Asamblea plenaria de obispos. 
 "La iglesia debe defender su libertad e independencia frente a todo poder"  :   
 Dijo el nuncio en su discurso al Episcopado español sobre las relaciones iglesia-Estado. 
 Informaciones.    11/03/1972.  Páginas: 1. Párrafos: 37. 

"LA IGLESIA DEBE DEFENDER SU LIBERTAD E INDEPENDENCIA FRENTE A TODO PODER"

Dijo el nuncio en su discurso al Episcopado español sobre las relaciones

Iglesia-Estado

* ESTO.NO SIGNIFICA DESOBEDIENCIA A LA AUTORIDAD CIVIL, NI UNA FORMA DE

HOSTILIDAD AL ESTADO

* «ENCERRAR A LA IGLESIA EN LA SACRISTÍA ES ANTICATÓLICO»

* LA LIBERTAD DE LA IGLESIA NO ES UN PRIVILEGIO DE LOS ESTADOS

MADRID, 11.

(INFORMACIONES.)

«La iglesia tiene como uno de sus deberes más graves el de mantener su libertad

e independencia de todo poder terreno y de ser así signo de Id justa libertad de

todos los hombres», dijo el nuncio de Su Santidad en España en un largo discurso

dirigido ayer a mediodía a la Asamblea Plenaria de los obispos, que esta mañana

ha concluido sus sesiones. Es la primera ves, desde que se firmó un Concordato,

que un nuncio hace una declaración de este tipo.

Monseñor Dadaglio advirtió de entrada que estas advertencias no eran una

interferencia, que él era celoso de rencia, que él era celoso de de estas

conferencias, que la Santa Sede reconoce y fomenta gustosamente». Justificó

también la Inhabitual extensión del discurso «para es clarecer ideas de gran

inipor tancia».

«Todos sabéis —dijo a continuación— cómo ahora es fácil leer u oír en las

páginas de la Prensa o por voces más autorizadas afirmaciones de que "el nuncio

hace política", que "los obispos hacen política" o que "la Conferencia Episcopal

se mete en política". Este tipo de frases provienen en la mayoría de los casos

de un inexacto conocimiento sobre cuál sea la misión de la Iglesia y cuales

nuestros reales objetivos al realizarla.»

El nuncio sintentizó la doctrina de la Iglesia sobre el particular en cuatro

principios fundamentales:

1) «La Iglesia tiene como uno de sus deberes más graves el de mantener y

defender su libertad e independencia de todo poder terreno y de ser así signo de

la justa libertad de todos los hombres.

2) La Iglesia tiene el derecho y el deber, como parte integrante dé su misión,

de ocuparse de las realidades temporales, haciéndolo siempre con los métodos que

el Evangelio prescribe.

3) Con ello, la Iglesia no rehuye la obediencla y el acatamiento que se debe a

las autoridades civiles en el campo de su competencia y dentro del margen de las

leyes justas.

3) La Iglesia no debe interferirsé en cuanto es competencia propia y

exclusiva del Estado, ni rehuir una sana cooperación con él al servicio de los

ciudadanos.»

LIBERTAD E INDEPENDENCÍA DE LA IGLESIA

Apoyado en textos pontificios —León XIII, Pió XII y Juan XXIII y Pablo VI sobre

todo— y en la doctrina coridiliar, fue glosando cada urio de estos puntos.

Resumimos los aspectos más significativos:"

El principió dé que la Iglésiá «es independiente de todo poder temporal» (Pío

XI) lo encontramos cientos de veces repetido en el magisterio pontificio hasta

llegar a la afirmación conciliar de que «la comunidad política y la Iglesia son

independientes y autónomas cada una en su propio terreno». Y esta insistencia

creciente sólo puede responder al hecho de que dicha independencia es necesario;

que hoy, más que nunca, sea .real, visible y manifiesta. El texto conciliar

resumirá, dándonos un, mandato a nosotros, obispos, que defender debidamente

esta libertad, «es una, de las obligaciones perentorias de los obispos y Je la

Sede Apostólica». Pero esta, libertad, ¿es acáso un regalo que hacen a. Ja

Iglesia los Estados?, ¿Es, como alguna vez se,escribe, un «privilegio.» ,

regalado a la Iglesia por los concordatos? Es claro, que no. Un acuerdo o

concordato no «da» y menos «regala» a la Iglesia la libertad; simp1emente

«reconoce» un derecho superior y anterior n todos los acuerdos humanos.

Porque esta libertad e independencia de la Iglesia son de derecho divino.

