas estas peticiones —que serían absolutamente

correctas en la medida en que fueran peticiones colaboradoras— parten, en no

pocos casos, de posturas apriorística-•rnente tomadas; posturas que no están

dispuestas a respetar las conciencias de los propios obispos sino que colocan a

quienes las esgrimen en actitud de jueces y de guías de los guías. De ahf >que

quienes las formulan estén ya dispuestos a aplaudir o condenar la palabra o el

silencio de los obispos en la •medida en que su intervención —o la omisión de la

misma— coincidan con las ideas y, sobre todo, con sus propias opciones

políticas.

A veces siento —perdóneseme la sinceridad— compasión hacia cuantos tienen hoy

autoridad en Ta Iglesia: saben de sobra que quienes lean sus palabras lo harán

no para aprender en ellas las orientaciones del «magisterio» de la Iglesia sino

para enarbolar las como armas de combate, si les favorecen, o para repudiarlas,

si no coinciden con lo que ellos esperaban. Los obispos saben —¡ay!— que serán

criticados si hacen, porque hacen; si no hacen, porque dejan •de hacer; si

actúan con prudencia, porque les falta valentía; y, si obran con valentía,

porque carecen de prudencia.

´Pero lo grave del asunto no es esta moda de la crítica: antes o después todo el

mundo termina por acostumbarse a ella. Lo grave es que el papel de la Iglesia en

la nueva sociedad democrática española sigue sin aclararse.

En teoría ese papel está muy claro: su misión es evangelizar, anunciar a

Jesucristo entre los españoles. Pero, ¿es que se puede anunciar a Jesucristo

entero, es que se puede realizar hoy una auténtica evangelizacíón sin ningún

tipo de interferencia con las realidades temporales, con las tareas

legislativas, con la construcción de una España que, siendo fiel a sí misma, no

deja de ser auténticamente democrática y respete, por tanto, la necesaria

autonomía de lo civil?

Sólo los muy simples encontrarán simple este problema. Los obispos, los curas

podrían dedicarse a hablar del Espíritu Santo, de la Virgen... Pero es que hoy

no se puede ni siquiera hablar de la Virgen —entera, tal y como la pinta el

Evangelio— sin hablar también de la justicia social que ella pidfó cuando cantó

el «Magníficat» con lo del «derribaste a los poderosos de sus tronos y

ensalzaste a los humildes».

Los obispos, es claro, «no deben interferir en la tarea legislativa», pero —como

recordaba el cardenal Tarancón en el mismo discurso— ¿pueden olvidar que «en las

leyes se pone en juego la persona humana»?

Y el problema se complica aún más en España, dado que venimos de un tiempo en

que Iglesia y Estado vivieron mucho más mezclados de lo justo. ¿Cómo impedir hoy

que los obispos y demás cristianos tengan la tentación de correr a los

Ministerios para resolver todos sus problemas? ¿Cómo impedir que quienes tienen

la piel ribeteada de un anticlericalismo —que hasta puede ser comprensible— vean

injerencias eclesiásticas en toda toma de posición episcopal por muy medida que

esté? ¿Y cómo lograr que quienes escudaron —quizá sin darse cuenta ellos mismos—

sus posiciones políticas detrás de razones morales, no se sientan traicionados

cuando los obispos retiran ese escudo?

Difícil tarea la que a todos se nos plantea para distinguir lo que es puramente

civil de lo que es civil con adheridos o consecuencias religiosas; para

diferenciar aquello que exige la ´moral natural y es parte de los derechos

humanos —ante lo que no cabe el silencio de la Iglesia— y todas esas otras

cuestiones en las que la Iglesia tendrá que adoptar «su» postura en el campo

religioso respetando que, en el orden civil, pueda tomarse otra de diferentes

matices. Difícil equilibrio el de no caer en los viejos clericalismos sin venir

a parar en laicismos ingenuos que quisieran encerrar a la Iglesia en una especie

de club privado.

Los obispos vienen buscando —a ello dedicaron toda la semana pasada y muchas

otras más— ese difícil equilibrio. Lo mismo buscan —aunque puede que disten de

la perfección y sean sólo un paso en un camino— los acuerdos Iglesia-Estado que

próximamente tendrá sobre su tablero el Parlamento. Y es ésta una tarea que

tiene toda la sociedad española.

Lo que es claro es que la solución no va a ser la de colocar a la Iglesia en el

museo de los recuerdos históricos, como algo para enseñar a los turistas.

Nuestra fe —la de millones, afortunadamente— está más viva que los toros de

Guisando. Y no está España hoy precisa-mente como para despreciar ninguna fe,

ningún entusiasmo, ninguna esperanza.

 

< Volver