La "reconciliación entre españoles" es la tarea que el cardenal Tarancón propone a sus diocesanos como esfuerzo primario de la cuaresma  :   
 "Algunos no han llegado a comprender que los frutos del desarrollo realizado deben extenderse a todos los españoles". 
 ABC.    03/03/1973.  Página: 33. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

ABC. SÁBADO 3 DE MARZO DE 1973.

LA IGLESIA EN EL MUNDO DE HOY

LA «RECONCILIACIÓN ENTRE ESPAÑOLES ES LA TAREA QUE EL CARDENAL TARANCON PROPONE

A SUS DIOCESANOS COMO ESFUERZO PRIMARIO DE LA CUARESMA

"Existen cristianos que después de tantos años no han sabido firmar en su

corazón la paz y reconciliación con todos sus compatriotas"

"ALGUNOS NO HAN LLEGADO A COMPRENDER QUE LOS FRUTOS DEL DESARROLLO REALIZADO

DEBEN EXTENDERSE A TODOS LOS ESPAÑOLES"

Tomando como objetivo central de la Cuaresma el tema de la reconciliación,

monseñor Enrique y Tarancón, cardenal-arzobispo de Madrid, propone, en la carta

pastoral que acaba de hacer pública, como objetivo primario de este tiempo «todo

lo que se refiere a nuestra convivencia comunitaria en el seno de la comunidad

eclesial», con el fin de que extendamos la «pacificación en todos los aspectos

de la vida».

El arzobispo de Madrid destaca la identidad de la «conversión» con la

«reconciliación» y afirma que «la vida entera del hombre ha de consistir en un

esfuerzo continuo de reconciliación con Dios para encontrarse a sí mismo y

reconciliarse plenamente con los demás».

La carta pastoral presenta la acción reconciliadora de Dios a través del Antiguo

Testamento, acción que culmina en Jesucristo, que es quien da todo el nuevo

contenido a la reconciliación que se funda en el amor, el perdón, la superación

del egoísmo, la libertad del espíritu y la entrega total. Misterio de

reconciliación que se perpetúa en la Iglesia en todas y cada una de sus

actividades.

La «Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual», al resumir algunos de los

rasgas fundamentales del mundo moderno, trata de proponernos tareas concretas

que, si bien tienen el denominador común de la reconciliación, desbordan, por

otra parte, el campo de lo estrictamente religioso. Monseñor Enrique Tarancón

señala diversos interrogantes que la sociedad española dirige a la Iglesia:

—«Existen cristianos.—personas y grupos— que después de tantos años no han

sabido firmar en sus corazones la paz y la reconciliación con todos sus

compatriotas. Aunque no se admita la idea de «las dos Españas», en la práctica

quizá no hacemos todo lo que está a nuestro alcance para superarla.

—Algunos no han llegado a comprender que los frutos del desarrollo que se han

realizado han de extenderse equitativamente a todos los españoles. «El progreso

de España es obra de todos los españoles.

En la participación de sus beneficios no debe haber, por tanto, ni privilegiados

no marginados» (mensaje de la Comisión Episcopal de Apostolado Social, enero de

1970). ¡Para cuántos cristianos resulta aún vana la invitación de la Iglesia a

procurar, por todos los medios, una más justa distribución de las riquezas!

—No faltan los que temen, quizá con excesivo celo y hasta egoísmo, que otros se

aprovechen de la libertad que proclaman nuestras leyes y exigen, para evitarlo,

que todos compartan sus peculiares puntos "de vista. «Han de ser tiempos de paz,

de mutuo respeto entre quienes defienden puntos de vista o ideologías

divergentes, salvados, siempre y por todos, los límites de un orden justo y de

una fraterna convivencia», (Mensaje de la. Comisión Episcopal de Apostolado

Social, enero de 1970).

—Quizá queda aún mucho por hacer para el logro, de esa pacífica convivencia en

la línea del verdadero diálogo entre los grupos, las clases y las generaciones

de los hombres de España. Los medios de comunicación social juegan aquí un papel

decisivo y quisiéramos que siempre tuvieran ante si esta preocupación

pacificadora.