Es claro, pues, que cuando la Jerarquía .eclesiástica .reclama su libertad no

está pidiendo algo que no le corresponda. La libertad de pastorear a las almas,

la libertad de elegir a sus pastores, que recordó el Concilio, no son en modo

alguno privilegios ni excepciones, sino la exigencia de algo anterior a todos

los códigos.

Y aún quisiera añadir, antes de acabar este apartado, una afirmación más: Esta

libertad no la pide la Iglesia sólo y avaramente para sí, despreocupándose de la

justa libertad de la cual debe gozar todo hombre. La Iglesia quiere su libertad

para ser también, mediante ella, un signo de libertad.

Porque la Iglesia sabe muy bien que allí donde la libertad religiosa es anulada

o recortada, pronto toda otra forma de libertad desaparece.

LA IGLESIA TIENE EL DERECHO Y EL DEBER DE OCUPARSE DE LAS REALIDADES TEMPORALES

¿Pero cuál es el. campo de esa libertad y de esa acción? Hay aqui un claro

principio, proclamado por el Concilio y recientemente recordado por el último

Sínodo: «la misión .de la Iglesia no es de orden político, económico o social,

sino de orden religioso». Mas este claro principio suele ser mal entendido por

quienes —en tantos países del mundo— consideran lo religioso corno algo reducido

a la piedad y el culto, empequeñeciendo aun las mismas nociones de piedad y

culto.

«Encerrar a la Iglesia en la sacristía», como suele decirse, sería un modo muy

falso de reconocer la libertad a que la Iglesia tiene derecho y es totalmente

anticatólico. Debe entenderse, pues, muy cuidadosamente la afirmación de que la

misión de la Iglesia es de orden religioso. La Iglesia no fue instituida,

clertamenté, para cambiar, como tarea propia y directa, las estructuras

temporales o para dar soluciones técnicas a los problemas planteados en el orden

humano, sino para realizar entre les hombres la misión redentora de Cristo,

cuya obra —como precisan los textos conciliares—, «aunque de suyo se refiere a

la salvación de los hombres, se propone también la restauración de todo el orden

temporal». La Iglesia sabe que esa misión de salvación abarca al hombre entero,

«cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad», y que no va

dirigida sólo al individuo, pues la Iglesia, «entidad social visible y comunidad

espiritual, avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte

terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y como alma de la

sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios».

Y todo esto —quiero subrayarlo—, no es doctrina nueva, ni de ayer.

La Iglesia tiene, pues, no sólo el derecho, sino también el deber de no

desentenderse de los problemas de orden temporal; de ocuparse de ellos, de hacer

oir su voz ante las injusticias, de ayudar con sus juicios morales a la

construcción de un orden social y civil cada día más perfecto. Y esto no lo hace

como una intromisión en algo que no fuera de su competencia, ni siquiera como un

sobreañadido artificial a una misión de por si reducida a las cosas

estrictamente espirituales; sino cómo parte´ integrante e ineludible de su

misión salvadora de todo el hombre, pues ella no podría separar lo que quedó

unido en Cristo.

Esta acción temporal debe hacerse, sin embargo, siempre y sólo con métodos y

formas evangélicas y en cuanto esa acción sirva para la salvación que Cristo

obró. Es, pues, ajena a la Iglesia la violencia agresiva de obra e incluso de

palabra; es ajeno e? odio y la lucha sistemática y por principio; es ajeno

cuanto fomen; te las divisiones y log enfrentamientos de los hombres entre sí.

Aunque es muy propia suya la palabra, clara y sincera -Cristo no fue

precisamente «suave» con Herodes y los farseos—, esa misma claridad ha de ir

siempre ungida de verdadera caridad, incluso de cortesía y delicadeza y,

evidentemente, de una siempre bien medida prudencia, pues nunca faltan quienes

contundan sinceridad con agresividad y malos modales.

Debe quedar siempre claro —incluso cuando fuese necesario emitir juicios

críticos—. que es el amor y el deseo de edificar el que nos guia. En loa textos

pontificios ténemos un buen modelo: Jamás callan a la hora de proclamar y aun de

reclamar los derechos, de la Iglesia o del hombre, péro nunca hay en ellos

palabras amargas, ironías Inútiles y menos aún deseos de hacer daño.

EL DEBER DE OBEDIENCIA A LAS AUTORIDADES

¿Se deducirá de todo esto que la jerarquía es una especie de poder independiente

y que el cristiano, por el, hecho de serlo, queda liberado de la obligación de

obedecer a las legítimas autoridades civiles y Es claro que no. La Iglesia ha

afirmado siempre que la obediencia a las autoridades legitimas en todo cuanto

sea de su competencia y esté ordenado con leyes justas, es un deber de

conciencia gravemente impuesto por él Señor y urgido por los Apóstoles.

