Homilía del arzobispo de Madrid. 
 La única violencia cristiana  :   
 "La violencia contra nosotros mismos, la proclamación de la verdad sin miedo y el pacífico ofrecimiento de nuestra vida". 
 Informaciones.    01/04/1972.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Homilía del arzobispo de Madrid

La única violencia cristiana:

«La violencia contra nosotros mismos, la proclamación de la verdad sin miedo y

el pacífico ofrecimiento de nuestra vida»

MADRID, 1.

(INFORMACIONESJ

«El amor liberador de Dios no es el amor fácil de los tiempos de paz; es el amor

omnipotente que ha de quebrantar la fuerza del opresor para liberar al

oprimido», dijo el día de Jueves Santo el cardenal Enrique y Tarancón, arzobispo

de Madrid, en su homilía predicada en la santa iglesia catedral.

«El Jueves Santo es el día de la Eucaristía; es el día del amor. No pueden

separarse, en la vida de los cristianos y en el culto de la Iglesia, el amor y

la Eucaristía. Y no es fácil amar, hermanos; aunque el amor sea como una

necesidad de nuestro corazón humano. No es fácil implantar en el mundo un clima

de amor, aunque todos los hombres lo deseen sinceramente», continuo diciendo el

cardenal.

«Pero ¿no os parece que va haciéndose cada día mas difícil la práctica del amor

en estos tiempos dominados por la violencia? También entre nosotros y en nuestra

propia Iglesia —permitidme que os lo diga sencilla y humildemente— parece que

estamos asistiendo a una creciente escalada de tensiones y violencias. En el

Interior de la misma Iglesia presenciamos hechos que ponen en peligro la unidad

y carcomen el espíritu- del, amor, cristiano: escritos anónimos, verdades a

medias. Ironías ofensivas, campañas de desprestigio que llegan fácilmente a la

calumnia.)»

FORMAS DE VIOLENCIA

Monseñor Enrique y Tarancón propuso después una reflexión, sobre las formas de

violencia que se manifestaron en la Pasión de Cristo y que pueden reproducirse

en nuestra vida cristiana actual.

«La lectura de la Pasión nos presenta en primer lugar la violencia de Judas. Es

la violencia del decepcionado, del resentido, al darse cuenta de que el «reino»

que Jesucristo quería fundar no llenaba sus esperanzas interesadas. También hoy

existen «decepcionados» en la Iglesia, Decepcionados porque no quieren

solidarizarse con su historia, y se sienten Incómodos ante sus fallos. O

decepcionados ante la realidad renovadora de la Iglesia de hoy.

Tras la violencia de Judas, nos encontramos con la de los fariseos y Caifas: una

violencia especialmente peligrosa porque se cubre de religiosidad. Los sumos

sacerdotes se nos presentan en la Pasión como servidores de Dios, pero Dios no

estaba en su corazón. Preferían sus Intereses a la verdad. Estaban acostumbrados

a servirse de la verdad en vez de servirla. Y entraban así en la suprema

violencia de amordazar la verdad de Cristo. También nosotros hemos de

reflexionar, hermanos sacerdotes, y escuchar las palabras de San Pablo: "Mirad

que nadie os esclavice mediante la vana gloria de una filosofía fundada en

tradiciones humanas, segun los principios del mundo "y no según Cristo."

Junto a la violencia de Caifas aparece la de Pilatos. Para él hay dos cosas

fundamentales: mantener el orden público y tener contento al César. Pilatos está

convencido de que llevando a Cristo a la Cruz sirve a la paz; a la tranquilidad

de su país, al menos. Por eso se lava las manos satisfecho. Se horrorizaría si

alguien le llamara violento. Y esto es lo más trágico de una conducta. También

ahora se puede Imitar

la violencia de Pilatos y quizá nosotros mismos, los hombres de la Iglesia.

Ante ella tenemos que recordar que no sólo es violento el que asesina, sino

también el que tolera la injusticia, o teniendo el deber de gobernar no busca

sin descanso los caminos de la justicia. Violento es el que dispara o lanza una

piedra, y puede serlo también" el que no abre los cauces suficientes para que

discurra la legítima libertad de los hombres o quien olvida que si la ley, civil

o eclesiástica, es el mantenimiento del orden, tambien la «ley es la protección

del débil contra el fuerte».

Y frente a las posibles violencias de los que mandamos está la violencia de la

turba. La misma turba que el doHijo de David» gritará el Hijo de Davis» gritará

el Viernes «crucifícale», o «preferimos a Barrabás».

Es la turba tantas veces conducida por agitadores, la turba guiada por pasiones

o emociones, que terminará por preferir al violento Barrabás frente al pacifico

Jesús.

Todos los países del mundo —también el nuestro— tendrían que meditar sobre este

riesgo de poner el ejercicio de la inteligencia por debajo de los gritos de la

Pasión.

Otro ejemplo de violencia que puede ser motivo de reflexión para muchos

cristianos de hoy, especialmente para los más jóvenes, tentados Viernes

«crucifícale», o «precon la violencia, es la postura de Pedro.

A Pedro lo único que se le ocurre es herir a un pobre hombre que, sin duda, no

era el mayor culpable y que probablemente había sido llevado allí a la fuerza.

Esta tentación de responder hoy a la violencia con la violencia es muy fuerte

entre muchos cristianos jóvenes. Algunos caen en la violencia verbal,

confundiendo «justa denuncia-profética» con las palabras ofensivas o los juicios

superficiales. Otros llegan a patrocinar la misma violencia armada y llegan

hasta esa terrible caricatura del «Cristo Guerrillero». También ellos, al

pasarse de un extremo al otro, se apartan del Evangelio.

La doctrina de la Iglesia está clara, no se puede falsisificar: «La violencia no

es evangélica ni cristiana», ha dicho repetidamente Pablo VI, y la justicia dirá

tajantemente el Concilio Vaticano II— ha de buscarse «utilizando todos y sólo

aquellos medios . que sean conformes con el Evangelio».

Frente a todas esas violencias se levanta la única violencia cristianamente

licita, la de «los violentos que arrebatan el reino de los cielos». Esta

violencia tiene tres formas: la violencia hecha contra nosotros mismos, la

proclamación de la verdad sin miedo, y el pacífico ofrecimiento de nuestra vida

al servicio de esa verdad proclamada. Cristo en su Pasión es el ejemplo perfecto

de estas tres acciones, que son la mejor prueba del amor verdadero.»

 

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