—Hemos de ser nosotros, los cristianos conscientes y responsables que queremos

vivir auténticamente nuestra fe. los promotores de una gran campaña de

reconciliación nacional e internacional, trabajando juntamente con todos los

hombres de vuena voluntad, para ave se realice la misión pacificadora que debe

llevar a cabo la Iglesia como instrumento del Salvador».

RECONCILIACIÓN EN ÉL ÁMBITO RELIGIOSO

En la segunda parte, la carta pastoral habla de la «reconciliación en el ámbito

religioso». A este respecto observa que «la unidad del Pueblo de Dios está

aparentemente resquebrajada, casi rota, a juicio de algunos. Tendencias

distintas, posturas diversas y hasta divergentes crean un clima de recelo y de

agresividad que produce enfrentamientos escandalosos aun en los ´ambientes más

íntimos de la Iglesia, como en el de la vida consagrada y en el sacerdotal».

Prescindiendo de las tendencias que deben ser rechazadas en cuánto ponen en

peligro la fe y la disciplina eclesiástica en puntos fundamentales, no cabe duda

que en la mayor parte de las ocasiones no se puede dudar de la recta intención y

de la buena voluntad de los que alientan esas divergencias. Las circunstancias

de un mundo en cambio y las de la misma Iglesia nos desconciertan y

«acomplejan». Es evidente que mientras no superemos esos complejos será

imposible conseguir la verdadera reconciliación dentro del Pueblo de Dios.

Monseñor Enrique y Tarancón señala el complejo del miedo, del que dice que, a

causa de circunstancias especiales en la vida del mundo y de la Iglesia, «el

temor se hace irracional, y casi sin darnos cuenta, llega a dominarnos, creando

en nosotros actitudes de recelo, de verdadero miedo, que son francamente

perniciosas y no compatibles con la fe. Es quizá lo que está acaeciendo en

nuestros días. Por una parte, están los que privan al cristianismo de

trascendencia, y otras, por desencarnación.

El siguiente complejo a que se refiere el arzobispo de Madrid es el de la

«novedad». «El vértigo de la evolución actual no puede menos de influir

decisivamente en muchos grupos de cristianos. La necesidad de crear nuevas

estructuras y nuevos métodos de pastoral se siente en forma tan acuciante que

algunos corren él riesgo de rechazar como inválido todo lo anterior, olvidando

que la vida, si quiere ser tal, no puede romper-con la tradición, que es

ingrediente de su dinamismo interno». La «novedad» por la «novedad», prosigue el

cardenal, no podrá ser nunca consigna en la renovación de la iglesia. Ciertas

.aptitudes de rebeldía, al menos aparente, dañan más que benefician a la acción

pastoral. Lo mismo que el inmovilismo que rechaza sistemáticamente los cambios y

que llega a desconfiar de los órganos auténticos de magisterio y gobierno en el

Pueblo de Dios.

Del «complejo de la ortodoxia» dice monseñor Tarancón: «La Iglesia tiene el

deber ineludible de conservar incólume y de defender eficazmente el llamado

depósito de la fe». Por eso, dice más adelante, que «no es extraño que en estas

circunstancias de búsqueda afanosa, aparezca en algunos sectores el complejo de

la "ortodoxia", que consiste en una nueva actitud de recelo y desconfianza ante

cualquier afirmación nueva».

Termina con el «complejo de la libertad personal». De él dice: «El recelo de

toda institución, aunque sea de carácter divino, el rechazo de toda autoridad,

la alergia, a las normas y a las leyes, a todo lo jurídico, son síntomas y

excesos explicables solamente como reacciones emotivas y no por la fe y la

razón.

El hombre verdaderamente libre es el que es capaz de disponer de sí para los

demás. Por eso dice: «el que quiere ser libremente católico ha de aceptar el

contenido del Evangelio según la interpretación del Magisterio: el que quiera

ser sacerdote ha de aceptar libremente laa condiciones que entraña la

institución sacerdotal interpretada por la Iglesia».

Concluye monseñor Tarancón: «Nuestra misión es reconciliadora. Pongámoslo de

manifiesto en todas nuestras actividades Tratemos de intensificar el diálogo

entre los hombres y dentro de la Iglesia».

 

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