De todo ello se deducirla que el cristiano no sólo no es hostil. por sistema a

la autoridad civil, sino que, por el contrairo, la obediencia a la justa

«autoridad es «distintivo característico de los catolicos.»

Verdad también esta importante y que es necesario recordar. Mas junto a ella

tendremos que colocar siempre aquella precisión que tantas veces formularon los

Papas: que este acatamiento a la autoridad no implica automáticamente la

aceptación u obediencia indiscriminada a una concreta ley Injusta.

Esa obediencia a las autoridades civiles es, pues, una obligación de todo

cristiano. Pero, no sé trata de una obediencia indiscriminada y sin límites.

Problemas difíciles todos estos y que sólo podrán ser juzgados caso por caso y

que hacen precisamente por su dificultad más necesaria la vigilante palabra de

los Episcopados para ayudar a los gobernantes a alcanzar el máximo de justicia

posible en sus leyes y á los ciudadanos le más fácil obediencia a las mismas.

LA NO INTERFERENCIA DE LA IGLESIA EN LA COMPETENCIA DEL ESTADO

Asi enlazamos con el cuarto principio que citábamos al comienzo. La Iglesia,

orientando en lo temporal, cooperará do para que sean promulgadas leyes más

justas y facilitando la obediencia de los subditos, no sólo no se interfiere en

lo que es competencia del Estado, sino que presta su mejor contribución a 1a

causa y al desarrollo de un país.

La acusación de intromisión de la Iglesia en lo qué no le es propio, es ya

vieja. La Iglesia sabe muy bien que no es misión suya convertirse en una especie

de supergobernante de los cristianos en toda clase de materias. Ni lo es ni

quiere serlo, «Considere impropio Inmiscuirse sin razón en los asuntos

temporales.»

No entra, por ello, en materias técnicas para las cuales no cuenta con medios

adecuados; no entra en todo ese conjunto de materias, que no tienen conexión

necesaria la fe ni Con ia moral cristiana; sabe muy bien que no es misión suya

«el declarar cuál es la mejor forma de gobierno ni el definir las instituciones

rectóras dé la vida pública».

Sólo Quiénes contemplan la rendad con ojos partidistas pueden confundir los

deseos de Independencia de la Iglesia con una forma de hostilidad hacia los

Estados. Jamás ha pretendido la Iglesia socavar el quicio de la autoridad

política o usurpar los derechos de ésta. Antes bien, «procura coordinar

cordialmente su acción propia con la del Estado para el servicio del hombre».

Pero permitidme que subraye estas últimas palabras: la Iglesia procura una sana

cooperación con el Estado pora el servicio del hombre. Es el bien de la

comunidad quien ha de guiar esa cooperación, y alguna vez este mejor servicio al

hombre exigirá a la Iglesia el sereno uso de ja crítica. Y no deberá tomarse

ésta como una ruptura de esa cooperación: recientemente lo ha dicho una Ilustre

personalidad del Episcopado español: «Se puede cooperar asistiendo y también

disintiendo.» Un cortés disentimiento, un recuerdo constante de les altas metas

que el Evangelio señala para el logro de la justicia, son muchas veces la más

alta y noble forma de cooperación.

Estos son los cuatro principios que deseaba comentar con vosotros. Sé muy bien

que el campo de las realidades concretas no es tan sencillo y claro como el de

los principios. Que muchas veces un mismo gesto puede tener muy variadas

interpretaciones. Que es Imposible dar gusto a todos. Esto hará más urgente en

nosotros una acentuación de la virtud sobrenatural de le caridad, reina de todas

las otras, así como un medio esfuerzo de equilibrio entre las dos virtudes de la

prudencia y de la audacia. Esta, para que seamos siempre fieles testigos del

Evangelio, que se nos mandó predicar íntegramente. La prudencia, para medir con

sabiduría isa consecuencias prácticas de nuestras palabras o nuestras

decisiones.

Si obramos así y si quienes nos contemplan lo hacen sin prejuicios, habremos

conseguido el más alto bien para la Iglesia, para el Estado y para, el pueblo.

Para la Iglesia, porque, desde una, más cuidada independencia, aparecerá más

pura, ante los ojos de todos, la predicación del Evangelio. Pera, el Estado,

porque encontrará en a Iglesia...un amigo imparcial y sinceró que le, ayude para

la consecución de una justicia más alta. Para el pueblo, que lejos de contemplar

un panorama de estériles hostilidades o de peligrosas confusiones, recibirá de

ambos un servicio en el que, cada uno desde su campo, le ayudará a un mas

completa desarrollo de su personalidad humana y cristiana.

11 de marzo de 1972

 

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